Un año sin coche: descubrí que podía llegar mucho más lejos de lo que imaginaba
Cuando decidí pasar un año sin utilizar el coche no tenía muy claro qué iba a encontrarme al otro lado. Durante mucho tiempo había considerado el automóvil una parte prácticamente imprescindible de mi vida. Era el medio que utilizaba para ir a trabajar, para hacer compras, para visitar a familiares y amigos, para escaparme un fin de semana y, por supuesto, para viajar. Como muchas otras personas, había llegado a pensar que tener un coche significaba tener libertad, porque podía salir cuando quisiera y dirigirme prácticamente a cualquier lugar sin depender de horarios ni de otras personas. Sin embargo, con el tiempo empecé a preguntarme si aquella supuesta libertad no llevaba también asociada una carga de la que apenas era consciente.
El Día Mundial Sin Coche, que se celebra cada 22 de septiembre, me parece ahora una buena oportunidad para contar lo que ocurrió durante aquel año, porque dejar el coche aparcado durante doce meses no hizo que mi mundo se hiciera más pequeño, sino todo lo contrario. Descubrí que podía desplazarme de una manera diferente, que podía viajar por Europa utilizando trenes y otros medios de transporte público y que, en muchas ocasiones, llegar de un lugar a otro era mucho más sencillo de lo que había imaginado. También descubrí algo que para mí terminó siendo casi tan importante como el ahorro económico: la sensación de quitarme una preocupación de encima.

Al principio pensé que lo más difícil sería renunciar a la comodidad de entrar en el coche, arrancar y marcharme. Estaba acostumbrada a organizar mis desplazamientos alrededor del automóvil y a pensar que cualquier trayecto debía comenzar y terminar en un aparcamiento. Sin embargo, poco a poco empecé a cambiar esa forma de pensar. Dejé de preguntarme dónde podía aparcar y empecé a preguntarme qué estación tenía más cerca. Dejé de calcular cuánto tardaría en llegar en coche y comencé a mirar las conexiones de tren, metro, autobús o tranvía. Y descubrí que muchas veces el desplazamiento era bastante más sencillo de lo que había supuesto.
Una de las grandes sorpresas llegó cuando decidí aprovechar aquel año para viajar por Europa sin coche. Francia, Alemania, Bélgica, Países Bajos y Suecia fueron algunos de los países que visité y, lejos de sentir que estaba limitada, tuve la sensación de que podía moverme con una libertad diferente.
El tren se convirtió en una especie de extensión de mi casa, un lugar donde podía sentarme, leer, mirar por la ventana, trabajar con el ordenador, escuchar música o simplemente dejar pasar el tiempo mientras otra persona se ocupaba de conducir.
En Francia descubrí hasta qué punto una buena red ferroviaria puede cambiar la manera de viajar. Llegar a una estación en una ciudad y salir directamente al centro significaba olvidarme de buscar aparcamiento, de pagar por él y de conducir por calles que no conocía. En Alemania, los trenes, autobuses, tranvías y metros me permitieron desplazarme por diferentes ciudades utilizando una combinación de transportes que al principio me parecía complicada y que después terminé utilizando con absoluta naturalidad. Bélgica y Países Bajos fueron otra demostración de que las distancias urbanas pueden recorrerse de muchas maneras diferentes, mientras que Suecia me permitió comprobar que incluso en un viaje largo podía organizar mis desplazamientos sin necesitar un vehículo propio.
Pero quizá lo que más cambió fue mi relación con el tiempo. Cuando conducía, buena parte de mi atención estaba dedicada a la carretera. Tenía que estar pendiente del tráfico, de las señales, de los otros vehículos, de los peatones, de dónde aparcar y de todo aquello que ocurre alrededor de un automóvil cuando se utiliza diariamente. Cuando empecé a viajar en transporte público, descubrí que esos mismos minutos podían convertirse en tiempo para mí. Podía mirar por la ventana, leer un libro, responder mensajes, organizar el día o simplemente observar a las personas que viajaban conmigo.
También empecé a caminar mucho más. Al principio me parecía que caminar hasta una estación era una pequeña incomodidad, pero terminó convirtiéndose en una de las cosas que más disfrutaba. Caminar por una ciudad que no conocía me permitió descubrir calles, plazas, pequeños comercios, parques y rincones que probablemente habría pasado por alto si hubiera estado buscando continuamente la ruta más rápida para llegar en coche. Viajar sin automóvil cambió incluso mi manera de mirar los lugares que visitaba.
Y después estaba la cuestión económica, que fue probablemente la más evidente cuando hice las cuentas. Mantener un coche no consiste únicamente en pagar por comprarlo. Hay combustible, seguro, mantenimiento, impuestos, revisiones, neumáticos, aparcamientos y reparaciones, además de las averías inesperadas que aparecen precisamente cuando menos las necesitas. Algunas reparaciones pueden ser pequeñas y otras pueden convertirse en gastos importantes, especialmente cuando el vehículo tiene varios años. A todo ello hay que añadir algo que muchas veces olvidamos: el coche pierde valor con el paso del tiempo.
Durante aquel año empecé a observar esos gastos desde otra perspectiva. Cada vez que necesitaba desplazarme, sabía cuánto me costaba el billete o el abono de transporte, pero no tenía que pensar en cambiar el aceite, llevar el coche al taller, pasar una revisión, buscar una plaza de aparcamiento o preocuparme por una avería.
No tenía un vehículo esperando en la calle para recordarme que también necesita cuidados, mantenimiento y dinero aunque permanezca parado durante varios días.
Eso no significa que el transporte público sea siempre perfecto. Hay lugares donde las conexiones son insuficientes, horarios que pueden resultar incómodos y trayectos que requieren más planificación. También hay situaciones personales o familiares en las que un vehículo puede resultar necesario o especialmente útil. No creo que dejar el coche sea una decisión idéntica para todo el mundo, porque las circunstancias cambian mucho dependiendo del lugar donde se viva, del trabajo, de la familia y de las posibilidades de transporte existentes.
Pero mi experiencia sí me hizo cuestionar una idea que durante años había dado por sentada: que necesitamos utilizar el coche para sentirnos libres. Después de un año moviéndome en transporte público, mi sensación fue prácticamente la contraria. Sentía que llevaba menos cosas encima. No tenía las llaves del coche en el bolsillo como una obligación permanente, no tenía que recordar cuándo tocaba llevarlo al taller y tampoco tenía que pensar continuamente dónde aparcar. Podía bajarme de un tren en otra ciudad y empezar a caminar.
También cambió mi forma de viajar. Antes concebía muchos desplazamientos como una sucesión de kilómetros que había que recorrer para llegar a un destino. Después empecé a entenderlos como parte del propio viaje. El trayecto dejó de ser simplemente el tiempo necesario para llegar y se convirtió en una parte de la experiencia. Ver cambiar el paisaje desde la ventanilla de un tren, atravesar ciudades, escuchar diferentes idiomas en una estación o compartir durante unas horas un vagón con personas que viajaban hacia lugares distintos me hizo sentir que viajar no empieza cuando llegas al destino.
Quizá por eso, cuando terminó aquel año, la pregunta que me hice no fue cuándo volvería a utilizar el coche con normalidad, sino si realmente quería volver a depender de él como antes.
Había descubierto que podía organizar mi vida de otra manera y que, al menos para muchos de mis desplazamientos, no necesitaba tener un automóvil disponible permanentemente.
El Día Mundial Sin Coche me recuerda precisamente eso. No creo que se trate simplemente de pasar un día sin conducir y volver al coche al día siguiente como si nada hubiera ocurrido. Para mí, el verdadero significado de esta jornada está en detenernos durante unas horas y preguntarnos por qué utilizamos el coche, qué desplazamientos necesitamos realmente hacer con él y cuáles podríamos realizar caminando, en bicicleta o mediante transporte público.
Un año sin coche me enseñó que desplazarse no tiene por qué significar cargar con todos los gastos, obligaciones y preocupaciones que implica tener un vehículo propio. Me enseñó que podía cruzar fronteras, conocer otros países y moverme por ciudades que no conocía utilizando trenes, metros, autobuses y tranvías. Pero, sobre todo, me enseñó que la libertad no siempre consiste en tener un coche disponible para ir a cualquier parte. A veces consiste precisamente en poder levantarse por la mañana, cerrar la puerta de casa y saber que para llegar a muchos lugares no necesitas llevar nada más contigo que una mochila, un billete y las ganas de descubrir dónde te llevará el siguiente tren.
