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Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos 2026: cómo evitar que la comida termine en la basura

Cada 29 de septiembre se celebra el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos. La jornada pretende impulsar una respuesta colectiva frente a un problema que tiene consecuencias económicas, sociales y ambientales y que afecta a toda la cadena alimentaria, desde la producción hasta el consumo.

En 2026, se vuelve a poner sobre la mesa el potencial transformador que tiene reducir la pérdida y el desperdicio alimentario, porque aprovechar mejor los alimentos significa también utilizar de una manera más eficiente el agua, el suelo, la energía y todos los recursos empleados para producirlos, transportarlos, conservarlos y ponerlos a disposición de la ciudadanía. 

Basura
Hay que tener cuidado con frutas y verduras porque su caducidad es rápida.

España todavía tira más de mil millones de kilos y litros de alimentos al año

Los últimos datos publicados por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación muestran que en España se desperdiciaron durante 2025 un total de 1.129,91 millones de kilos o litros de alimentos y bebidas, tanto dentro como fuera de los hogares. Aunque esta cantidad supone un 19,2 % menos que en 2020, también representa un 0,4 % más que en 2024, por lo que la reducción conseguida en los últimos años no significa que el problema esté resuelto. De media, cada residente en España desperdició 24,3 kilos o litros durante 2025.

La cifra permite comprender que el desperdicio alimentario no es una cuestión marginal ni algo que ocurra únicamente en determinados establecimientos o durante las fases de producción. Una parte fundamental del problema se encuentra en nuestras propias casas. Los hogares siguen concentrando la mayor parte del desperdicio alimentario medido en España, por lo que las decisiones que se toman al comprar, conservar, cocinar y consumir tienen una enorme importancia.

Los datos correspondientes a 2024 ya mostraban con claridad esta realidad, puesto que los hogares representaron el 97,5 % del volumen total medido, con unos 1.097 millones de kilos o litros desperdiciados. De esa cantidad, el 77,6 % correspondió a productos que se tiraron sin haber sido utilizados, mientras que el 22,4 % fueron recetas o alimentos ya preparados que terminaron en la basura.

Detrás de estas cifras hay situaciones perfectamente reconocibles en la vida cotidiana, como comprar más alimentos de los que realmente se van a consumir, llenar la nevera sin tener en cuenta lo que ya había en casa, olvidar productos en el fondo de un armario, dejar que frutas y verduras se deterioren o cocinar cantidades excesivas que finalmente permanecen varios días en el frigorífico hasta que dejan de utilizarse.

También existe un problema relacionado con la interpretación de las fechas que aparecen en los envases, ya que no siempre se distingue correctamente entre una fecha de caducidad y una fecha de consumo preferente.

La propia Administración reconoce la importancia de mejorar la información y la formación de la ciudadanía respecto a los residuos agroalimentarios. El panel que utiliza el Ministerio para cuantificar el desperdicio doméstico distingue precisamente entre los alimentos que se tiran tal y como fueron comprados, por deterioro o por haber superado determinadas fechas, y los restos de recetas preparadas que terminan siendo desechados.

Comprar alimentos para tirarlos después es también desperdiciar recursos

Cuando un alimento termina en el cubo de la basura no desaparece únicamente el producto que se ha pagado en el supermercado. También se desperdicia todo aquello que ha sido necesario para que llegara hasta nuestra mesa, desde el terreno y el agua utilizados para producirlo hasta la energía empleada en su transformación, refrigeración y transporte, además de los materiales de envasado y el trabajo de las personas que han participado en cada una de las etapas.

Por eso, reducir el desperdicio alimentario en los hogares no debería entenderse solamente como una forma de ahorrar dinero, aunque el ahorro económico sea una consecuencia evidente.

Significa utilizar de una manera más responsable los recursos naturales y evitar que alimentos que todavía podrían formar parte de una comida terminen convertidos prematuramente en residuos.

La ciudadanía tiene en este punto una responsabilidad importante, pero no puede ser la única responsable de resolver el problema. El desperdicio se produce a lo largo de toda la cadena alimentaria y, por tanto, también es necesario que los supermercados y demás establecimientos de distribución revisen sus sistemas de compra, almacenamiento, exposición y retirada de productos para evitar que alimentos perfectamente aprovechables sean descartados antes de tiempo.

El supermercado también puede evitar que los alimentos lleguen al cubo de la basura

Una de las situaciones que más debería hacernos reflexionar se produce cuando un alimento se aproxima a su fecha de caducidad o de consumo preferente y todavía se encuentra en buenas condiciones. Si continúa siendo seguro y apto para su comercialización, convertirlo automáticamente en un residuo supone perder una oportunidad para aprovecharlo.

Aquí los supermercados tienen un papel especialmente relevante porque se encuentran en uno de los últimos puntos de la cadena antes de que los alimentos lleguen a los hogares.

Una gestión responsable debería permitir detectar con suficiente antelación aquellos productos cuya venta puede resultar más difícil por la proximidad de su fecha y ofrecer alternativas que favorezcan su salida antes de que tengan que ser retirados.

Legislación que evita el desperdicio alimentario

La nueva legislación española avanza precisamente en esta dirección. La Ley 1/2025, de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario, establece entre las medidas destinadas a prevenir el desperdicio el incentivo de la venta de productos cuya fecha de consumo preferente o de caducidad esté próxima, siempre de acuerdo con la jerarquía de prioridades y las garantías de seguridad alimentaria correspondientes.

La norma también contempla que los establecimientos minoristas dispongan de líneas de venta para productos «feos», «imperfectos» o poco estéticos cuando cumplan las normas de comercialización, además de promover el consumo de productos de temporada, proximidad y otras opciones sostenibles.

Esta orientación plantea una cuestión muy sencilla pero fundamental: si un alimento todavía puede ser consumido de forma segura, ¿por qué esperar a que llegue al último momento para intentar darle salida?

Aplicar descuentos progresivos a productos próximos a su fecha, crear espacios claramente identificados para estos alimentos, facilitar su compra a un precio inferior, mejorar la rotación de los productos o informar adecuadamente a los consumidores son medidas que pueden contribuir a que una parte de esos alimentos sea consumida en lugar de desperdiciada. Cuando un producto continúa siendo seguro y apto para el consumo, darle visibilidad puede ser mucho más coherente que esperar a que deje de tener valor comercial para retirarlo.

También es importante evitar que criterios puramente estéticos contribuyan al desperdicio. Una fruta con una forma irregular, una verdura de tamaño diferente al habitual o un producto cuyo aspecto no responde al modelo comercial más habitual no dejan de ser alimentos por esa razón. La legislación española contempla expresamente la posibilidad de comercializar productos imperfectos siempre que cumplan las normas aplicables.

Caducidad y consumo preferente no significan lo mismo

Una parte de la lucha contra el desperdicio pasa necesariamente por mejorar la información que recibe el consumidor. La diferencia entre «fecha de caducidad» y «fecha de consumo preferente» resulta fundamental y no debería perderse entre números, etiquetas y envases.

La fecha de caducidad está relacionada con la seguridad alimentaria y se utiliza en alimentos microbiológicamente muy perecederos, por lo que una vez superada no deben consumirse.

Supermercado
Esta imagen suele ser cotidiana en muchos supermercados.

La fecha de consumo preferente, en cambio, indica hasta cuándo el alimento mantiene sus propiedades específicas en condiciones adecuadas de conservación, de manera que puede seguir siendo apto para el consumo después de esa fecha si se han respetado las condiciones correspondientes y el alimento mantiene unas condiciones adecuadas. La Ley 1/2025 establece expresamente la necesidad de realizar acciones formativas y divulgativas para mejorar la correcta interpretación de ambas fechas.

Esta diferencia también debería estar presente en los supermercados, donde una información clara puede ayudar a que el consumidor tome decisiones con mayor conocimiento y evitar que alimentos todavía aprovechables sean rechazados simplemente por desconocimiento.

Una responsabilidad compartida entre quien compra y quien vende

El desperdicio alimentario no debería convertirse en un debate en el que se señale exclusivamente al consumidor o exclusivamente a la distribución. Una familia puede planificar mejor sus compras, revisar la despensa antes de acudir al supermercado, organizar los alimentos para consumir primero los que llevan más tiempo en casa y aprovechar las sobras, pero también necesita encontrar en los establecimientos alternativas que hagan posible una compra responsable.

Del mismo modo, un supermercado puede mejorar sus sistemas de previsión de demanda, rotación y almacenamiento, pero necesita consumidores dispuestos a adquirir productos próximos a su fecha, aceptar frutas y verduras imperfectas y modificar determinados hábitos de compra basados exclusivamente en la apariencia o en la búsqueda constante de productos con una vida útil muy larga.

La Ley 1/2025 establece además una jerarquía de prioridades destinada a prevenir y reducir las pérdidas y el desperdicio, de manera que el objetivo debe ser actuar antes de que los alimentos se conviertan en residuos. La norma contempla medidas de prevención, aprovechamiento y donación dentro de este enfoque, junto con instrumentos de planificación, formación y control.

Por eso, una política verdaderamente coherente contra el desperdicio alimentario debería empezar mucho antes del cubo de basura. El momento más importante no es cuando un alimento ya se ha convertido en residuo, sino cuando todavía puede evitarse que llegue hasta allí.

Ofrecer antes de tirar

El Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos debería servir para mirar de una manera diferente tanto nuestra nevera como los lineales de los supermercados. En casa, cada compra debería responder a una necesidad real y cada alimento debería tener una oportunidad razonable de ser consumido antes de que se deteriore.

En los supermercados, cada producto próximo a su fecha y que todavía conserve las condiciones necesarias para su consumo debería tener, siempre que sea posible y seguro, una oportunidad de llegar a una persona antes de convertirse en residuo.

España ha conseguido reducir el desperdicio respecto a los niveles de 2020 y la tendencia a medio plazo es positiva, pero los más de 1.100 millones de kilos o litros que todavía se desperdician en un solo año demuestran que queda mucho trabajo por hacer.

La solución no consiste únicamente en pedir a la ciudadanía que tire menos comida, sino en construir una cultura alimentaria en la que comprar, vender, conservar y consumir estén orientados al aprovechamiento. Y eso implica que los supermercados no esperen a que un alimento esté a punto de convertirse en residuo para actuar, sino que anticipen la situación y faciliten su compra mediante precios ajustados, espacios específicos, información clara y otras fórmulas que permitan que los alimentos en buenas condiciones lleguen a las personas.

Porque un alimento que todavía puede consumirse no debería tener como destino inevitable la basura. Antes de tirar, hay que ofrecer; antes de desperdiciar, hay que aprovechar; y antes de producir más residuos, hay que preguntarnos si aquello que tenemos delante todavía puede alimentar a alguien. Esa debería ser una de las ideas fundamentales que acompañen cada 29 de septiembre, pero también una práctica cotidiana durante todo el año.

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