Día Nacional de la Nutrición 2025: Nutrición infantil sin procesados, por qué y cómo volver a lo natural
La infancia representa un periodo crítico para el crecimiento físico, el desarrollo cognitivo y la consolidación de hábitos que perdurarán en la adultez. Por ello, en el Día Nacional de la Nutrición 2025, que se celebra mañana, 28 de mayo, la alimentación durante esta etapa debe planificarse con especial cuidado, priorizando opciones naturales y adaptadas a las necesidades individuales de cada niño.
Lejos de las dietas procesadas y excesivamente refinadas, los alimentos frescos y mínimamente manipulados ofrecen nutrientes en su forma más biodisponible, respetando la fisiología del niño en desarrollo y favoreciendo una relación saludable con la comida.
Un patrón alimentario basado en ingredientes naturales —frutas, verduras, cereales integrales, legumbres, frutos secos, huevos, pescados y carnes magras— no solo aporta nutrientes esenciales, sino que también reduce el riesgo de enfermedades crónicas como la obesidad infantil, la diabetes tipo 2 o trastornos metabólicos. Un estudio publicado en The Lancet Child & Adolescent Health (2019) evidencia cómo un entorno alimentario dominado por productos ultraprocesados contribuye directamente al aumento del sobrepeso en edades tempranas, afectando incluso el rendimiento escolar y la salud emocional.

Cómo diseñar un menú infantil equilibrado
Diseñar un menú infantil, ya sea diario o semanal, exige considerar aspectos fundamentales que van más allá del conteo calórico. El requerimiento energético varía significativamente en función de la edad, el sexo y el nivel de actividad física. Un niño de 6 a 8 años que realiza una actividad física moderada necesita entre 1.400 y 1.600 kilocalorías al día, mientras que uno más activo o mayor puede necesitar hasta 2.200 kilocalorías. Estas cifras no deben traducirse únicamente en cantidad, sino en calidad de los alimentos ofrecidos.
Cada comida debe ser balanceada, incluyendo una fuente de proteína de alta calidad (como el huevo, el pescado azul o las legumbres combinadas con cereales), grasas saludables (aceite de oliva virgen extra, aguacate, semillas), y carbohidratos complejos, especialmente aquellos provenientes de cereales integrales y tubérculos. Las frutas y verduras, en al menos cinco raciones al día, deben ocupar un lugar central, no solo como guarnición, sino integradas activamente en el plato principal y en los tentempiés.
La fibra, a menudo relegada en la dieta infantil por el predominio de alimentos refinados, cumple un papel esencial en la regulación intestinal y el control glucémico. Del mismo modo, el hierro, el calcio, la vitamina D y los ácidos grasos omega-3 deben ser monitorizados especialmente en estas edades, ya que su déficit puede tener consecuencias estructurales en el crecimiento óseo, la inmunidad o el desarrollo cerebral.

Azúcares ocultos: un enemigo silencioso en la dieta infantil
Uno de los desafíos más importantes en la nutrición infantil moderna es la elevada y muchas veces inadvertida presencia de azúcares añadidos en productos de consumo habitual. La Organización Mundial de la Salud recomienda que los azúcares libres no superen el 5-10% del aporte calórico diario, lo que equivale a unos 25 gramos (unas 6 cucharaditas) para un niño sano. Sin embargo, esta cifra se supera con facilidad incluso en dietas aparentemente «normales», debido a la cantidad de azúcares ocultos en alimentos procesados como yogures infantiles, cereales de desayuno, jugos envasados, salsas o snacks.
La industria alimentaria emplea múltiples estrategias para incorporar azúcar sin que el consumidor lo detecte fácilmente. Esto se traduce en un etiquetado confuso, donde el azúcar puede aparecer bajo decenas de nombres distintos. Entre los más comunes se encuentran:
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Jarabe de glucosa-fructosa
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Maltodextrina
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Dextrosa
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Sacarosa
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Jarabe de maíz
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Miel
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Concentrado de frutas
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Azúcar invertido
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Melaza
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Panela, sirope o néctar de agave
Aunque algunos de estos compuestos pueden parecer más «naturales», su efecto metabólico es muy similar: elevación rápida de la glucosa en sangre, sobrecarga pancreática y aumento del riesgo de adicción a sabores dulces. A largo plazo, su consumo continuado se relaciona con una mayor prevalencia de caries, dislipemias, hígado graso no alcohólico y alteraciones en la microbiota intestinal.
Para los profesionales de la salud y la nutrición, es prioritario educar a las familias en la lectura crítica de etiquetas, señalando que si uno de los tres primeros ingredientes es un tipo de azúcar, el producto no debería formar parte regular de la dieta infantil.
Es preferible optar por alimentos sin azúcares añadidos y utilizar frutas enteras, dátiles o purés naturales como endulzantes ocasionales en preparaciones caseras.
Reducir el umbral del dulzor en la infancia no solo mejora la salud metabólica, sino que fomenta un paladar más receptivo a sabores naturales, menos dependiente de la recompensa inmediata que produce el azúcar. Esta estrategia, acompañada de una oferta alimentaria variada, colorida y adaptada a los gustos del niño, constituye una base sólida para una nutrición duradera y protectora.
Sin embargo, uno de los retos más frecuentes para padres y profesionales es el manejo de los niños que presentan resistencia a ciertos alimentos o que manifiestan bajo apetito.
En estos casos, forzar la ingesta no es una solución sostenible. Es preferible trabajar desde la exposición repetida y sin presión, permitiendo que el niño explore sabores, texturas y colores de forma lúdica. Involucrarlo en la preparación de los alimentos, con platos divertidos y coloristas, ofrecer opciones saludables variadas y crear entornos tranquilos para comer son estrategias que, sostenidas en el tiempo, favorecen la aceptación natural de una dieta equilibrada.
Para los niños que tienen requerimientos nutricionales específicos —ya sea por condiciones médicas, bajo peso o actividad física intensa— puede ser necesario un ajuste personalizado del plan nutricional. En estos casos, la supervisión profesional garantiza que se cubran adecuadamente micronutrientes como el zinc, el magnesio o la vitamina B12, sin recurrir automáticamente a suplementos, sino optimizando primero las fuentes naturales disponibles.
Una alimentación infantil verdaderamente saludable no se limita a cubrir las necesidades calóricas diarias, sino que educa el paladar, respeta los ritmos biológicos y promueve un vínculo positivo con los alimentos.
En un mundo donde los ultraprocesados son omnipresentes, apostar por una nutrición basada en lo natural no es un lujo, sino una necesidad urgente. Los profesionales de la nutrición tienen la responsabilidad de guiar a las familias desde la empatía, el conocimiento científico y una visión integral del desarrollo infantil.
Llas primeras etapas de la vida representan una oportunidad crítica para intervenir en la prevención de enfermedades crónicas no transmisibles, como algunos estudios científicos corroboran. La alimentación natural es una de las herramientas más potentes y accesibles para lograrlo.
