Hoy, 17 de abril, celebramos el Día Internacional de la Lucha Campesina 2020 con más fuerza que nunca, porque la única forma de seguir adelante es apoyando a los pequeños agricultores que trabajan la tierra dejándose la vida en sacar productos de primera necesidad que han sido mimados y cultivados con esmero.

Cuidar de la tierra, es cuidar de nosotros mismos.

Gracias estos pequeños productores podemos nutrirnos con alimentos que nos proporcionan salud a a las personas y a el planeta. Conservando esas tierras con una agricultura extensiva en la que la producción a destajo no es el fin, podremos establecer un equilibrio con el medio natural.

Agricultura intensiva versus agricultura extensiva

Cultivando alimentos frescos de proximidad o km 0 estamos dando multitud de oportunidad a nuestro entorno para que se vaya recuperando. Muchos animales encuentran aquí su forma de alimentarse y un hogar en el que vivir, desarrollarse y reproducirse. Es en sí un pequeño ecosistema para muchas especies que son incompatibles con la agricultura intensiva.

Las viandas que se cultivan en este tipo de agricultura destacan por sus propiedades organolépticas, que en la agricultura intensiva se pierden, porque no se deja crecer a la planta en unas condiciones favorables, acordes con la estacionalidad de cada producto para que la parte comestible adquiera toda la evolución completa y deseable.

¿Sabe y alimenta igual un alimento que ha recorrido miles de kilómetros hasta nuestra mesa?

Químicos por doquier

A esto hay que sumarle la cantidad de productos agroquímicos que se rocían en la planta o en la tierra antes, durante y después de su crecimiento en la agricultura intensiva, que terminan afectando a su propia composición y a los ríos, los lugares donde acaban todas estas sustancias tóxicas provocando un colapso ecosistémico, que suele acabar con la mayor parte de la vida asentada en él.

Fertilizantes, acaricidas, fungicidas, fitoreguladores, herbicidas, rodenticidas o nematicidas son el conjunto de productos usados para hacer crecer un cultivo y que sea lucrativo. El problema es que se sabe que en su conjunto son un cóctel explosivo nocivo que acaba revistiendo en la seguridad de los alimentos con que se alimenta a la mayoría de la población.

La eutrofización está haciendo que nuestros ríos se encuentren cada vez más contaminados y menos llenos de vida. Pero como todo es un círculo, resulta que con las aguas con las que se riegan están llenas de químicos que terminan depositándose hasta en las capas más profundas de los suelos.

En nuestra cocina solo debemos utilizar productos de temporada y autóctonos.

Los terrenos baldíos son consecuencia de la incapacidad del hombre de saber dónde está el límite entre la vida y la muerte. Los suelos contaminados durante años dejan de ser rentables, porque ninguna planta quiere crecer en esas condiciones, ni tan siquiera la microbiota saludable que habita en los suelos fructíferos.

Transmisión de conocimientos tradicionales y soberanía alimentaria

La rotación de cultivos y los abonos verdes son fundamentales para la agricultura extensiva. En la agroecología se puede decir que son la base para conservar un suelo fértil.

La agricultura que se preocupa de la huella que deja, no utiliza productos químicos, los sistemas agrícolas sostenibles optimizan los recursos naturales que tienen a su alcance para satisfacer todas sus necesidades.

Esa interacción entre el agricultor, la tierra, sus cultivos, los animales y el medio ambiente conforman un círculo perfecto que se puede mantener en el tiempo, sin consecuencias letales para el resto.

Los conocimientos locales y tradicionales de los pequeños campesinos son una fuente inagotable de sabiduría para llevar a cabo un cambio hacia una alimentación más segura y saludable. Es incuestionable que eso se debe transmitir a las nuevas generaciones, así como el mantenimiento de las semillas autóctonas propias de cada región.

Las variedades locales son las mejores para nuestro organismo.

Si perdemos este tesoro, es como si toda nuestra historia como pueblo desapareciese. Por eso, debemos reclamar que esto no suceda.

Los primero, es que esos pequeños campesinos luchadores se unan y se comuniquen, porque ellos son la fuerza. Lo segundo, es exigir una soberanía alimentaria para que un derecho y una necesidad de muchos como es la alimentación, no se convierta en el negocio y en la explotación de unos pocos para amasar ingentes masas de dinero.

La globalización ha sido una ruina en muchos aspectos, y, en especial, para la agricultura. ¡Alimentémonos de nuestros campos, ellos están ahí para nuestro sustento. No busquemos alimentos a 10.000 km de distancia, es incoherente!