Productos de proximidad para nuestros niños: una apuesta por la salud, el territorio y el futuro
Hay algo que deberíamos tener muy presente cuando hablamos de alimentación infantil: un niño no es un adulto pequeño. Su organismo está creciendo, sus órganos están madurando y sus necesidades nutricionales son diferentes. Durante la infancia se construyen los huesos, se desarrolla el sistema nervioso, madura el sistema inmunitario y se establecen muchos de los hábitos que pueden acompañar a una persona durante décadas.
Por eso, cuando un niño come cinco días a la semana en el comedor escolar, lo que aparece en su plato no debería considerarse una cuestión secundaria. No hablamos únicamente de llenar una bandeja y conseguir que el menú tenga las calorías necesarias. Hablamos de alimentación, educación, salud y también de la relación que los más pequeños van a establecer con la comida.
Y ahí los productos de proximidad, de temporada y, siempre que sea posible, procedentes de agricultura ecológica o de sistemas de producción que reduzcan al mínimo el uso de productos fitosanitarios, tienen mucho que aportar. Es una cuestión de sentido común.

Un comedor escolar no debería ser simplemente un servicio de catering
Durante demasiado tiempo hemos aceptado que el comedor escolar se valore principalmente por cuestiones como el precio por menú, la capacidad de servicio o la facilidad logística. Evidentemente, todos esos factores importan. Pero existe otro criterio que debería ocupar un lugar central: la calidad real de los alimentos que reciben nuestros hijos.
La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) considera precisamente que el comedor escolar es un espacio privilegiado para promover hábitos alimentarios saludables y reducir desigualdades en la infancia. La normativa española actual establece que la oferta debe estar formada fundamentalmente por alimentos frescos, de temporada y procedentes de canales cortos de distribución, y fija además que al menos el 45 % de las raciones de frutas y hortalizas sean de temporada y que al menos el 5 % del coste de adquisición corresponda a producción ecológica, o alternativamente se ofrezcan al menos dos platos principales ecológicos al mes.
Es un paso importante. Pero debería entenderse como un mínimo que puede mejorarse, no como el punto máximo al que aspirar.
Porque un comedor escolar verdaderamente comprometido con la infancia debería preguntarse algo más: ¿de dónde proceden los tomates?, ¿quién cultiva las verduras?, ¿en qué momento fueron recolectadas?, ¿qué distancia han recorrido?, ¿qué sistemas de producción se han utilizado?, ¿podemos conocer al agricultor o a la cooperativa que nos suministra?, ¿podemos comprar directamente a productores de nuestra comarca?
Cuantas más respuestas podamos obtener, mejor.
La cercanía aporta mucho más que kilómetros
Hablar de productos de proximidad no significa únicamente hablar de kilómetros recorridos por un alimento. Significa hablar de circuitos cortos, relaciones más directas entre productores y consumidores, conocimiento del origen y adaptación de la alimentación a la producción de cada territorio.
Una manzana cultivada cerca del colegio, una lechuga de un productor de la comarca, unas lentejas procedentes de una explotación cercana o unos huevos producidos en la propia región pueden convertirse, además, en una herramienta educativa.
Los niños pueden saber de dónde procede lo que comen. Pueden conocer que los tomates no aparecen mágicamente en una caja del supermercado, sino que alguien los ha sembrado, cuidado, recolectado y transportado hasta ellos.
Y existe otra ventaja evidente: la alimentación de proximidad permite trabajar mucho mejor con las temporadas.
No tiene demasiado sentido enseñar a un niño que la naturaleza funciona mediante ciclos y, al mismo tiempo, ofrecerle exactamente las mismas frutas y verduras durante todo el año, independientemente de lo que esté produciendo el campo.
La temporada puede convertirse en una auténtica asignatura.
Calabacines, tomates y pimientos en verano. Calabazas, coles y determinadas variedades de manzana en otoño. Alcachofas, cítricos o algunas verduras de invierno cuando corresponde. Fresas y otras frutas cuando llega su momento. Legumbres y cereales adaptados a la producción local.
Así, el menú cambia porque cambia la naturaleza.
¿Y si además son productos ecológicos?
Aquí aparece otro aspecto especialmente importante. Siempre que las posibilidades económicas y de suministro lo permitan, los comedores deberían aumentar progresivamente la presencia de alimentos procedentes de agricultura ecológica y de sistemas de producción que reduzcan el uso de pesticidas.
La cuestión es otra: ¿podemos reducir la exposición innecesaria a determinadas sustancias y apostar al mismo tiempo por sistemas agrícolas más respetuosos con el suelo, el agua y la biodiversidad?
La respuesta es sí.
Y en la infancia tiene especial sentido aplicar el principio de prudencia. No porque tengamos que transmitir miedo a las familias, sino precisamente porque cuando hablamos de niños debemos intentar que su alimentación cotidiana sea lo más saludable, variada y equilibrada posible.
Por eso, la apuesta debería ser progresiva: más frutas y verduras frescas, de temporada y cercanas; mayor presencia de productos ecológicos; evitar alimentos ultraprocesados; menos productos precocinados; y una relación cada vez más directa con agricultores y productores locales.
La propia AESAN contempla entre las buenas prácticas de los comedores la utilización de productos vegetales y legumbres frescas de temporada y proximidad, alimentos ecológicos y modelos de cocina in situ.
La trazabilidad importa especialmente cuando alimentamos a niños
Hay una palabra que debería estar mucho más presente en cualquier conversación sobre alimentación infantil: trazabilidad.
Cuando compramos alimentos para un comedor escolar deberíamos poder saber de dónde proceden y quién participa en la cadena que los lleva hasta el plato.
Los grandes circuitos internacionales pueden proporcionar alimentos perfectamente seguros, porque existen controles sanitarios y sistemas de trazabilidad.
Pero cuanto más larga y compleja es una cadena de suministro, más intermediarios y etapas pueden existir entre quien produce y quien consume.
En cambio, cuando un colegio trabaja con agricultores, cooperativas o pequeñas empresas de su entorno, resulta más sencillo establecer una relación directa y conocer mejor el origen de los productos.
Eso no significa que un alimento local sea automáticamente mejor que uno extranjero. La proximidad no es por sí sola una garantía sanitaria. Pero sí puede facilitar una relación más transparente con el proveedor y permitir que el comedor conozca mejor qué está comprando.
Y esto adquiere todavía más importancia cuando hablamos de alimentación infantil.
La variedad también se cultiva en el territorio
Hay otra cuestión que merece atención: la variedad.
Paradójicamente, en una época en la que tenemos acceso a alimentos procedentes de prácticamente cualquier lugar del planeta, nuestros niños pueden terminar comiendo una dieta extraordinariamente repetitiva.
Pollo, pasta, arroz, patatas, carne procesada, productos congelados y unas pocas frutas y verduras que se repiten semana tras semana.
La verdadera diversidad alimentaria no consiste en traer alimentos de cientos de países. Consiste en recuperar la enorme diversidad agrícola que tenemos mucho más cerca.
España posee una extraordinaria riqueza de frutas, hortalizas, legumbres, cereales, frutos secos, variedades tradicionales y productos ganaderos. Cada territorio tiene sus propios alimentos, sus variedades locales y su calendario agrícola.
¿Por qué no llevar esa diversidad al comedor?
¿Por qué no ofrecer distintas variedades de tomate, diferentes legumbres, verduras de temporada, frutas locales y cereales integrales producidos en nuestro entorno?
Un niño que aprende a comer diferentes alimentos durante la infancia tendrá muchas más posibilidades de desarrollar una relación saludable y variada con la comida.
El comedor también puede defender al agricultor
Elegir productos cercanos tiene además una consecuencia que pocas veces aparece en el debate: cada menú escolar puede convertirse en una pequeña política alimentaria.
Cuando un comedor compra a productores locales, está destinando parte de su presupuesto a mantener actividad económica en el territorio.
Está ayudando a que una explotación agrícola siga funcionando.
Está contribuyendo a mantener tierras cultivadas.
Está favoreciendo que una familia pueda continuar viviendo de la agricultura.
Y, en determinadas zonas rurales, puede ayudar a evitar el abandono de tierras y la pérdida de conocimientos agrícolas tradicionales.
Por eso el comedor escolar puede ser mucho más que un lugar donde comen los niños entre las dos y las cuatro de la tarde. Puede convertirse en un puente entre la escuela, las familias, los agricultores y el territorio.

Responsables de comedores: hay que mirar más allá del precio
A quienes gestionan comedores escolares habría que pedirles que no planteen la alimentación únicamente desde la lógica de conseguir el menú más barato.
Porque lo barato no siempre es lo más económico cuando hablamos de salud.
Un menú elaborado con alimentos frescos, de temporada y cercanos puede requerir una planificación diferente. Puede exigir modificar contratos, buscar nuevos proveedores, adaptar las recetas y aprender a trabajar con la estacionalidad.
Pero ya existen experiencias en España que demuestran que este cambio es posible. La propia AESAN ha recopilado iniciativas de colegios que están incorporando productos frescos, de temporada, de proximidad y ecológicos, cocina in situ y alimentos mínimamente procesados, y señala que existen modelos que permiten aplicar estas medidas sin incrementar necesariamente el coste del menú.
Por tanto, la pregunta no debería ser solamente cuánto cuesta alimentar a un niño.
Deberíamos preguntarnos qué alimentación estamos dispuestos a ofrecerle.
Porque detrás de cada plato existe una decisión.
Y los padres también tienen mucho que decir
Las familias no deberían resignarse a aceptar el menú escolar como algo que simplemente viene impuesto.
Padres y madres tienen derecho a conocer qué comen sus hijos durante tantas horas de la semana.
Pueden preguntar por el origen de las frutas y verduras, por el porcentaje de alimentos ecológicos, por la utilización de productos frescos, por los proveedores, por la presencia de ultraprocesados y por la forma en que se elaboran los platos.
También pueden solicitar que el colegio explique de forma transparente sus menús y facilite información sobre los ingredientes y las técnicas culinarias. De hecho, AESAN incluye entre los criterios de un comedor sobresaliente que las familias reciban información sobre los menús mensuales, sus principales ingredientes y las técnicas utilizadas.
No se trata de exigir que todos los productos sean ecológicos de un día para otro ni de convertir el comedor en un restaurante de lujo.
Se trata de algo mucho más sencillo: pedir comida real y de calidad para nuestros hijos.
Más verduras. Más fruta. Más legumbres. Más alimentos frescos. Más productos de temporada. Más proveedores cercanos. Más alimentos ecológicos cuando sea posible. Menos ultraprocesados. Menos precocinados. Menos productos cuya procedencia resulta difícil de explicar.
El menú escolar también educa
Cada vez que un niño se sienta delante de un plato está aprendiendo algo.
Aprende qué alimentos forman parte de una comida normal. Aprende cuánto espacio ocupa una verdura en el plato. Aprende si las legumbres son un alimento habitual o excepcional. Aprende si la fruta es el postre cotidiano. Aprende si el pescado forma parte de una alimentación equilibrada. Aprende incluso, aunque no se lo expliquemos, si comer significa abrir un envase o sentarse delante de un plato preparado con alimentos reconocibles.
Por eso el comedor debería formar parte de la educación.
Incluso sería extraordinario que algunos colegios pudieran disponer de pequeños huertos escolares, visitar explotaciones agrícolas cercanas, conocer cooperativas, organizar jornadas con agricultores o explicar a los alumnos el calendario de las cosechas.
Entonces el niño que se come una ensalada sabría que aquella lechuga no apareció en una fábrica.
Sabría que alguien la plantó.
Que alguien la regó.
Que alguien la recogió.
Y que, quizá, esa persona trabaja a pocos kilómetros de su colegio.
Alimentar bien a la infancia es una responsabilidad colectiva
España acaba de dar un paso importante con el Real Decreto 315/2025, que establece criterios nutricionales y de sostenibilidad para los comedores escolares. La norma impulsa los alimentos frescos, de temporada y de canales cortos, establece porcentajes mínimos de productos de temporada y ecológicos y exige que los menús estén adaptados a las necesidades nutricionales de cada grupo de edad y supervisados por profesionales con formación acreditada en nutrición humana y dietética.
Ahora toca conseguir que el espíritu de esa normativa llegue realmente a los platos.
Porque una buena alimentación infantil no debería depender del colegio al que acuda cada niño, de la empresa que gestione el comedor o de la capacidad económica de su familia.
Todos los niños merecen comer bien.
Y comer bien no significa comer caro. Significa disponer de alimentos variados, frescos, nutritivos y de calidad.
Significa recuperar el valor de las frutas y verduras de temporada.
Significa apoyar a quienes cultivan nuestros campos.
Significa conocer el origen de lo que ponemos en el plato.
Significa reducir los alimentos innecesariamente procesados.
Y, siempre que sea posible, significa acercar el campo a la escuela.
Porque si queremos que nuestros hijos crezcan sanos, quizá deberíamos empezar por algo tan sencillo como mirar con atención lo que tienen delante cada día a la hora de comer.
El comedor escolar no debería ser el lugar donde simplemente se alimenta a los niños. Debería ser uno de los lugares donde aprendan a alimentarse bien para toda la vida.
