Uniformes, zapatos y abrigos: por qué se rompen antes de terminar el curso
Cada septiembre, muchas familias se preparan para el inicio del curso escolar con la lista interminable de ropa, uniformes y zapatos. Y cada año, la misma historia: pantalones que se descosen en pocas semanas, sudaderas que pierden su forma tras tres lavados, zapatos que apenas aguantan un trimestre. No es casualidad ni mala suerte. Lo que estamos viviendo tiene un nombre: obsolescencia programada, la estrategia de fabricar productos para que duren menos y obligar al consumidor a volver a comprar.

Prendas que no duran ni un trimestre
En la ropa se ha hecho evidente. Donde antes predominaban tejidos resistentes, hoy abundan fibras sintéticas de bajo coste que se desgastan con facilidad, se deforman o generan bolitas. La camiseta que parecía fuerte se convierte en un trapo al cabo de unos meses. En el caso de los uniformes escolares, los jerséis y los abrigos, la situación es aún más dolorosa: uno espera que duren al menos todo el curso, pero muchas veces no llegan ni a la Navidad.
Se supone que estas prendas deben resistir el día a día de niños y jóvenes que corren, saltan, juegan y hacen ejercicio con ellas puestas, que las usan desde primera hora de la mañana hasta la tarde. Justo por eso deberían fabricarse con telas reforzadas y resistentes al roce, pero lo que encontramos son cremalleras frágiles, costuras pobres y tejidos que se rompen antes de que acabe el periodo escolar.
Calzado de plástico, que termina dañando los pies
Lo mismo ha pasado con el calzado. Hace no tanto, los zapatos de piel podían durar años. Se podían llevar al zapatero, cambiarles la suela y seguir utilizándolos. Hoy, en cambio, gran parte de los zapatos infantiles están hechos de plásticos o materiales sintéticos que se agrietan, se deforman o se rompen en cuestión de semanas. Por no hablar de cuestiones de salud, ya que al no ser transpirables son un foco de bacterias para los pies. De ahí, que aparezca el pie de atleta y otras patologías relacionadas. Pero además, ampollas, roces y heridas. Y como no se pueden reparar, acaban en la basura, obligando a las familias a gastar más dinero y generando más residuos.
Esta estrategia tiene un claro beneficiario: las marcas que consiguen vender más y más rápido. Pero el coste lo asumimos las familias, que vemos cómo el dinero destinado a ropa básica no rinde, y también el planeta, saturado de residuos textiles y plásticos que no se reciclan.
Soluciones a la obsolescencia programada en el calzado y en la ropa
¿Qué podemos hacer frente a esto? No es fácil, porque muchas veces el bolsillo aprieta y la opción más barata parece la única posible. Sin embargo, hay pequeños pasos que pueden marcar la diferencia. Una opción es recuperar la costumbre de buscar calidad antes que cantidad: invertir en una prenda o unos zapatos que realmente duren todo el curso, aunque el precio inicial sea algo mayor, suele salir más barato a medio plazo. También ayuda comprar en tiendas que ofrezcan información clara sobre los materiales, elegir tejidos naturales y duraderos, como el algodón o la lana de buena calidad; y apostar por calzado de piel o de buena fabricación que pueda repararse en el zapatero.
Por suerte, en nuestro país hay numerosas marcas especializadas en calzado infantil que fabrican en España calzado de piel de calidad superior.
Otra forma de resistir es compartir información entre familias, recomendar marcas o tiendas que ofrezcan más resistencia, o incluso organizar intercambios de ropa entre padres y madres del colegio. Y no hay que olvidar el papel de la presión colectiva: cada vez más consumidores exigen a las marcas transparencia y responsabilidad. Si la demanda de prendas de calidad aumenta, las empresas tendrán que responder.
La obsolescencia programada en la ropa y el calzado no es solo un problema de consumo, es una falta grave que golpea directamente a las familias, especialmente a aquellas que hacen un esfuerzo enorme para llegar a fin de mes.
Por eso es fundamental tomar conciencia, hablar del tema y, en la medida de lo posible, plantar cara con nuestras elecciones. No se trata de llenar el armario, sino de asegurarnos de que lo que compramos realmente cumpla con lo que necesitamos: ropa y zapatos que acompañen a nuestros hijos durante el curso escolar, sin obligarnos a pasar por caja cada pocos meses. ¡Un consumo consciente y responsable va ayudarnos a nosotros y al medio ambiente!
