Los aerosoles son todas aquellas partículas microscópicas que se pueden encontrar en la atmósfera. Si bien se producen de forma natural, el problema para el medio ambiente son los procedentes de actividades antropogénicas, como el uso de combustibles fósiles o de sprays y las actividades extractivas e industriales, tales como la minería, la fabricación de cementos y el tratamiento de residuos.

En el medio ambiente, tienen dos efectos definidos. En primer lugar, estas partículas reflejan la radiación solar en la atmósfera, con lo cual disminuye la cantidad de calor que alcanza la superficie terrestre. La consecuencia es un enfriamiento del clima, ya que la radiación regresa directamente al espacio sin haber cumplido su función de calentar el planeta.

Entonces, alguien podría pensar que los aerosoles tienen un efecto beneficioso en el clima planetario, ya que contrarrestan el calentamiento global, causado por las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Sin embargo, esta suposición carece de lógica. Por una parte, no se pueden compensar los efectos de un contaminante con otro que, además, provoca alteraciones adicionales del clima. Por otro lado, en la batalla entre los GEI y los aerosoles, ganan los primeros y el balance neto es el calentamiento global.

Una de las consecuencias de que llegue menos radiación solar a la superficie terrestre y, por tanto, se produzca un enfriamiento, es el descenso de la velocidad de los vientos. Esto puede llevar a variaciones climáticas y disminuir la capacidad natural de dispersión de la contaminación. Además, la energía eólica, que depende directamente de los vientos, ve mermada su producción, pudiendo provocar un mayor uso de los combustibles fósiles, que contribuiría a la presencia de más aerosoles en la atmósfera.

El segundo efecto de los aerosoles es que alteran la dinámica de las nubes, haciendo que se modifique el régimen de precipitaciones y se produzcan cambios en su reflectividad. Además, la altura de las nubes aumenta y permanecen durante más tiempo en la atmósfera, aunque sin que se produzca lluvia. El resultado es que la presencia de aerosoles en la atmósfera causa un descenso de las precipitaciones, que no compensa la reducción de la evaporación también asociada a estos contaminantes.

Irónicamente, una de las razones de la mala fama de los aerosoles es su contribución a la destrucción de la capa de ozono, algo que no es cierto o, al menos, no exacto. Las sustancias contenidas por los aerosoles hace décadas, genéricamente conocidos como clorofluorocarbonos o CFC, eran las que acababan con el ozono, mientras que los aerosoles solo ayudaban a su dispersión.

Actualmente, los CFC están prohibidos, pero en su lugar se utilizan GEI. Por lo tanto, la suma de los efectos de los aerosoles y los GEI que contienen, siguen desaconsejando la utilización de todos los productos que acaben liberando aerosoles al medio ambiente.