Día Internacional del Oso Polar 2026: ¿Genética o aprendizaje? El misterio del nuevo comportamiento costero del oso polar

Territorio de caza
Sin embargo, según algunos estudios científicos se está reduciendo de forma sostenida la extensión y el grosor del hielo marino, especialmente al final del verano. En regiones como el sur del mar de Beaufort, el hielo se forma más tarde en otoño y se derrite antes en primavera. Esto obliga a muchos osos a nadar distancias mayores —con un elevado gasto energético— o a permanecer más tiempo en tierra firme. Este último comportamiento, que históricamente era minoritario fuera de la época de madrigueras, se ha vuelto cada vez más frecuente.
La presencia creciente de osos en la costa durante el verano y el otoño no es un simple cambio de escenario. En tierra pueden alimentarse de manera oportunista, por ejemplo, de restos de ballenas de Groenlandia (Balaena mysticetus) dejados por comunidades indígenas tras la caza de subsistencia, según explica esta investigación. También pueden buscar aves, huevos o carroña. Pero estos recursos no sustituyen completamente la energía que obtienen de las focas ricas en grasa. Además, el uso más intensivo de la costa aumenta el riesgo de encuentros con personas, exposición a contaminantes y posibles enfermedades.
Cómo es el comportamiento del oso polar
Ante esta transformación acelerada surge una pregunta clave: ¿cómo se desarrolla este nuevo comportamiento? ¿Es una respuesta individual al entorno, algo aprendido de la madre o una tendencia con base genética? Para responderla, investigadores han analizado datos de comportamiento y parentesco genético en osos que permanecen en el hielo (“marinos”) y en aquellos que pasan parte del año en tierra (“costeros”), planteando varias hipótesis complementarias.
Primera hipótesis
La primera hipótesis propone que el comportamiento costero se adquiere mediante aprendizaje asocial. En este escenario, cada oso responde de manera independiente a las condiciones ambientales. Si el hielo se retira lejos de la costa, un individuo puede “descubrir” por sí mismo que permanecer en tierra es energéticamente más viable que nadar grandes distancias. Bajo esta hipótesis, no debería observarse una relación clara entre el parentesco genético y el comportamiento: madres, padres e hijos no tendrían necesariamente patrones coincidentes. El cambio sería, en esencia, una innovación individual favorecida por las circunstancias.
Segunda hipótesis
La segunda hipótesis apunta al aprendizaje social, especialmente de madre a cría. Los osos polares son animales mayormente solitarios, pero las crías permanecen junto a su madre durante más de dos años, un periodo largo en el que observan atentamente cada decisión: dónde cazar, cuándo desplazarse, qué rutas utilizar y qué recursos aprovechar. Si una osa adopta el uso frecuente de la costa y sus crías repiten ese patrón al independizarse, mientras que no existe relación similar con el comportamiento del padre —que no participa en la crianza—, estaríamos ante una transmisión cultural materna. En este caso, el comportamiento costero se expandiría a través de líneas familiares femeninas, como una tradición aprendida.
Tercera hipótesis
La tercera hipótesis plantea que el comportamiento podría tener una base genética heredada. Si tanto machos como hembras que utilizan la costa presentan mayor parentesco entre sí que con el resto de la población, y si existe asociación entre el comportamiento de ambos progenitores y el de su descendencia, podría existir un componente hereditario que predisponga a ciertos individuos a usar hábitats terrestres con mayor frecuencia. Aquí el patrón no dependería solo de la convivencia con la madre, sino de rasgos transmitidos biológicamente.
Cuarta hipótesis
Finalmente, una cuarta hipótesis considera la “transmisión” en sentido amplio, es decir, que el comportamiento costero se difunda mediante una combinación de aprendizaje social y herencia genética. En este escenario mixto, podría observarse un mayor número de parientes cercanos con comportamiento similar sin poder distinguir completamente cuánto se debe a genes y cuánto a aprendizaje. La realidad biológica, como suele ocurrir, puede ser más compleja que una explicación única.
Comprender cuál de estos mecanismos predomina no es un ejercicio académico aislado. Tiene implicaciones directas para la conservación. Si el comportamiento costero se aprende socialmente, proteger a las hembras adultas podría ser crucial para mantener estrategias adaptativas dentro de la población. Si existe un componente genético, la diversidad genética será aún más relevante para la resiliencia futura. Y si el cambio es principalmente asocial, indicaría una notable flexibilidad individual, aunque dentro de límites ecológicos estrictos.

Lo más probable es que la realidad combine varios mecanismos. El oso polar no es una criatura pasiva ante el cambio; es un animal inteligente, con capacidad de aprendizaje y ajuste conductual. Pero también es una especie altamente especializada. Y ahí reside su vulnerabilidad: cuanto más dependiente es una especie de un hábitat específico, más difícil resulta reemplazarlo cuando desaparece.
Su capacidad de adaptación puede ganar tiempo, pero difícilmente reemplazará por completo el papel del hielo marino como plataforma de caza y sustento.
Es necesario mirar más allá de la imagen del oso solitario sobre un témpano. Implica reconocer la complejidad de su comportamiento y la delicadeza de su situación. Entender cómo aprende, cómo transmite estrategias a sus crías y cómo responde al cambio es fundamental para diseñar medidas de conservación efectivas. Porque proteger al oso polar no es solo preservar una especie emblemática, sino también salvaguardar el equilibrio de un ecosistema ártico que, al igual que él, está luchando por adaptarse a un mundo en transformación.
