Nuestra forma de vida ha encumbrado en el podio al plástico, el material que define y caracteriza nuestra sociedad. Un plástico que admite mil y una formas, mil y una caras, para seguir sobreviviendo: visible o invisible, ya forma parte de nuestro organismo.

Estamos rodeados de plástico, aunque no lo detectemos. Y cada vez más, parece que no vamos a podernos deshacernos de él, porque si nos ponemos a inspeccionar quedan pocos objetos de los que utilizamos a diario que no lo lleven o incorporen de alguna manera.

La era del plástico

Un individuo de alcatraz (ave marina) usa plásticos y redes de pesca para construir su nido.

Lectura sin desperdicio

Desde las cremas convencionales que usamos para mejorar nuestra piel incorporando nanopartículas en su composición, pasando por nuestra vestimenta, y terminando en nuestra comida y bebida. Envasada, embotellada, o no, también presentan diminutas partículas de plástico que ingerimos a diario. 

El biólogo Álvaro Luna (Huelva, 1987) decidió un día comenzar a divulgar todos sus conocimientos sobre la relación del ser humano y la naturaleza. Para ello se valió delas más interesantes investigaciones realizadas en cada parte del planeta, y de las suyas propias, a lo largo de sus numerosos viajes por el mundo.

Lo que descubrió, decidió que debía de ser contado, para que realmente se tomase consciencia del gran problema al que se enfrentaba la humanidad. Para que se pudiera poner freno a una situación que iba a llevar a la deriva a la Tierra, si nadie hacía nada por detener el panorama desolador.

Por eso, escribió el libro «La era del plástico. Una nueva amenaza para la conservación de la naturaleza« de la editorial Guadalmazán. Una obra que relata sin tapujos a lo que nos enfrentamos, contando caso por caso lo que está sucediendo con determinadas especies de animales, de nuestros mares, de nuestros ríos, o de nuestros suelos. Sin que ningún ecosistema haya podido quedarse a salvo, o librarse de la barbarie plástica.

Un volumen claro y veraz, que describe a la perfección ante lo que nos encontramos. Con una lectura sencilla y un lenguaje sin retórica (apto para todos tipo de público), y a la vez científico, que ahonda en cada tema lo justo y suficiente. Recogiendo la llamada de auxilio, que pretende informar para hacer partícipe al lector del cambio.

La era del plástico

Portada del libro «La era del plástico» de Álvaro Luna.

Ríos contaminados por plástico

Nuestros mares se han convertido en verdaderos vertederos plásticos flotantes, en donde se van acumulando cada vez más y más. Esos plásticos se terminan desintegrando hasta ser solo vistos con un microscópico, y los peces con los que nos alimentamos lo tienen como hábitat por lo que lo respiran y tragan.

Aunque en nuestros ríos, ocurre algo similar. En Europa los peces de agua dulce, tienen en su sistema digestivo plástico, según se ha podido documentar. El Rin, el Danubio o el Sena, tres ríos que vertebran el territorio europeo, sobresalen también por las toneladas de plástico que se pueden recoger entre sus aguas.

En el propio Rin, en las 11 localizaciones seleccionadas a lo largo de 820 kilómetros se han hallado microplásticos en todas las muestras tomadas. Siendo el promedio 892 partículas por kilómetro cuadrado.

Y el río Amazonas, a pesar de figurar como una de las zonas más prístinas por sus ecosistemas, también presenta ya contaminación por plástico. Ocupando en el ranking, el honorable puesto quinto.

El problema es de dimensiones colosales en el sureste asiático, donde los ríos han sido utilizados como cloacas desde tiempos inmemoriales. Cierto es que, el agua depura, pero hasta cierto punto, siempre que las sustancias no sobrepasen a la propia agua. El 67 % de los ríos que más plástico aportan, están localizados en la zona asiática. Esto es simplemente el colofón a los miles de toneladas de residuos y sustancias tóxicas que se acumulan en ellos.

El río Yangtsé es el que está en la cumbre plástica mundial, seguido del Ganges.

El preocupante caso del mar Mediterráneo

Nuestro querido mar Mediterráneo no se salva. De hecho, en el 100% de las muestras recogidas de agua aparece el plástico. Con estas premisas no cabe esperar que nuestros peces estén a salvo: en el estómago de un cachalote que apareció en las costas andaluzas se encontraron plásticos de los invernaderos del sureste español. En total, 26 residuos de procedencia humana con 8 kg de peso.

También los rorcuales comunes o los tiburones peregrinos han sido estudiados, detectándose en sus cuerpos la presencia de ftalatos, compuesto tóxico que contiene el plástico. Pero los delfines del mar de Alborán no se han quedado atrás, y se han hallado organofosforados en el cerebro del 100% de los ejemplares estudiados, además de en su grasa. Ya se sabe que son disruptores endocrinos, al igual que en el ser humano, dando como consecuencia cáncer o infertilidad.

Ecosistemas, animales y plantas: todos involucrados

No queda solo ahí. En los desiertos, también hay mucho plástico. ¿Cómo ha podido llegar, os preguntaréis? Está claro que por la mano del hombre, pero el viento o la arena hacen el resto. Por lo que ninguna zona del mundo está libre de plástico. Ni siquiera los casquetes polares: sí, el hielo de allí también tiene plásticos.

La era del plástico

Nuestros bosques también sufren la llegada del plástico.

La tierra por la que pisamos no se queda atrás en esta carrera. Incluso las lombrices que habitan en el suelo, y que le proporcionan salubridad, para el resto de microorganismos, cultivos, y un largo etcétera; ya están ingiriendo sustancias plásticas, lo que las debilita con distintas enfermedades y está acabando con un gran número de su población.

La lista de fauna salvaje que ya ha tenido esa continua interacción con el plástico es larga: abejas que mastican plástico, cigüeñas con gomas elásticas en el tracto digestivo, osos polares que llevan plástico en sus estómagos, cangrejos violinistas que trocean los envases de snacks en los manglares tropicales, mejillones salvajes o comerciales con 70 fragmentos de plástico (poliéster y polietireno) por cada 100 gramos de mejillón…

Las plantas no han podido aislarse de esta espantosa situación, por lo que están incorporando a sus tejidos este tipo de elementos. Y proporciona una alteración del crecimiento radicular o en la germinación de las semillas.

Una realidad que nos debería hacer pensar en cómo podríamos frenar esta catástrofe medioambiental que va acabar con nuestra salud y la del resto de los seres vivos del planeta. Una huella, una cicatriz que no parece tener cura, si no nos disponemos a cambiar nuestras prioridades.