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Moderación en la mesa, vida prolongada: aprende de los centenarios

Vivir muchos años es un anhelo compartido, pero hacerlo con plenitud, lucidez y alegría es algo que solo algunas personas logran. Maurice Ernest, en su estudio sobre las biografías y costumbres de personas centenarias de distintas culturas, se propuso entender qué hay detrás de esa vitalidad prolongada. Viajó, escuchó, convivió y descubrió, que la clave no estaba en la genética ni en los milagros de la ciencia moderna, sino en la forma cotidiana de vivir. Sus conclusiones, fruto de una observación paciente y empática, revelan un estilo de vida donde la serenidad, la sencillez y la conexión con lo esencial tienen más peso que cualquier tratamiento o suplemento. En el Día Mundial de la Alimentación 2025, no está demás echar la vista atrás para empaparnos de las vivencias de nuestros mayores y empezar a comprender que solo tenemos una vida; por lo que toca llevar a la práctica este aprendizaje si queremos ser longevos.

Ancianos
Para llegar a ser longevo, es necesario sentirse acompañado en el camino. Imagen de IA.

Un libro con muchas vida

Maurice Ernest, en su libro The Longer Life: A Critical Survey of Many Claims to Abnormal Longevity, aborda con rigor muchas historias de personas que vivirían vidas extraordinariamente largas. Examina no sólo relatos fascinantes, sino también lo que se puede verificar, lo que se repite entre culturas diversas, y lo que parece mito. A partir de ese contraste entre lo aparente y lo comprobado, Ernest saca conclusiones sobre los factores que realmente parecen marcar la diferencia.

Moderación en la alimentación

Ernest encontró que, sin importar el país, el clima o las creencias, había una constante que atravesaba todas esas vidas largas y plenas: la moderación. No se trataba de renunciar, sino de saber cuándo detenerse. Los centenarios que conoció comían con placer, pero nunca con exceso. Muchos de ellos practicaban lo que hoy llamaríamos “alimentación consciente”, aunque sin proponérselo. Sus comidas eran sencillas, compuestas por alimentos frescos y poco procesados, cultivados cerca de casa. Legumbres, verduras, cereales integrales y frutas eran la base de su dieta, a veces acompañados por un poco de vino, pescado o queso, según la región. Pero más allá de los ingredientes, lo que marcaba la diferencia era la relación con la comida: comían en compañía, sin distracciones, valorando el acto de alimentarse como un momento de gratitud y encuentro.

La moderación, decía Ernest, era una forma de respeto hacia el propio cuerpo, un equilibrio entre el placer y la necesidad que evitaba tanto la privación como el exceso.

Actividad diaria

El segundo rasgo común era la actividad constante, entendida no como un entrenamiento físico estructurado, sino como una manera natural de mantenerse en movimiento. En las montañas de Cerdeña, en las aldeas japonesas o en los pueblos del Cáucaso, los centenarios no pasaban sus días en reposo. Caminaban, trabajaban la tierra, cuidaban animales o simplemente iban a visitar a los vecinos. No conocían la idea del “ejercicio” como obligación; el movimiento era parte de su vida. Esta actividad cotidiana mantenía su cuerpo ágil y su mente despierta. Además, muchos de ellos conservaban una rutina de trabajo incluso a edades avanzadas, no por necesidad económica, sino por el valor simbólico de seguir siendo útiles. Maurice Ernest observó que, más que la intensidad del esfuerzo, lo importante era la continuidad: moverse cada día, con propósito, sin forzar los límites.

A su modo, estos ancianos activos demostraban que el cuerpo humano está hecho para la acción moderada y constante, y que la inactividad, más que el paso del tiempo, es la verdadera enemiga de la longevidad.

Anciano
Rostro de anciano. Imagen de Tamhasip Khan en Pexels.

Cuerpo, alma y espíritu en equilibrio

Pero quizás el descubrimiento más profundo de Ernest fue la tranquilidad interior que irradiaban estas personas. Vivían en paz con su historia, con sus pérdidas, con su entorno. No eran ajenos al sufrimiento, pero sabían transitarlo sin dejarse consumir por él. En sus entrevistas, el autor notó una capacidad admirable para aceptar lo que la vida traía, sin quejas ni resentimiento. Dormían bien, se reían con frecuencia y mantenían relaciones estrechas con su familia y su comunidad. Tenían rutinas sencillas, pero significativas: rezar, cantar, cuidar las plantas, conversar con los vecinos. Esa calma interior era el hilo invisible que sostenía su salud.

Según Ernest, la serenidad no era un don natural, sino una consecuencia de haber aprendido a vivir con menos prisa, sin competir, sin compararse. En lugar de luchar contra el paso del tiempo, lo abrazaban como parte de la vida misma.

En conjunto, las conclusiones de Maurice Ernest dibujan una visión clara: vivir más no es cuestión de resistir el envejecimiento, sino de convivir con él de manera inteligente y serena. Los centenarios que estudió no buscaban prolongar sus días, sino disfrutar de cada uno de ellos. Y ese enfoque, paradójicamente, era el que los hacía vivir más. Su secreto no estaba en un régimen estricto ni en fórmulas imposibles de seguir, sino en el equilibrio: comer bien, moverse con naturalidad y mantener la calma del espíritu.

El caso de Abjasia y los centenarios del Cáucaso

Uno de los escenarios más estudiados en este contexto (y objeto de escepticismo, curiosidad y admiración) es Abjasia, una región del Cáucaso que durante décadas fue mencionada como cuna de longevos excepcionales. Los supercentenarios –personas de 110 años o más, o al menos centenarios muy avanzados– de Abjasia han sido examinados en estudios soviéticos, antropológicos y etnográficos, a veces con cifras que se han puesto en duda. Pero más allá de las edades exactas, lo que importa son los rasgos repetidos del estilo de vida que se asocian con esa longevidad.

Toda la cordillera del Caúcaso es conocida como el «cinturón de longevidad«: Georgia (incluye Abjasia), Azerbaiyán y Armenia.

En los relatos sobre Abjasia se dice que los habitantes mayores trabajaban toda la vida, incluso más allá de los cien años, si las condiciones físicas lo permitían, cuidando ganado, cultivando, haciendo labores agrícolas que mantuvieran su cuerpo activo. Se identifican también dietas relativamente simples: muchas verduras, cereales, leche o productos lácteos fermentados, quesos, frutas locales; ingesta calórica moderada, menor que la de trabajadores industriales de zonas comparables.

Otro rasgo pronunciado es el sentido de comunidad y de estatus social para las personas mayores. En Abjasia se les da un lugar de respeto, y los ancianos no están aislados. Las relaciones familiares extensas, la ayuda mutua, la participación en ceremonias locales y costumbres culturales mantienen vivos los vínculos sociales, algo que Ernest y otros investigadores ven como esencial porque reduce el estrés psicológico, da sentido y apoyo emocional.

Nonagenarios

Sobre la validez de las edades, Abjasia no ha escapado a críticas: algunas de las afirmaciones de personas que vivían 130, 140 o más años han sido puestas en duda al verificar documentos, registros militares, actas de nacimiento etc. A pesar de ello, los estudios soviéticos insistían en que un porcentaje inusualmente alto de personas vivían más allá de los 90 años, en comparación con países industrializados, y que muchos centenarios conservaban buena salud física y mental hasta edades avanzadas.

En cuanto al promedio de vida que se les atribuía, no hay cifras completamente confiables para decir que era, digamos, 120 años para muchos. Lo que se conoce es que en encuestas y censos locales de Abjasia en los años 50-70, se reportaba que una proporción significativa de la población vivía hasta los 90 años, y decenas de centenarios; algunos casos afirmaban edades incluso de 110-130, pero esas cifras extremas carecen en muchos casos de documentación fiable. Por ejemplo, la mujer Khfaf Lasuria dijo haber vivido 128 años, otros relatos hablan de 130-133 años. 

Para quienes hoy sienten la necesidad de cuidar su cuerpo y su mente, las enseñanzas de Ernest son más actuales que nunca. En una época marcada por la prisa, el estrés y el exceso de información, volver a lo simple puede parecer un lujo, pero en realidad es un acto de sabiduría. Vivir más y mejor no se trata de añadir cosas, sino de aprender a restar: menos ruido, menos tensión, menos miedo. En ese espacio de serenidad y sencillez, la vida —como enseñaron los centenarios— encuentra su ritmo más auténtico y duradero.

Diana

Fundadora de concienciaeco.com | Directora y Redactora experta en contenidos patrocinados | Sostenibilidad, ecología, salud natural y estilo de vida verde

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