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Día Internacional de la Conservación del Suelo 2025: Sanar la tierra. Medidas para cuidar el suelo según su historia y su destino

Conservar el suelo no es únicamente una acción técnica: es un compromiso ético con la estabilidad de los ecosistemas, la seguridad alimentaria y el equilibrio climático. El próximo 7 de julio es el Día Internacional de la Conservación del Suelo 2025, y aunque a menudo ha sido relegado a un segundo plano frente a temas más visibles como la deforestación o la desaparición de la biodiversidad, el suelo es una de las bases fundamentales de la vida terrestre.

Su degradación, ya sea por erosión, salinización, compactación o pérdida de materia orgánica, es silenciosa pero persistente. Afortunadamente, existen diversas estrategias para su protección y restauración, siempre que se comprendan a fondo sus características intrínsecas y el contexto ecológico y productivo en que se encuentra.

Cultivo
Procurar un buen mantenimiento de las zonas cultivadas es esencial para su conservación. Imagen de Irina Balashova en Pexels.

Elementos clave para trazar un plan de acción

La conservación del suelo debe partir del diagnóstico preciso de su estado. Un suelo altamente erosionado, por ejemplo, requiere intervenciones distintas a las de un suelo fértil pero sobreexplotado. La textura, el contenido de materia orgánica, el pH, la biodiversidad edáfica, la pendiente del terreno y la cobertura vegetal actual son elementos clave para establecer un plan de acción. No se puede tratar de la misma forma un suelo arenoso que uno arcilloso, ni se puede aplicar la misma estrategia en una zona agrícola intensiva que en un bosque en proceso de regeneración.

Suelos erosionados

En suelos en estado crítico, donde la erosión hídrica o eólica ha eliminado los horizontes superficiales y expuesto incluso la roca madre, el enfoque debe ser restaurativo. Esto implica establecer coberturas vegetales permanentes lo antes posible, preferiblemente con especies nativas pioneras que generen un microclima favorable para la colonización de otras especies y la recuperación de la estructura edáfica.

En estas condiciones, también es recomendable aplicar técnicas de bioingeniería como la construcción de albarradas, terrazas o barreras vivas, que ralentizan el escurrimiento superficial y permiten la infiltración del agua. Estas acciones deben mantenerse durante al menos cinco años, con monitoreo constante, aunque el proceso completo de recuperación puede extenderse más allá de una década, especialmente en climas áridos o semiáridos.

Cuando el suelo aún conserva su fertilidad pero está sometido a prácticas intensivas —como en muchos sistemas agrícolas industriales—, el objetivo pasa por reducir la pérdida de nutrientes y preservar la estructura. La agricultura de conservación, basada en la mínima labranza, la rotación de cultivos y la cobertura vegetal constante, se presenta como una solución de largo plazo. El uso de abonos orgánicos, compost y biofertilizantes puede restaurar el equilibrio microbiano y mejorar la capacidad de retención de agua. En estos casos, las medidas deben sostenerse indefinidamente, como parte de una transformación sistémica en los métodos de producción.

Suelos de uso forestal o con restauración ecológica

En suelos con uso forestal o en proceso de restauración ecológica, la estrategia debe centrarse en favorecer la sucesión ecológica. Controlar el acceso de ganado, evitar quemas y reintroducir especies clave —incluyendo micorrizas y bacterias simbióticas— son acciones que permiten recuperar la fertilidad natural. Aquí, el tiempo juega un papel determinante: los procesos naturales pueden tardar entre 10 y 30 años en estabilizar un suelo degradado, aunque los indicadores de mejora (aumento del contenido de materia orgánica, estabilización de pendientes, retorno de fauna edáfica) pueden observarse en plazos más cortos si la intervención es adecuada.

Zonas urbanas y periurbanas

En zonas urbanas o periurbanas, donde el suelo ha sido sellado o contaminado, la conservación requiere una lectura más compleja. Descompactar, descontaminar (mediante fitorremediación o técnicas fisicoquímicas) y reestructurar son acciones posibles, pero demandan alta inversión técnica y seguimiento a largo plazo. En estos espacios, el uso futuro del suelo condiciona completamente la intervención: no es lo mismo preparar un suelo para uso agrícola comunitario que para establecer una infraestructura verde.

El primer paso consiste en identificar el tipo de alteración. Si el suelo ha sido sellado —mediante pavimentos, edificaciones u otras infraestructuras— la prioridad es revertir el sellado cuando sea viable. Esto implica la remoción selectiva de capas impermeables y la incorporación de soluciones basadas en la naturaleza, como pavimentos permeables, jardines de lluvia, zanjas de infiltración y superficies verdes interconectadas. Estas acciones no solo restauran parcialmente las funciones del suelo, sino que también reducen el efecto isla de calor, mejoran la recarga de acuíferos y crean espacios de biodiversidad urbana.

Ciudad
En las zonas urbanas el suelo necesita cuidados concretos para mejorar su salud. Imagen de Tom Fisk en Pexels.

Compactación

Cuando el problema principal es la compactación, como ocurre en espacios verdes degradados por tránsito excesivo de personas o vehículos, es fundamental aplicar técnicas de descompactación mecánica —como el escarificado profundo— en combinación con la introducción de vegetación estructuradora, como gramíneas de raíces pivotantes o árboles de crecimiento rápido con capacidad de mejorar la porosidad edáfica. Esta intervención debe ir acompañada de medidas de control de uso, como la instalación de senderos, barreras físicas y señalización que desincentive el pisoteo continuo.

Suelos contaminados

En el caso de suelos contaminados, la intervención depende de la naturaleza y concentración de los contaminantes. La fitorremediación, en muchos casos, representa una opción viable, utilizando especies vegetales con capacidad de absorción, acumulación o estabilización de metales pesados y otros compuestos tóxicos. Aunque en situaciones más severas, es necesario aplicar técnicas de descontaminación físico-química, como la extracción de suelos, la inmovilización in situ o el lavado de suelos. Estas técnicas requieren estudios de impacto y seguimiento a largo plazo, y deben estar guiadas por normativas ambientales específicas.

Cuando se plantea un nuevo uso para un terreno urbano —como un huerto comunitario, un parque ecológico o una infraestructura verde— la intervención debe considerar la evaluación completa del perfil edáfico, incluyendo su capacidad de drenaje, su historia de uso, la biodiversidad potencial y las necesidades de los usuarios. No todos los suelos urbanos son aptos para producción agrícola directa, pero sí pueden ser mejorados mediante la incorporación de materia orgánica, la creación de bancales elevados con sustratos controlados, o el uso de biochar para mejorar su estructura y capacidad de retención de nutrientes.

Procurando un suelo resiliente

Estas medidas deben sostenerse en el tiempo como parte de una estrategia de ciudad resiliente, con monitoreo periódico, educación ambiental y procesos participativos que garanticen la continuidad de las acciones. En un contexto urbano, conservar el suelo no es sólo una cuestión ecológica, sino también social y cultural: se trata de revalorizar el suelo como un bien común, una infraestructura viva que puede ofrecer múltiples servicios ecosistémicos si se gestiona adecuadamente.

A lo largo de todos estos escenarios, un principio rector debe guiar la toma de decisiones: respetar la resiliencia del sistema. El suelo no es una máquina que se repara con repuestos. Es un sistema vivo, con ritmos propios, y cada intervención debe ser pensada desde una perspectiva ecológica integradora. La conservación del suelo, entonces, no puede limitarse a un periodo determinado. Es una tarea continua, íntimamente ligada al modelo de desarrollo que adoptamos como sociedad.

Integrar el conocimiento técnico con la observación de campo, adaptarse a las condiciones locales, promover la participación comunitaria y, sobre todo, aceptar que el tiempo de la naturaleza no siempre se alinea con el nuestro, son claves para conservar —y cuando sea necesario, sanar— el suelo que sostiene nuestra existencia.

Diana

Fundadora de concienciaeco.com | Directora y Redactora experta en contenidos patrocinados | Sostenibilidad, ecología, salud natural y estilo de vida verde

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