Día Internacional contra el Cambio Climático 2025: Brasil se prepara para la COP30 deforestando el Amazonas para debatir el clima
A lo largo de los ríos serpenteantes del norte de Brasil, el rugido constante de motosierras y maquinaria pesada interrumpe el murmullo natural de la selva. A primera vista, podría parecer el sonido del desarrollo: nuevos caminos, asentamientos y obras que prometen modernidad. Pero bajo esa superficie de progreso, la Amazonía está pagando un precio silencioso y profundo. Mañana se conmemora el Día Internacional contra el Cambio Climático 2025, y no es posible pasar por alto lo que está sucediendo en Brasil.
En el estado de Pará, una serie de proyectos de infraestructura —carreteras, puentes y zonas industriales— está transformando rápidamente un paisaje que durante siglos ha sido el corazón verde del planeta. Las autoridades locales defienden estas obras como un paso necesario hacia la integración y el crecimiento económico, especialmente de cara a la cumbre climática COP30 que se celebrará en Belém, desde el lunes, 10 de noviembre de 2025, al viernes, 21 de noviembre de 2025. Sin embargo, ambientalistas, científicos y comunidades tradicionales advierten que la deforestación acelerada amenaza con desequilibrar uno de los ecosistemas más cruciales del mundo.

Nos encontramos ante una paradoja que nos hace pensar en a costa de qué se hace una nueva autopista de cuatro carriles que atraviesa miles de hectáreas de selva amazónica protegida para la cumbre climática COP30 en la ciudad brasileña de Belém.
La obra pretende agilizar la llegada a Belém, que se prepara para recibir a más de 50.000 asistentes, incluidos jefes de Estado y delegaciones de todo el mundo.
Resulta que esos supuestos líderes van a concienciarnos sobre cambio climático, cuando la cruda realidad es bien distinta. Se está destrozando uno de lo pulmones más importantes del planeta para que puedan acceder estos dirigentes, después de contaminar nuestra atmósfera con sus jet privados, a este tipo de cumbres; y que lejos de preocuparse por la biodiversidad y las comunidades que lo habitan, y de servir en la práctica para algo, se pasean por medio mundo dando charlas sobre cómo debemos ser, estar y actuar. Pero lo que predican ellos, no lo llevan a cabo. Ni dan ejemplo, ni sirven como referentes.
“Cada árbol que cae es una historia que desaparece”, dice Rosa Almeida, líder comunitaria de una reserva cercana al río Guamá. Su comunidad vive de la recolección de frutos y del ecoturismo, actividades que, según ella, están en riesgo por el avance de los caminos. “Nos prometen desarrollo, pero a cambio nos dejan sin selva, sin agua limpia y sin animales. ¿Qué desarrollo es ese?”.
Las consecuencias de la deforestación del Amazonas no se limitan a Brasil. Los científicos advierten que el bosque tropical más grande del planeta actúa como un regulador climático global. Sus millones de árboles capturan miles de millones de toneladas de dióxido de carbono y liberan humedad que viaja por las corrientes de aire, influyendo incluso en los patrones de lluvia de regiones tan lejanas como el sur de Estados Unidos o África.
Si la destrucción continúa al ritmo actual, el Amazonas podría alcanzar un punto de no retorno en el que grandes extensiones se convertirían en sabanas secas incapaces de sostener su biodiversidad. “El mundo entero sufriría las consecuencias: más emisiones, menos lluvias, pérdida de especies y un aumento acelerado de la temperatura global”, explica el climatólogo Pedro Nascimento, de la Universidad Federal de Pará.
En los pueblos ribereños, los efectos ya son palpables. Los caudales de los ríos han cambiado, los suelos se erosionan y los incendios —antes raros en una selva húmeda— se vuelven cada vez más frecuentes. Los animales buscan refugio en zonas más seguras, a menudo cruzando caminos donde mueren atropellados.
“Antes solíamos ver tucanes y monos cerca de casa. Ahora solo se escuchan las máquinas”, comenta con tristeza José Raimundo, pescador de 62 años. “Nos dicen que las carreteras traerán turismo y empleo, pero lo que vemos es que se llevan nuestra paz y nuestra tierra”.
Mientras tanto, el gobierno federal insiste en que las obras se realizan bajo criterios de sostenibilidad. Se anuncian pasos de fauna, alumbrado solar y proyectos de reforestación compensatoria. Sin embargo, los expertos advierten que esas medidas no bastan para restaurar el equilibrio perdido. “No se trata solo de plantar árboles —dice Nascimento—, sino de preservar el tejido vivo que sostiene el clima del planeta”.
La paradoja es evidente: el mundo se prepara para discutir el futuro del planeta en una región que, al mismo tiempo, se ve amenazada por las mismas dinámicas que esa cumbre pretende combatir. Muchos temen que la Amazonía se convierta en un telón de fondo para discursos bienintencionados, mientras las comunidades que la habitan siguen sin voz.
“Queremos que nos escuchen, no que nos usen como símbolo”, dice Rosa. “Proteger la Amazonía no es solo conservar árboles, es defender la vida de todos, aquí y en cualquier parte del mundo”.
Cuando la COP30 reúna a miles de líderes y expertos en Belém, las luces del evento tal vez iluminen una ciudad renovada. Pero más allá de sus avenidas recién asfaltadas, el futuro de la selva —y del planeta— dependerá de si esas conversaciones se traducen en acciones reales o si, una vez más, el ruido del progreso ahoga el canto del bosque.
