Día Mundial del Hábitat 2026: la batalla por conservar los ecosistemas de nuestras costas
Cuando pensamos en la conservación de la naturaleza, es habitual imaginar grandes bosques, selvas tropicales o espacios protegidos en el interior de los continentes. Sin embargo, existe una frontera natural especialmente valiosa que a menudo pasa desapercibida: la costa. Teniendo como referencia el Día Mundial del Hábitat 2026 (primer lunes de octubre), hay que tener en cuenta que el lugar donde la tierra se encuentra con el mar se concentra una enorme diversidad de ecosistemas que funcionan como refugio, zona de alimentación, reproducción y crianza para miles de especies.
Manglares, arrecifes de coral, praderas marinas, marismas, estuarios y dunas forman una compleja red natural cuya desaparición no afecta únicamente a los animales y plantas que viven en ellos, sino también al equilibrio del océano, a la protección de las costas, al clima y a las sociedades humanas.
La situación resulta especialmente preocupante porque las costas están sometidas a una combinación cada vez mayor de presiones. La urbanización, las infraestructuras turísticas, la contaminación procedente de tierra, la agricultura intensiva, la sobrepesca, el dragado, la alteración de los ríos y los cambios en la climatología actúan simultáneamente sobre unos espacios que ya son, por naturaleza, especialmente dinámicos y sensibles. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, solo alrededor del 15 % de las costas del mundo permanece actualmente en estado natural.
Los manglares, bosques entre la tierra y el mar
Los manglares constituyen uno de los ejemplos más claros de lo que significa perder un ecosistema costero. Estos bosques crecen en zonas tropicales y subtropicales donde el agua dulce y el agua salada se encuentran y son capaces de soportar unas condiciones que resultarían imposibles para la mayoría de los árboles. Sus raíces sumergidas crean auténticas ciudades submarinas en las que encuentran refugio peces jóvenes, crustáceos, moluscos y numerosos organismos.
Pero los manglares son mucho más que un refugio para la biodiversidad. Sus raíces retienen sedimentos, ayudan a mantener la calidad del agua y reducen la fuerza de las olas y las tormentas, mientras que sus suelos almacenan enormes cantidades de carbono. El PNUMA calcula que más de 1.500 especies están asociadas a los manglares y que alrededor del 15 % de ellas se encuentra amenazado de extinción.
El riesgo ha adquirido una dimensión especialmente preocupante. La primera evaluación mundial de los manglares realizada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, dentro de la Lista Roja de Ecosistemas, concluyó en 2024 que el 50 % de los ecosistemas de manglar evaluados se encuentra en riesgo de colapso. La subida del nivel del mar es actualmente una de sus principales amenazas, a la que se suman la transformación de terrenos para agricultura y acuicultura, el desarrollo costero, la contaminación y la alteración de los aportes de agua dulce y sedimentos.
Cuando desaparece un manglar no desaparecen únicamente los árboles. También desaparecen lugares donde muchas especies completan sus primeras etapas de vida y una barrera natural que protege a las comunidades costeras.
La pérdida puede trasladarse además hacia otros ecosistemas próximos, como los arrecifes de coral y las praderas marinas, que dependen de unas aguas relativamente limpias y equilibradas.
Los arrecifes de coral, ciudades submarinas en peligro
Pocos hábitats costeros son tan extraordinarios como los arrecifes de coral. Aunque ocupan menos del 1 % del fondo oceánico, proporcionan refugio a al menos una cuarta parte de las especies marinas. Son auténticos núcleos de biodiversidad en los que conviven peces, moluscos, crustáceos, equinodermos, esponjas y numerosos organismos que dependen directa o indirectamente de la estructura tridimensional creada por los corales.
Sin embargo, el calentamiento del océano está provocando episodios de blanqueamiento cada vez más preocupantes. Cuando las temperaturas permanecen demasiado tiempo por encima de los niveles que los corales pueden soportar, expulsan las algas simbióticas que les proporcionan buena parte de su energía y color. Si el estrés se prolonga, pueden morir.
A ello se añaden la acidificación del océano, la contaminación, el exceso de nutrientes, la sedimentación, la sobrepesca y determinadas prácticas pesqueras destructivas.
El informe mundial sobre el estado de los arrecifes de coral señaló que entre 2009 y 2018 se perdió alrededor del 14 % del coral existente en los arrecifes del mundo.
La desaparición de los arrecifes tendría consecuencias que irían mucho más allá del propio ecosistema. Estos hábitats proporcionan alimento y medios de vida a comunidades costeras y contribuyen a proteger las costas frente a oleajes, tormentas y erosión. Por eso, conservar un arrecife significa también conservar una parte de la biodiversidad marina y una defensa natural para las poblaciones humanas.
Las praderas marinas, un ecosistema invisible para muchas personas
Bajo la superficie del agua existe otro hábitat que recibe mucha menos atención que los arrecifes, pero cuya importancia ecológica es enorme. Las praderas marinas están formadas por plantas con flores adaptadas a vivir completamente sumergidas y crean extensas zonas de alimentación, refugio y reproducción.
Son fundamentales para numerosas especies, entre ellas tortugas marinas, dugongos, manatíes, peces, moluscos y crustáceos. También contribuyen a mantener la transparencia del agua, retener sedimentos y almacenar carbono. El PNUMA señala que estas praderas ocupan aproximadamente el 0,1 % del fondo oceánico, pero pueden almacenar hasta el 18 % del carbono oceánico.
El problema es que están desapareciendo a una velocidad preocupante. La estimación más reciente utilizada por Naciones Unidas apunta a una pérdida global de alrededor del 7 % de este hábitat cada año, equivalente a la superficie de un campo de fútbol cada 30 minutos. Entre las principales amenazas se encuentran el desarrollo costero, los vertidos agrícolas e industriales, el cambio climático, el dragado, el fondeo de embarcaciones, la pesca no regulada y el pisoteo.
La pérdida de una pradera marina puede pasar prácticamente desapercibida para una persona que camina por una playa. Sin embargo, debajo del agua puede estar desapareciendo un vivero natural del que dependen numerosas especies.

Marismas y humedales costeros, filtros naturales frente a la contaminación
Las marismas y otros humedales costeros ocupan zonas que periódicamente quedan cubiertas por las mareas. Durante siglos han sido considerados terrenos improductivos o espacios susceptibles de ser transformados, pero hoy sabemos que desempeñan funciones ecológicas fundamentales.
Son lugares de alimentación y reproducción para peces, aves y numerosos invertebrados, almacenan carbono, retienen sedimentos y ayudan a filtrar nutrientes y contaminantes procedentes de tierra. Además, actúan como una defensa natural frente a las inundaciones y las tormentas.
La situación mundial de los humedales resulta especialmente preocupante. La edición más reciente del Global Wetland Outlook estima que desde 1970 se han perdido unos 411 millones de hectáreas de humedales, aproximadamente el 22 % del total mundial, mientras continúa el deterioro de muchos de los que permanecen.
En las zonas costeras, la subida del nivel del mar añade una dificultad adicional. Las marismas necesitan espacio para desplazarse tierra adentro a medida que aumenta el nivel del agua, pero las carreteras, urbanizaciones, puertos y otras infraestructuras pueden impedir esa migración natural. De esta forma, el cambio climático y la ocupación del territorio terminan actuando conjuntamente.
Las dunas, mucho más que montañas de arena
Las dunas costeras pueden parecer paisajes vacíos, especialmente cuando se observan desde una playa turística. En realidad, constituyen ecosistemas extraordinariamente especializados. Plantas capaces de soportar la sal, la escasez de agua y el movimiento constante de la arena crean las condiciones para que otros organismos puedan establecerse en ellas.
Las dunas forman además una barrera natural frente al viento, las marejadas y las inundaciones. Cuando están bien conservadas pueden almacenar arena y contribuir a que las playas mantengan su capacidad natural de adaptarse a los temporales y a los cambios del litoral.
En Europa están consideradas entre los hábitats más amenazados. La Agencia Europea de Medio Ambiente señala que han sufrido importantes pérdidas de extensión y calidad debido al desarrollo urbano, las plantaciones, las especies invasoras y la transformación de la dinámica natural de las costas.
La presión turística también puede resultar determinante. El tránsito continuo de personas fuera de las zonas habilitadas, la eliminación de vegetación, la construcción de instalaciones y la modificación artificial de las playas pueden alterar un sistema que necesita precisamente libertad para moverse y evolucionar.
Cuando desaparece un hábitat, el problema no termina en ese lugar
Una de las ideas más importantes para comprender la conservación de las costas es que estos ecosistemas no funcionan como compartimentos independientes. Un manglar puede servir de refugio a especies que posteriormente viven en un arrecife.
Una pradera marina puede proporcionar alimento a una tortuga que utiliza diferentes zonas costeras durante su vida. Una marisma puede retener nutrientes y sedimentos que, de otro modo, acabarían en el mar. Una duna puede proteger una zona húmeda situada detrás de la playa.
Por eso, la destrucción de un hábitat puede provocar efectos en cadena. La pérdida de vegetación favorece la erosión, la erosión modifica la calidad del agua, el exceso de sedimentos puede perjudicar a los corales y las praderas marinas, la reducción de estos refugios afecta a los peces y la disminución de determinadas especies altera a su vez las relaciones entre depredadores y presas.
Los hábitats de la costa están estrechamente conectados y la pérdida de uno puede generar efectos indirectos sobre otros ecosistemas vinculados.
Proteger la costa significa proteger también nuestra propia seguridad
La conservación de estos espacios no debería entenderse únicamente como una cuestión relacionada con animales y plantas. Las sociedades humanas dependen directamente de unos ecosistemas costeros saludables. Alrededor del 40 % de la población mundial vive a menos de 100 kilómetros de la costa, lo que convierte la protección de estos territorios en una cuestión también relacionada con la seguridad, la alimentación, el agua, la economía y la adaptación a los cambios en la climatología.
Manglares, marismas, praderas marinas, arrecifes y dunas realizan gratuitamente funciones que, si desaparecen, resultaría extraordinariamente costoso sustituir mediante infraestructuras artificiales. Absorben parte de la energía de las tormentas, almacenan carbono, protegen las costas frente a la erosión, depuran el agua y proporcionan lugares donde numerosas especies pueden alimentarse y reproducirse.
Por eso conservarlos no significa impedir que las personas disfruten de las costas. Significa aprender a utilizarlas sin destruir aquello que permite que sigan siendo lugares vivos.
El turismo puede convivir con la conservación cuando se respetan las zonas sensibles, se evita caminar sobre las dunas o fondear sobre praderas marinas, se reducen los residuos y se protegen los espacios de reproducción. La pesca, la agricultura, la acuicultura y el desarrollo urbano también pueden avanzar hacia modelos que reduzcan su impacto sobre estos ecosistemas.
Cuidar una playa es cuidar mucho más que una playa
La conservación empieza también por comprender que muchas de las amenazas que llegan a las costas nacen lejos del mar. Los residuos mal gestionados, los fertilizantes, las aguas residuales, los plásticos, los sedimentos procedentes de obras y otros contaminantes pueden recorrer ríos y sistemas de drenaje hasta terminar en los ecosistemas costeros. De hecho, Naciones Unidas estima que aproximadamente el 80 % de la contaminación marina tiene su origen en tierra.
Esto significa que las decisiones cotidianas tienen una dimensión mucho mayor de lo que parece. Reducir los residuos, evitar los vertidos, consumir de manera responsable, respetar los espacios naturales, utilizar las zonas de baño señalizadas y apoyar iniciativas de restauración y conservación son pequeñas acciones que forman parte de una responsabilidad colectiva.
La buena noticia es que la degradación no siempre tiene que ser irreversible. Existen experiencias de recuperación de manglares y praderas marinas cuando se reducen las presiones que provocaron su deterioro. Los arrecifes también pueden mostrar capacidad de recuperación cuando se eliminan otros factores de estrés. La restauración, por tanto, es una herramienta importante, pero la prevención continúa siendo fundamental.
La costa no es simplemente el lugar donde termina la tierra y comienza el mar. Es una zona de conexión en la que se encuentran ecosistemas, especies, nutrientes, agua, carbono y comunidades humanas. Cuando protegemos un manglar, una marisma, una pradera marina, una duna o un arrecife, estamos protegiendo una parte de una red mucho mayor.
Y esa es quizá la razón más importante para mirar las costas de otra manera. Conservar estos hábitats no consiste solamente en salvar especies que viven junto al mar. Consiste en mantener en funcionamiento una red natural de la que también dependemos nosotros. Porque cuando un ecosistema costero desaparece, sus consecuencias no se quedan en la costa: se extienden por todo el sistema natural y terminan alcanzándonos.
