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Ailanto: cómo reconocer y localizar al árbol invasor que se extiende por España

Hay árboles que llegan a un territorio y simplemente se adaptan. Y hay otros que, con el paso de los años, encuentran las condiciones perfectas para extenderse y terminar desplazando a la vegetación que llevaba allí mucho más tiempo. El ailanto, Ailanthus altissima, pertenece a este segundo grupo.

Quien pasea por las proximidades de una carretera, atraviesa un descampado, camina junto a una vía de ferrocarril o recorre una ribera degradada puede encontrarse con él sin saberlo. Reconocerlo y comunicar su presencia puede parecer un gesto pequeño, pero disponer de información sobre dónde aparece es una de las primeras herramientas para intentar contener una especie invasora.

En España, el ailanto está incluido en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, regulado por el Real Decreto 630/2013. La normativa identifica a Ailanthus altissima como especie exótica invasora, por lo que su presencia en el territorio no debe confundirse con la de un árbol ornamental más.

Ailanto
Suelen crecer en descampados.

Un árbol llegado desde China

El ailanto es un árbol caducifolio perteneciente a la familia Simaroubaceae. Su área de origen se encuentra principalmente en China y desde allí fue introducido en diferentes regiones del mundo. En Europa comenzó a cultivarse como planta ornamental durante el siglo XVIII, favorecido por su rápido crecimiento y su capacidad para soportar condiciones urbanas difíciles.

Puede alcanzar dimensiones considerables, con ejemplares adultos que superan los 20 metros de altura. Sus hojas son grandes y compuestas, de aspecto fácilmente reconocible cuando se observan de cerca, mientras que sus frutos son pequeñas estructuras aladas, las llamadas sámaras, que se agrupan formando racimos y facilitan enormemente la dispersión por el viento.

Existe además una característica que ayuda a identificarlo: cuando se rompen sus hojas, ramillas o determinadas partes de la planta, puede desprender un olor bastante desagradable. Los ejemplares masculinos también pueden producir flores con un olor fuerte y poco agradable.

¿Dónde crece el ailanto?

Una de las razones que explican su éxito es que no necesita un bosque bien conservado para establecerse. De hecho, parece encontrarse especialmente cómodo allí donde la actividad humana ha alterado el terreno.

En España se ha naturalizado sobre todo en lugares como cunetas, taludes, solares, descampados, escombreras, jardines abandonados, zonas periurbanas, márgenes de carreteras y vías ferroviarias y riberas degradadas. También puede penetrar en espacios naturales y zonas forestales cuando encuentra claros o áreas perturbadas.

Esta preferencia por los ambientes alterados es importante para quien quiera colaborar en su localización. No hace falta pensar únicamente en grandes bosques o espacios naturales protegidos. A veces el ailanto que puede terminar generando una población problemática está creciendo detrás de una valla, en un solar abandonado o en un pequeño talud situado junto a una carretera.

Es una especie que tolera numerosos tipos de suelo y diferentes condiciones climáticas, aunque presenta una buena adaptación a ambientes cálidos. También soporta bastante bien la contaminación urbana, lo que explica su capacidad para sobrevivir en ciudades y zonas muy transformadas.

El verdadero problema está bajo tierra

A primera vista, podría parecer que el principal peligro del ailanto está en la cantidad de semillas que produce. Y efectivamente las semillas son una parte fundamental de su estrategia invasora.

Un ejemplar adulto femenino puede producir cientos de miles de semillas al año, que permanecen agrupadas en los frutos alados y pueden ser transportadas por el viento. De esta manera, un árbol establecido puede convertirse en el punto de partida de nuevas poblaciones a cierta distancia. Una revisión científica publicada en 2024 señala que la dispersión por semillas es uno de los principales mecanismos mediante los que el ailanto alcanza nuevos lugares.

Pero el árbol tiene otra carta todavía más difícil de combatir: su reproducción vegetativa.

Su sistema radicular puede emitir nuevos brotes y generar ejemplares alrededor del árbol original. Algunos estudios han documentado la aparición de brotes a varios metros de distancia del ejemplar madre. Por eso una población que aparentemente está formada por unos pocos árboles puede tener debajo del suelo una red mucho más extensa de raíces con capacidad para generar nuevos individuos.

Y aquí encontramos una de las grandes dificultades de su control: cortar el árbol no significa necesariamente haberlo eliminado.

Cuando se tala un ailanto, las raíces pueden responder produciendo nuevos rebrotes. Incluso una intervención mal planteada puede terminar generando numerosos brotes alrededor del lugar donde estaba el árbol original. El MITECO advierte precisamente de esta gran capacidad de rebrote y señala que la tala aislada puede tener únicamente un efecto temporal.

Una especie capaz de modificar el lugar donde crece

El problema del ailanto no consiste únicamente en que crezca rápido y ocupe espacio. También puede modificar las condiciones del ecosistema.

La especie produce compuestos con efectos alelopáticos, entre ellos la ailantona, que pueden inhibir la germinación y el crecimiento de otras plantas. Esta capacidad, unida a la sombra que proyectan sus copas y a su potente sistema radicular, puede dificultar la regeneración de la vegetación autóctona.

El resultado puede ser una transformación progresiva de la comunidad vegetal. Allí donde antes existía una mezcla de especies autóctonas, el ailanto puede terminar formando agrupaciones densas en las que otras plantas tienen cada vez más dificultades para desarrollarse.

En las riberas españolas este fenómeno tiene especial importancia. El MITECO señala que la especie puede competir con la vegetación autóctona de los márgenes fluviales y cita, entre otras, formaciones con alisos, fresnos, olmos o almez. También se ha documentado su presencia en contacto con formaciones de Quercus pyrenaica en Sierra Nevada.

Por eso no estamos simplemente ante un árbol que crece demasiado. Estamos ante una especie capaz de alterar la composición y el funcionamiento de determinados ecosistemas.

¿Por qué se ha convertido en una invasora tan agresiva en España?

La historia del ailanto reúne varios ingredientes que explican su éxito.

Primero está su crecimiento rápido. Después, su capacidad para vivir en ambientes alterados donde muchas especies autóctonas tienen dificultades para recuperarse. A esto se suma su tolerancia a la contaminación, su capacidad para reproducirse mediante semillas y raíces, su enorme producción de semillas y la posibilidad de que estas sean transportadas por el viento.

Y hay un factor que resulta especialmente importante en un país como España: la existencia de numerosos paisajes humanizados y fragmentados por carreteras, ferrocarriles, urbanizaciones, polígonos, obras, taludes y otras infraestructuras. Estos espacios generan continuamente nuevos lugares abiertos que pueden ser colonizados.

Una revisión científica de 2024 concluye que Ailanthus altissima está especialmente asociado a zonas sometidas a perturbaciones humanas y que sus características reproductivas y ecológicas favorecen tanto su expansión como su persistencia.

Por eso encontrar un ailanto aislado no debería considerarse un asunto sin importancia. Puede tratarse de un árbol procedente de una antigua plantación, pero también puede ser el inicio de una nueva población.

¿Qué podemos hacer para frenar su reproducción?

La primera regla es sencilla: no intentar eliminar un ailanto adulto por nuestra cuenta simplemente cortándolo.

La razón es precisamente su capacidad de rebrote. El control eficaz necesita tener en cuenta tanto la parte aérea como el sistema radicular y debe plantearse de forma continuada. El MITECO recomienda comenzar por la eliminación mecánica de las plantas jóvenes, especialmente cuando pueden extraerse completamente con la raíz y el suelo está húmedo. En ejemplares adultos, la tala periódica puede impedir temporalmente la producción de semillas, pero por sí sola no garantiza la muerte del árbol.

Cuando se trata de poblaciones establecidas, el control puede requerir tratamientos específicos y repetidos, incluidos métodos químicos aplicados por profesionales y de acuerdo con la normativa correspondiente. El objetivo debe ser alcanzar el sistema radicular y evitar que continúe produciendo rebrotes. La elección del método depende del tamaño de la población, su localización, el ecosistema afectado y los posibles riesgos para otras plantas, el suelo y el agua.

Por tanto, para un ciudadano que encuentra un ailanto durante una excursión, una ruta en bicicleta, un paseo urbano o una salida al campo, la actuación más útil normalmente no es sacar las herramientas y cortarlo, sino identificarlo correctamente, registrar su localización y comunicarla a quienes puedan gestionar su control.

Ailanto
En numerosos parques ya ha hecho su aparición.

AilantoMap: convertir nuestros paseos por España en una red de detección

Aquí es donde iniciativas de participación ciudadana como AilantoMap pueden adquirir un enorme valor.

AilantoMap – Mapeo ciudadano de Ailanto es una plataforma abierta y gratuita creada precisamente para ayudar a detectar y frenar la expansión del ailanto en España. Su funcionamiento es muy sencillo: podemos utilizar nuestra ubicación actual o marcar manualmente sobre el mapa el lugar donde hemos localizado la planta y añadir, si queremos, una breve descripción.

La plataforma permite además consultar los registros existentes y dispone de herramientas para visualizar las localizaciones por territorio y descargar los datos registrados. En septiembre de 2026, AilantoMap muestra más de 1.400 reportes ciudadanos, una cifra que ilustra hasta qué punto este tipo de colaboración puede comenzar a construir una imagen colectiva de la distribución de la especie.

La utilidad de un mapa de estas características va mucho más allá de colocar un punto sobre un mapa. Cada observación aporta información que puede ayudar a identificar zonas donde la especie está presente, detectar nuevos focos y orientar posteriores trabajos de seguimiento y control.

Y aquí es donde cualquiera puede colaborar.

No hace falta ser botánico, investigador o técnico ambiental para participar. Basta con aprender a reconocer el árbol con suficiente seguridad y actuar con prudencia. Si durante una excursión encontramos varios ejemplares junto a una carretera, un camino, una vía ferroviaria, una ribera o un solar, podemos registrar su localización. Si vemos un ejemplar joven cerca de un grupo de árboles adultos, también puede ser interesante comunicarlo, porque puede indicar que la población se está regenerando.

Aprender a reconocerlo antes de comunicarlo

La participación ciudadana solo resulta útil si las observaciones son fiables. Por eso es importante no identificar como ailanto cualquier árbol joven que tenga hojas compuestas.

El ailanto presenta hojas grandes y pinnadas, con numerosos foliolos. Los frutos alados aparecen agrupados y constituyen una de sus características más llamativas durante la época adecuada. También pueden observarse sus brotes numerosos alrededor de ejemplares adultos.

La propia AilantoMap dispone de información e imágenes para facilitar su identificación. Antes de registrar una observación conviene comparar cuidadosamente el árbol con las fotografías disponibles y, si existe alguna duda razonable, no dar la identificación por segura.

La precisión es más importante que la cantidad.

Un pequeño gesto que puede tener un efecto nacional

Imaginemos a una persona que sale un domingo a caminar por las proximidades de su localidad. Hasta ahora, quizá habría pasado junto al ailanto sin prestarle atención. Después de conocer el problema, reconoce varios ejemplares en un talud y registra su localización.

Otra persona hace lo mismo durante una ruta por una ribera.

Alguien más detecta varios árboles junto a una vía de ferrocarril.

Otra persona encuentra pequeños rebrotes en un solar situado junto a un parque.

Cada observación por separado parece insignificante. Juntas empiezan a dibujar un mapa.

Y ese mapa puede ayudar a transformar una invasión difícil de ver en un problema que podemos localizar, seguir y priorizar.

El control de las especies exóticas invasoras requiere actuaciones de las administraciones y de profesionales especializados, pero también necesita algo que ninguna administración puede conseguir por sí sola: ojos sobre el territorio.

Las personas que salen al campo, utilizan caminos rurales, recorren riberas, practican senderismo, observan aves, hacen fotografía de naturaleza o simplemente pasean por su municipio pueden convertirse en una enorme red de vigilancia ambiental.

Del árbol aislado al problema que podemos detener

El ailanto no llegó a España como una amenaza. Durante mucho tiempo se plantó como ornamental y se valoró precisamente por su capacidad para crecer rápidamente y soportar condiciones difíciles. Pero las mismas características que entonces podían parecer ventajas son hoy algunas de las razones que explican su comportamiento invasor.

Su historia también nos deja una enseñanza importante: prevenir siempre es más sencillo que intentar eliminar una población completamente establecida.

Por eso localizar nuevos ejemplares, especialmente cuando todavía son jóvenes y aparecen en pequeños núcleos, tiene un enorme interés. Cuanto antes sepamos dónde está, más posibilidades existen de que los gestores ambientales puedan actuar antes de que se produzca una expansión mayor.

El ailanto puede estar creciendo mucho más cerca de nosotros de lo que pensamos. Quizá junto a la carretera por la que pasamos todos los días, detrás de un antiguo muro, en un solar abandonado o en la ribera del río que recorremos los fines de semana.

La próxima vez que salgamos al campo, podemos mirar los árboles de otra manera.

Y si encontramos un ailanto, en lugar de pasar de largo, podemos reconocerlo, localizarlo y comunicarlo.

Porque para frenar una especie invasora primero hay que saber dónde está.

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