Día Mundial por el Decrecimiento 2026: Dejé de perseguir el éxito para empezar a vivir
Durante mucho tiempo creí que estaba haciendo lo que debía. Estudié, encontré un trabajo estable, me instalé en una ciudad llena de oportunidades y fui comprando todo aquello que, supuestamente, debía ayudarme a construir una buena vida. Tenía un sueldo, un piso, un coche y suficientes objetos para llenar cada rincón de mi casa. Desde fuera, parecía que había conseguido lo que muchas personas desean. Sin embargo, cada mañana me costaba más levantarme y cada noche me acostaba con la sensación de que el día había vuelto a escaparse sin haber disfrutado realmente de él.
La ciudad me provocaba una ansiedad que al principio no supe reconocer. El ruido del tráfico, las prisas, las aglomeraciones y la obligación de estar siempre disponible me acompañaban incluso cuando llegaba a casa. Trabajaba para pagar mis gastos y, cuando terminaba la jornada, apenas tenía energía para disfrutar de aquello que tanto esfuerzo me costaba mantener. Los fines de semana se convertían en una carrera para hacer compras, resolver asuntos pendientes y prepararme para volver a empezar el lunes.
Mientras tanto, mi entorno parecía avanzar en la misma dirección. Mis amigos hablaban de ascensos profesionales, hipotecas, coches nuevos y vacaciones cada vez más caras. Mi familia se alegraba de mi estabilidad y me animaba a seguir progresando. Yo también había interiorizado aquella idea de éxito: tener más, ganar más y no detenerse nunca. Pero una pregunta empezó a perseguirme: ¿para qué quería seguir acumulando cosas si cada vez tenía menos tiempo para vivir?
Una tarde, caminando bajo la lluvia, recordé los veranos de mi infancia en el pueblo de mis abuelos. Recordé el olor de la tierra mojada, las comidas compartidas, las horas en el huerto y aquella sensación de que el tiempo transcurría de otra manera. No idealizaba la vida rural, porque sabía que también implicaba esfuerzo y dificultades, pero comprendí cuánto echaba de menos sentirme conectado con la naturaleza y con las personas que me rodeaban.
Aquella noche empecé a cuestionarme muchas cosas. ¿Necesitaba realmente todo lo que poseía? ¿Por qué dedicaba tantas horas a un trabajo que no me hacía feliz? ¿Qué sentido tenía consumir cada vez más en un planeta con recursos limitados? Y, sobre todo, ¿por qué me daba tanto miedo imaginar una vida diferente?
Fue entonces cuando descubrí el decrecimiento. Comprendí que no se trataba simplemente de gastar menos dinero o renunciar a las comodidades, sino de cuestionar un modelo que identifica el bienestar con el aumento constante de la producción y el consumo. Empecé a pensar que quizá vivir mejor no significaba tener más, sino disponer de tiempo, cuidar las relaciones personales, reducir las necesidades materiales y aprender a disfrutar de aquello que no se puede comprar.

La idea me ilusionaba, pero también me asustaba. Cambiar mi vida significaba abandonar muchas certezas y enfrentarme a las expectativas de quienes me querían.
Cuando expliqué a mi familia que estaba pensando en dejar mi trabajo y marcharme al campo, su reacción fue de preocupación. Mis padres me preguntaron si había perdido la razón después de tantos años esforzándome por conseguir una estabilidad económica. Temían que me arrepintiera y que, cuando quisiera regresar, ya no pudiera recuperar lo que había dejado atrás.
Algunos amigos se lo tomaron a broma. Para ellos, mi idea era una fantasía pasajera, una especie de aventura que terminaría cuando descubriera lo difícil que resultaba vivir sin las comodidades de la ciudad. Otros me aconsejaron que aprovechara mis ingresos para comprar una vivienda mejor y continuar progresando profesionalmente.
Mi pareja tampoco compartía mis planes. Habíamos imaginado un futuro que incluía una casa cómoda, viajes y una vida parecida a la de nuestro entorno. Cuando comprendimos que deseábamos cosas diferentes, intentamos encontrar un punto de encuentro, pero nuestras expectativas eran demasiado distintas. Finalmente, nuestros caminos se separaron.
Fue doloroso. Durante un tiempo me pregunté si estaba siendo egoísta, si debía renunciar a mis deseos para no decepcionar a quienes me rodeaban. Aprendí que tomar decisiones propias no significa que los demás tengan que comprenderlas, ni que debamos dejar de escuchar sus preocupaciones. Significa asumir que cada persona tiene derecho a elegir su camino y hacerse responsable de las consecuencias.
No quería demostrar que mi manera de vivir fuera mejor que la de los demás. Solo necesitaba descubrir si existía una forma de vida más coherente con lo que sentía y pensaba.
Antes de dar el paso, preparé mi salida con prudencia. Ahorré dinero, reduje mis gastos y empecé a desprenderme de muchas cosas que apenas utilizaba. Vendí algunos objetos, regalé otros y descubrí que buena parte de lo que había acumulado no era imprescindible. Durante años había confundido la posesión con la seguridad y el éxito, pero, a medida que mi casa se vaciaba, sentía que también se despejaba mi mente.
Finalmente, dejé mi trabajo y me trasladé a una pequeña parcela rural. Allí quería construir una vivienda sencilla con mis propias manos y empezar a cultivar mis alimentos. No tenía todos los conocimientos necesarios ni un presupuesto ilimitado, pero sí muchas ganas de aprender.
Los primeros meses fueron mucho más difíciles de lo que había imaginado. Había que limpiar el terreno, estudiar dónde construir, conseguir herramientas y aprender a trabajar con materiales que apenas conocía. Algunas tareas que parecían sencillas me llevaban días. Cometí errores, tuve que rehacer trabajos y hubo jornadas en las que terminé agotado, preguntándome si había tomado la decisión correcta.
Sin embargo, aquel cansancio era diferente. Por primera vez en mucho tiempo, podía ver el resultado de mis esfuerzos. Cada pared que levantaba, cada reparación y cada pequeño avance me acercaban a un hogar que respondía a mis necesidades reales. No buscaba una casa perfecta, sino un lugar sencillo, cómodo y respetuoso con el entorno.
Cuando empecé a preparar el huerto, descubrí otra forma de entender el tiempo. Planté tomates, pimientos, calabacines y algunas verduras de temporada. Al principio pensé que bastaría con sembrar y regar, pero pronto llegaron las plagas, las plantas que no prosperaban y los días en los que el tiempo no acompañaba. Tuve que aprender a cuidar el suelo, aprovechar el agua y respetar los ciclos de la naturaleza.

La primera vez que recogí tomates cultivados por mí sentí una satisfacción enorme. Aquellos frutos imperfectos representaban muchas horas de trabajo, paciencia y aprendizaje. También me hicieron comprender el valor de los alimentos y todo lo que desconocemos cuando los encontramos perfectamente colocados en las estanterías de un supermercado.
Nunca he conseguido producir todo lo que necesito, ni pretendo hacerlo. Sigo comprando alimentos y recurriendo a servicios que forman parte de mi vida. La autosuficiencia absoluta no era mi objetivo. Quería depender menos del consumo innecesario y aprender a utilizar los recursos con mayor responsabilidad.
Con el tiempo, también comprendí que una vida sencilla no tiene por qué ser una vida solitaria. Al principio intentaba resolver todos los problemas por mi cuenta, pero pronto empecé a relacionarme con las personas de la zona. Un vecino me enseñó a podar árboles frutales, otra persona me ayudó a reparar una herramienta y yo colaboré en pequeñas tareas comunitarias.
Compartimos semillas, cosechas, conocimientos y materiales. Descubrí que muchas cosas que compramos podrían aprovecharse durante años si aprendiéramos a repararlas y que numerosos problemas se resuelven mejor cuando varias personas colaboran. La independencia que tanto había buscado en la ciudad empezó a adquirir un significado diferente: no consistía en no necesitar a nadie, sino en ser capaz de participar en una comunidad donde la ayuda mutua tuviera valor.
Aquella experiencia cambió también mi manera de entender el decrecimiento. Vivir con menos no significaba encerrarme en mi parcela ni rechazar todo lo que procedía del exterior. Significaba consumir de forma más consciente, compartir lo que tenía y dedicar parte de mi tiempo a mejorar el entorno del que formaba parte.
Poco a poco, algunos de mis familiares comenzaron a comprender mi decisión. No todos compartían mis ideas, pero pudieron comprobar que estaba construyendo una vida en la que me sentía más satisfecho. Algunos amigos también se interesaron por los cambios que había realizado. Les expliqué que no era necesario abandonar la ciudad para empezar a vivir de otra manera. Se puede consumir menos, reparar antes de comprar, apoyar a los productores locales, compartir recursos o reservar más tiempo para las personas importantes.
Cada persona tiene sus circunstancias y no todos podemos elegir dónde vivir o qué trabajo desempeñar. Por eso no creo que exista una única fórmula para aplicar el decrecimiento. Lo importante es preguntarnos qué necesitamos realmente, qué consecuencias tienen nuestros hábitos y qué cambios están a nuestro alcance.
Hoy mi vida sigue teniendo dificultades. Hay temporadas en las que la cosecha no es suficiente, reparaciones que se retrasan y preocupaciones económicas que no desaparecen por vivir en el campo. La naturaleza no es un refugio mágico donde se resuelven todos los problemas. Exige esfuerzo, adaptación y respeto. Pero ahora siento que mi tiempo está más cerca de mis prioridades y que mis decisiones responden, en mayor medida, a lo que considero importante.
Cuando llega el Día Mundial por el Decrecimiento, pienso en todas las personas que sienten que deben seguir una trayectoria que no les hace felices porque es la que la sociedad considera correcta. Pienso en quienes temen decepcionar a su familia, en quienes permanecen en trabajos que les desgastan y en quienes creen que necesitan comprar constantemente para demostrar que han alcanzado el éxito.
A todos ellos les diría que no es necesario cambiarlo todo de golpe, ni tomar decisiones precipitadas. Podemos empezar con pequeños pasos, informarnos, planificar y buscar apoyo. También debemos reconocer que las transformaciones individuales necesitan acompañarse de cambios colectivos, políticas responsables y alternativas que permitan vivir dignamente con un menor impacto ambiental.
El decrecimiento no debería significar más precariedad para quienes ya tienen poco, sino cuestionar el consumo innecesario y construir una sociedad en la que el bienestar no dependa de acumular cada vez más bienes. Necesitamos proteger la naturaleza, utilizar los recursos con responsabilidad y favorecer unas relaciones humanas en las que el tiempo, los cuidados y la cooperación tengan tanta importancia como el dinero.
He aprendido que el miedo al qué dirán puede mantenernos atrapados en una vida que no hemos elegido de verdad.
Escuchar a los demás es importante, pero no podemos permitir que sus expectativas decidan por completo nuestro futuro. Cada persona debe encontrar su propio camino, respetando el de los demás y asumiendo las consecuencias de sus decisiones.
Si algo me ha enseñado esta experiencia es que no estaba renunciando al futuro cuando dejé de perseguir aquella idea convencional del éxito. Estaba intentando construir uno diferente. Ahora tengo menos objetos, pero disfruto más de lo que poseo. Dispongo de menos comodidades, pero he recuperado tiempo y he aprendido a valorar las pequeñas cosas. Y, sobre todo, siento que puedo contribuir a una forma de vida más respetuosa con las personas y con el planeta.
No sé cómo será mi vida dentro de diez años, pero ya no necesito tener todas las respuestas. Me basta con levantarme cada mañana sabiendo por qué hago lo que hago y qué quiero cuidar.
Porque quizá el verdadero progreso no consista en producir y consumir sin límites, sino en descubrir cuánto podemos dejar de necesitar para vivir mejor. Y porque, cuando nos atrevemos a elegir una vida más coherente con nuestros valores, no solo cambiamos nuestro propio destino. También demostramos que existen otras posibilidades y que un futuro más sencillo, solidario y sostenible puede empezar con una decisión personal.
La mía comenzó el día en que dejé de preguntarme qué esperaba la sociedad de mí y empecé a preguntarme cómo quería vivir.
