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Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía 2025: Rediseñar el territorio, la agrosilvicultura como herramienta ecológica

La agrosilvicultura, también conocida como agroforestería, es un sistema de uso del suelo que integra de manera intencional árboles, cultivos agrícolas y, en muchos casos, ganado, en la misma unidad de manejo. Mañana, 17 de junio, es el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía 2025, y hay que aclarar que no se trata de una simple superposición de componentes, sino de una estrategia cuidadosamente diseñada para maximizar las interacciones ecológicas positivas entre ellos.

Cultivos
Incluso en las zonas más húmedas y con abundante vegetación, se está empleando la agrosilvicultura. Imagen de chiến nguyễn bá en Pixabay.

Este enfoque se fundamenta en principios de sostenibilidad, resiliencia ecológica y restauración del paisaje, y representa una alternativa viable al modelo agrícola extractivo y de monocultivo dominante en muchas regiones del mundo.

Roles de la agrosilvicultura

Desde una perspectiva funcional, la agrosilvicultura cumple múltiples roles. A nivel ecológico, incrementa la biodiversidad, mejora la estructura del suelo, aumenta la infiltración de agua y modula el microclima, reduciendo los efectos extremos de temperatura y evapotranspiración.

A nivel socioeconómico, diversifica las fuentes de ingreso rural y refuerza la seguridad alimentaria, al tiempo que promueve prácticas agrícolas más sostenibles y menos dependientes de insumos externos. Su aplicación no es homogénea; se adapta a distintos biomas y condiciones culturales, desde sistemas tradicionales como el taungya en el sudeste asiático, hasta modelos tecnificados implementados en zonas semiáridas de América Latina y África subsahariana.

Agrosilvicultura en el mundo

Numerosos países en distintos continentes han adoptado sistemas de agrosilvicultura con resultados significativos. Su uso está ampliamente promovido en India por políticas públicas que integran árboles frutales y maderables en campos de arroz y trigo, ayudando a millones de pequeños agricultores a aumentar sus ingresos y mejorar la calidad del suelo. El modelo de barreras vivas de árboles en terrazas agrícolas en China ha sido clave en la rehabilitación del altiplano de Loess, donde se ha reducido drásticamente la erosión hídrica.

Prácticas como la regeneración natural asistida han permitido a Níger recuperar más de cinco millones de hectáreas de tierra degradada en el Sahel, lo que ha aumentado la seguridad alimentaria y la disponibilidad de forraje. Técnicas similares han fortalecido la producción local frente a la aridez progresiva en Senegal y Burkina Faso. Y Etiopía, por su parte, ha implementado sistemas agroforestales en áreas de montaña para estabilizar cuencas hidrográficas y mitigar el impacto de las lluvias torrenciales.

La agrosilvicultura ha sido ampliamente utilizada en la Amazonía, donde sistemas agroforestales que combinan cacao, açaí, árboles nativos y cultivos alimentarios han permitido a comunidades ribereñas de Brasil desarrollar economías sostenibles sin deforestar. Las comunidades amazónicas en Perú han empleado estos sistemas para recuperar áreas degradadas y mantener la funcionalidad ecológica del bosque húmedo tropical. En Costa Rica, pionera en políticas de pago por servicios ambientales, se ha impulsado modelos de agrosilvicultura en fincas cafetaleras para combinar producción con conservación de biodiversidad.

Estados como Oaxaca, Chiapas y Veracruz en México, coexisten ejemplos consolidados de caficultura bajo sombra, milpas enriquecidas con árboles nativos, y proyectos de reforestación productiva con especies endémicas y maderables. En España, se ha promovido la integración de árboles en sistemas cerealistas y ganaderos extensivos en zonas de clima mediterráneo, como en Andalucía o Extremadura, bajo modelos como la dehesa, una forma tradicional de agrosilvicultura con alto valor ecológico.

Las prácticas de agrosilvicultura en Australia se han implementado para controlar la salinización del suelo en zonas agrícolas, mejorar la biodiversidad y rehabilitar corredores ecológicos entre áreas protegidas. En Estados Unidos, particularmente en el sureste, algunos productores han comenzado a integrar nogales, castaños y pacanas en sus sistemas agrícolas, buscando una transición hacia formas más sostenibles de producción. También en países europeos como Francia y Alemania se promueven modelos agroforestales dentro de la Política Agrícola Común (PAC), como parte de las estrategias de adaptación a los cambios en la climatología.

Combatiendo la sequía y la desertificación

Uno de los mayores aportes de la agrosilvicultura es su potencial para combatir la sequía y la desertificación, dos de los desafíos más acuciantes con los cambios en la climatología y la presión antropogénica sobre los distintos ecosistemas. La inclusión de árboles en terrenos agrícolas contribuye a reducir la erosión eólica e hídrica, estabiliza los suelos y mejora la retención de humedad.

Las raíces profundas de los árboles acceden a capas freáticas inaccesibles para cultivos anuales, y en muchos casos redistribuyen nutrientes hacia capas superiores mediante el ciclo de la hojarasca y la materia orgánica.

Además, las copas arbóreas actúan como sombrillas vivas, reduciendo la exposición directa del suelo al sol y disminuyendo la evaporación. En regiones áridas, como el norte de África o el noreste brasileño, esta capacidad de modificar el microclima se traduce en una mayor resiliencia agrícola y en paisajes más estables ante episodios de estrés hídrico prolongado.

Plantas
La agrosilvicultura se está implantando en muchas regiones de todo el mundo. Imagen de Pixabay.

Beneficios para la fauna

Los beneficios se extienden también a la fauna silvestre y doméstica. Los sistemas agrosilvícolas generan hábitats complejos, con nichos diversos para aves, insectos polinizadores, mamíferos pequeños y especies beneficiosas para el control biológico.

Para el ganado, los árboles proporcionan sombra, forraje e incluso cortezas o frutos comestibles, lo que reduce la dependencia de piensos industriales.

Desde una óptica humana, estos sistemas no sólo aseguran la subsistencia, sino que empoderan a comunidades rurales mediante la gestión participativa del territorio, el rescate de saberes tradicionales y la valorización de servicios ecosistémicos que antes se daban por sentados.

En un contexto de creciente vulnerabilidad climática, la agrosilvicultura representa más que una técnica agrícola: es una herramienta de adaptación ecosocial. Su implementación requiere conocimiento técnico, planificación territorial y voluntad política, pero los resultados—en términos de restauración, productividad y equidad—la convierten en una de las estrategias más prometedoras para regenerar suelos, recuperar ecosistemas y garantizar una relación más armónica entre el ser humano y la tierra que habita.

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