La situación de la cabra montesa (Capra pyrenaica victoriae) en el Parque Nacional de Guadarrama es complicada. La especie fue reintroducida a comienzos de la década de 1990, tras haberse extinguido a finales del siglo XIX. La repoblación ha resultado ser “demasiado” exitosa y, en la actualidad, el número de ejemplares supera el nivel óptimo para mantener el ecosistema en equilibrio.

La cabra montesa ha encontrado un hábitat ideal en el Parque Nacional de Guadarrama.

El problema es el hombre, no la cabra

Está claro que se llega tarde. A la hora de la reintroducción, se debería haber determinado la capacidad de carga del ecosistema, para saber qué densidad de población sería problemática para el resto de especies. La cabra montesa no tiene depredadores en el territorio que ocupa, se reproduce sin problemas y es complicado alimentar y mantener a tantos ejemplares. Aunque no tan extremo, es una versión a escala del problema de los conejos en Australia.

Una vez llegados a este punto, en 2016, con varios miles de especímenes y un territorio incapaz de soportar tal densidad de población (más de 42 individuos por kilómetro cuadrado en algunas zonas, como La Pedriza), la necesidad de reducir el número de cabras es imperiosa y la forma de lograrlo enfrenta a la administración, los grupos ecologistas y conservacionistas y distintos agentes implicados, como los municipios, los cazadores o los montañeros.

La realidad es que la fuerte concentración de cabras montesas está generando una destrucción de la vegetación por encima de los niveles sostenibles, amenazando la presencia de especies ligadas al ramoneo, como el guillomo (Amelanchier ovalis), el acebo (Ilex aquifolium), el serbal de cazadores (Sorbus aucuparia) y el tejo (Taxus baccata).

El acebo, una de las especies amenazadas por la alta densidad de población de cabras montesas.

Liarse a tiros no siempre (ni nunca) es la solución

Para la administración, la solución pasa por eliminar a todos los ejemplares necesarios hasta llegar al nivel óptimo de densidad de población para este ecosistema, en torno a 16 individuos por kilómetro cuadrado. Pero este método radical y violento, al margen de no ser ético ni razonable, no sería ni siquiera efectivo. El ser humano debe asumir su error, afrontar su responsabilidad y aplicar otras formas no letales y respetuosas con el medio y con las cabras en particular.

Entre ellas, el partido animalista PACMA propone facilitar la expansión natural y la dispersión de la especie, trasladar ejemplares a zonas similares que puedan soportarlos de forma sostenible y fomentar las poblaciones de sus depredadores, como el lobo, que también sufre su particular persecución a manos de los amigos de las escopetas. Todo esto combinado con métodos anticonceptivos que impidan que, a largo plazo, se vuelva a esta difícil situación.

Matar nunca es la solución.

La matanza, en suspenso

La reclamación del PACMA ha conseguido que la justicia madrileña suspenda cautelarmente la matanza de cabras montesas en el Parque Nacional de Guadarrama, programada para el pasado octubre, a la espera de determinar si es legal y conveniente. Curiosamente, un par de semanas después, la Comunidad de Madrid ha publicado una noticia alertando de un posible brote de sarna entre los animales, que podría afectar a otras especies, incluso la humana, si no se toman medidas (entiéndase que se refiere a permitir su caza). Todo muy sutil.

Por el momento, la suspensión sigue firme y la matanza no se llevará a cabo hasta que la justicia decida. Esperemos que sea a favor de la sensatez, la sostenibilidad y los seres vivos, y se puedan llevar a cabo métodos respetuosos y ecológicos para equilibrar las poblaciones de cabras montesas en el Parque Nacional de Guadarrama, que aseguren la pervivencia de todas las especies amenazadas sin tiros ni muertes.