La primavera del 2020 va a ser la primera en la que las distintas especies de animales y plantas van a tener el campo para ellos solos. El confinamiento de los seres humanos en nuestros hogares les está dejando una libertad que desde hace décadas, por no decir siglos, no tenían.

Insólitos campos de flores se pueden observar desde nuestros hogares.

Estalla la naturaleza con profusión

Pero ellos son muy inteligentes, y se están tomando la revancha, apareciendo con más fuerza que nunca en todos los lugares posibles, incluso restregándonos en nuestras propias narices lo ineptos que somos, cuando les vemos a través de los cristales de nuestras ventanas. 

A los hombres nos han dejado un planeta, y mira lo que hemos terminado haciendo: llenarlo de porquería que nos está enfermando de manera lenta y segura. Nosotros, los que presumimos de razonamiento y de inteligencia, nos estamos dando de bruces con nuestra propia realidad: somos realmente despreciables y cortos de miras, a pesar de ser la especie predominante y la que tiene más coeficiente intelectual. ¿De verdad?.

Los insectos son los primeros que lo han notado, en especial, las abejas.

La primavera se despierta veloz para congratularse de nuestros errores, porque necesita coger velocidad para intentar deshacer el mal hecho, el rastro de veneno de nuestras pisadas. Pletórica e insultantemente bella y perfecta, aparece por todos los confines para demostrarnos que ella sobrevivirá a pesar de todo. Seguirá su camino sin cortapisas, dispuesta a sembrar la vida donde antes no existía.

El tiempo no se detiene, y la Tierra tampoco. No nos debería sorprender el ímpetu y el arrojo de su fuerza, porque la primavera es y será, el resurgimiento de un nuevo horizonte que se abre para todos. Un renacer que para la flora y la fauna significa el resurgir esperado y deseado. La libertad de ser y el estímulo de la procreación en beneficio de la naturaleza.

Animales y plantas reaparecen como nunca antes lo habían hecho

Los animales silvestres están tomando nuestras aceras reconquistando los terrenos que les han sido arrebatados, como hiciera un ejército. Nuestras ciudades y nuestros pueblos antes eran suyos, pero no había habido ninguna ocasión para desplegar todo la artillería necesaria para la recuperación.

Las ardillas han bajado de los árboles para darse auténticos banquetes en nuestro honor.

Ahora campan a sus anchas inundados de júbilo, sin saber muy bien qué le ha podido suceder a esta plaga terrorífica que no les dejaba vivir en paz. Ellos que viven en el presente y en el ahora, comprenden que deben buscar nuevas posibilidades de supervivencia, no sea que vuelvan otra vez a la carga esos seres de dos «patas».

Están averiguando que también pueden establecerse en otros territorios hasta que llegue la hora de retirarse, porque ellos tienen una capacidad de reacción sobrecogedora, a diferencia del pusilánime humano.

Jabalíes, serpientes, águilas, zorros, monos, ciervos y gamos, y un largo etcétera de animales terrestres, no han respetado la cuarentena, y han demostrado ser lo suficientemente libres y salvajes para no tener miedo, y aventurarse por aquellos rincones que hasta hace poco eran ocupados por masas ingentes de personas.

Los jabalíes y los ciervos merodean por las ciudades y los pueblos. Nos huelen, pero no saben qué ocurre. ¿Olerán el miedo?

Cambios inverosímiles

Su lema es «Cuando no tienes nada que perder, solo te queda todo por ganar», y lo tienen grabado a conciencia, según hemos podido comprobar. No sé si es que el campo se les ha quedado pequeño, o que sus ganas de explorar les mueve por encima de lo demás, pero el resultado salta a la vista.

Ni que decir tiene lo que está ocurriendo en los ríos, los océanos y los mares. Más de lo mismo. Como si el orden natural volviera a su cauce. El trastorno que el ser humano ha imprimido en el medio natural se puede remediar si dejamos de tratarle como una basura. Hasta que no tengamos conciencia de que es nuestra casa y no debemos ensuciarla, el medio ambiente será la principal víctima de nuestras pésimas actuaciones.

El diente de león subraya su protagonismo. ¿Será que le necesitamos?

Las plantas aparecen por doquier en cualquier lugar, porque no hay nadie que las pisotee y acabe con su hermosura. Hasta los parques infantiles de las ciudades se convierten en repentinos vergeles por obra y gracia de la madre naturaleza.

Su bioquímica está dispuesta a modificarse para adaptarse a la nueva situación, si esto se prolonga durante mucho tiempo. ¿Desaparecen las espinas de los árboles?

Confinamiento o la necesidad de transformarnos

Para la seguridad de todos los seres vivientes, los seres humanos deberíamos tomarnos de vez en cuando un retiro en nuestras casas. Llámese retiro filosófico o espiritual por el planeta, para darnos cuenta de nuestra misión y función. Podíamos aportar algo, pero sembramos el miedo y la destrucción a nuestro pesar.

Si alguna vez pensáramos en los otros, esos que conviven con nosotros, en vez de en nuestro propio ombligo, comprenderíamos que nuestro comportamiento no puede más que reportarnos penurias.

Consideremos estos días como un aviso y como un momento de transformación. Necesitábamos una alarma para despertar de la nube en la que nos habíamos acomodado. Ahora estamos sobre aviso, y nos toca establecer las prioridades de nuestra vida: si queremos seguir trastocando y enfermando lo que tocamos con nuestra varita «mágica», o si preferimos enfrentarnos con coraje y levantarnos sobre nuestras cenizas.