La quinua, una suerte de mezcla entre cereal y planta oleaginosa originaria de los Andes, puede convertirse en una eficaz alternativa de cultivo para los nuevos escenarios que plantean los impactos del cambio climático. Es resistente, versátil, alimenticia y multiusos, pero será clave que no se dispare su precio para que mantenga todos sus beneficios sociales y medioambientales.

PROPIEDADES DE LA QUINUA

Las civilizaciones prehispánicas del Perú y de Bolivia ya practicaban este cultivo, que servía de alimento, forraje y medicina, pero fue forzosamente sustituido por los cereales tras la conquista de los españoles. De forma natural, la quinua se localiza en la región andina. Los principales países productores son Bolivia, el Perú y el Ecuador, con el 92% de la producción mundial, pero la creciente popularidad ha extendido esta planta a Norteamérica y Europa.

En la actualidad, está logrando una excelente reputación entre los consumidores de productos ecológicos y libres de gluten, y está aumentando su demanda en la cocina gourmet. Es fuente de proteínas, fibra, grasas poliinsaturadas, minerales y vitaminas y su valor nutricional es comparable al del maíz, el arroz o el trigo.

Una de sus ventajas como alimento es la concentración de proteínas en el embrión de la semilla, que contiene todos los aminoácidos esenciales y puede extraerse y utilizarse como complemento alimenticio, en la dieta de niños con malnutrición o mujeres embarazadas. No en vano, a la quinua se le atribuyen propiedades como cicatrizante, antiinflamatorio, analgésico, desinfectante e, incluso, repelente de insectos.

ECOLOGÍA

La quinua une las propiedades de los cereales y las semillas oleaginosas en un solo cultivo, que puede sembrarse a casi cualquier temperatura (se estima en un rango entre 8 grados bajo cero y 38 positivos) y altitud (desde el nivel del mar hasta los 4.000 metros) y que resiste condiciones de suelos pobres en nutrientes, salinidad y sequía, en las que otros organismos no sobreviven. Esta planta ha granjeado su fama gracias a su versatilidad y los bajos costes de producción.

Actualmente, muchas regiones están sufriendo las consecuencias del cambio climático. Sequías prolongadas dan paso a lluvias torrenciales, temperaturas frías en verano se alternan con calor en invierno. Ante tanta variabilidad climática, la quinua se convierte en una buena elección para los cultivos, ya que puede adaptarse a condiciones cambiantes. Otra ventaja de esta planta es su bajo requerimiento de agua, que permite hacer un uso eficiente de los recursos hídricos en regiones donde su disponibilidad es limitada.

FUTURO

En 2013, la FAO celebró el Año Internacional de la Quinua, con el objetivo de promover la producción sostenible (en Bolivia está en manos de pequeños agricultores y asociaciones) y su contribución a la erradicación del hambre y la desnutrición, en aquellos países que no disfrutan de una seguridad alimentaria.

Ahora el problema no es que este producto sea poco conocido, sino todo lo contrario. Su creciente demanda a nivel mundial, sobre todo desde el mundo de la cocina gourmet, están elevando su precio y provocando que deje de consumirse en la forma tradicional, como alimento básico de las comunidades andinas. En la última década, la tonelada de quinua ha pasado de costar apenas 1.000 dólares a sobrepasar los 3.500 con una tendencia aún al alza.

Esto implica la necesidad de aumentar la producción a la vez que se reducen los costes para maximizar el beneficio, lo que puede llevar a situaciones extremas, como en el caso de la soja, donde el alimento se convierte en un lujo en los países productores, que las familias no se pueden permitir. La quinua tendrá que definir su futuro entre el alimento multifuncional, nutritivo y barato que puede luchar contra la pobreza, y el producto de lujo que abandone la sostenibilidad y la tradición en favor de la rentabilidad económica.