Alimentación EcológicaArtículos Interesantes

Día Mundial de la Mujer Rural 2025: La fuerza motriz del campo tiene nombre de mujer

Cuando pienso en las mujeres rurales, pienso en mi madre. La veo amanecer antes que el sol, con las manos frías sobre la leche recién ordeñada, el rostro marcado por la escarcha y la mirada serena de quien sabe que la tierra no se rinde, que el campo te enseña a resistir o te expulsa. Mañana, celebro el Día Mundial de la Mujer Rural 2025, como si fuera una festividad propia. Mi madre fue durante décadas la directora y jefa de una explotación ganadera familiar. Lo hacía todo: gestionar el ganado, coordinar el trabajo, cuidar a los hijos y seguir, sin apenas pausa, como si su energía viniera de la misma raíz que sostenía el paisaje. A veces pienso que ser mujer rural es exactamente eso: nacer con la fuerza de una encina y la paciencia de quien siembra sabiendo que los frutos llegan tarde.

En el mundo, las mujeres rurales representan casi un tercio de toda la población rural. Son cerca del 43 % de la mano de obra agrícola global, responsables de alimentar al planeta, de conservar las semillas y de mantener viva la cultura campesina. En España, unas 3,7 millones de mujeres viven en entornos rurales, casi la mitad de la población de nuestros pueblos. Sin embargo, solo un 30 % de las explotaciones agrarias están dirigidas por mujeres. Mi madre fue una de ellas, aunque tardó muchos años en aparecer como titular en los papeles. Durante mucho tiempo, su nombre era invisible en los registros, como si su trabajo no existiera, como si dirigir no contara hasta que un hombre lo firmaba.

Mujer rural
Las mujeres rurales son imprescindibles, ¡sin ellas no comeríamos! Imagen de Freepik.

A menudo se piensa que ser mujer rural es una elección romántica, pero casi nunca lo es. A veces es una herencia, un lazo con la tierra que no se rompe; otras, una necesidad, porque el campo es el único lugar donde queda trabajo. Pero también hay mujeres que lo eligen por convicción: por querer criar a sus hijos en un entorno más libre, por encontrar en la naturaleza una manera más digna de vivir, por sentir que el campo no las juzga como lo hacen los despachos. Mi madre decía que el campo no discrimina: si trabajas, da frutos. Pero lo cierto es que la sociedad sí lo hace.

Ser mujer rural es vivir con más obstáculos que caminos. Hay desigualdad en la propiedad, en el acceso al crédito, en las ayudas públicas. Durante años, mi madre tuvo que pedir préstamos a nombre de mi padre, porque los bancos desconfiaban de una mujer que gestionaba vacas y balances. Cuando la administración llegaba al pueblo, las reuniones siempre estaban llenas de hombres, y aunque muchas de las explotaciones las sostenían mujeres, sus voces se quedaban fuera. Además, la carga familiar recae casi por completo sobre ellas.

No hay guarderías, ni servicios sanitarios cercanos, ni transporte suficiente. Ser madre y ganadera implica improvisar, hacer del corral una cuna y del silencio del campo un refugio. Recuerdo noches en que mi madre ordeñaba con una mano mientras me sostenía dormida con la otra. Nunca entendí cómo encontraba la fuerza, pero ella decía que la vida en el campo no se detiene, solo se aprende a acompañarla.

Las mujeres rurales no solo trabajan la tierra: también la reinventan. Hoy dirigen pequeñas explotaciones agrícolas, granjas ecológicas, proyectos de turismo rural, cooperativas de alimentos artesanales o talleres de transformación de productos locales. Muchas se han convertido en emprendedoras sin apenas darse cuenta, adaptándose a un mundo que exige digitalización, sostenibilidad y nuevos mercados. He visto a mujeres vender queso a través de redes sociales, exportar aceite desde un pueblo de cien habitantes o crear rutas turísticas para enseñar a otros lo que significa vivir en contacto con la tierra. Son proyectos pequeños en apariencia, pero inmensos en su impacto, porque devuelven vida y esperanza a territorios que se vaciaban.

La conciliación, en el mundo rural, no se parece a la de las ciudades. No hay horarios ni fines de semana. La familia forma parte del trabajo, y el trabajo forma parte de la familia. En casa, todos ayudábamos: recoger los huevos, dar de comer a los corderos, acompañar a mi madre a los mercados. A veces lo vivíamos como carga, pero con los años entendí que era una escuela de dignidad. La maternidad rural es dura, pero también comunitaria: las vecinas se apoyan, los abuelos crían, los hijos aprenden pronto a cuidar. No hay tiempo para pensar en equilibrio; solo en seguir adelante.

Mujer rural
La mujer rural ahora es un símbolo de resistencia frente a las vicisitudes del campo. Imagen de Freepik.

Sin embargo, algo ha cambiado. Las nuevas generaciones de mujeres rurales ya no se conforman con el anonimato. Cada vez más tienen estudios agrarios, formación en gestión, acceso a internet y redes de apoyo. Ya no son solo las esposas del agricultor, sino empresarias, técnicas, innovadoras. Las políticas públicas comienzan a reconocer su papel, los programas de titularidad compartida se amplían, las asociaciones rurales de mujeres cobran fuerza. La tecnología ha abierto una ventana: hoy una mujer puede dirigir una explotación desde su móvil, dirigir su negocio, vender sus productos online, coordinar envíos y aprender sin tener que salir del pueblo.

Mi madre no tuvo esa oportunidad. Pero cuando me escucha hablar de estas cosas, sonríe. Dice que le alegra saber que su esfuerzo no fue en vano, que lo que antes era supervivencia, hoy puede ser orgullo. A veces la veo caminar por la finca, más despacio que antes, y pienso que en ella se resumen todas las mujeres rurales del mundo: las que trabajan en silencio, las que luchan sin reconocimiento, las que sostienen pueblos enteros con su constancia.

Ser mujer rural es estar en el centro invisible de la vida. Es dar de comer, criar, sembrar, resistir, cuidar y transformar sin dejar de ser uno mismo.

Y aunque aún haya desigualdades, su papel ha dejado de ser sombra. Hoy se sabe que sin ellas no habría campo, ni alimento, ni futuro. Mi madre no lo diría así; ella solo diría que hay que seguir trabajando. Pero en su silencio está toda la verdad del mundo rural: que la tierra se levanta cada día porque las mujeres la sostienen.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *