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Las regiones más vulnerables del planeta ante la desertificación y la sequía, y cómo pueden revertir el daño

Cada 17 de junio, el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía recuerda una realidad que ya no pertenece a un futuro lejano. Millones de personas viven hoy en territorios donde la tierra pierde fertilidad, el agua escasea y los paisajes que durante generaciones sostuvieron comunidades enteras se transforman lentamente en terrenos degradados. La desertificación no significa necesariamente que aparezca un desierto nuevo, sino que los suelos pierden su capacidad de producir alimentos, retener agua y sostener la vida.

Aunque los cambios en la climatología han acelerado el problema, la desertificación no surge por una sola causa. Detrás de cada territorio degradado existe una combinación de decisiones humanas, modelos económicos, presiones demográficas y fenómenos climáticos que han ido erosionando la capacidad de recuperación de la naturaleza. La buena noticia es que, en muchos casos, el proceso puede frenarse e incluso revertirse.

Murcia
Paisaje murciano donde se aprecia la desertificación. Imagen: Antonio López en Pixabay.

Regiones más vulnerables ante la desertificación y la sequía

Sahel africano

Uno de los lugares más emblemáticos es el Sahel africano, una extensa franja que atraviesa países como Senegal, Mauritania, Mali, Burkina Faso, Níger, Chad y Sudán, justo al sur del desierto del Sahara.

Durante décadas, esta región ha sufrido una combinación devastadora de sequías recurrentes, aumento de las temperaturas, crecimiento de la población y sobreexplotación de los recursos naturales.

La necesidad de obtener leña para cocinar y calentar hogares ha provocado una intensa deforestación, mientras que el sobrepastoreo ha impedido que la vegetación se regenere. Como consecuencia, los suelos han perdido su capa fértil y se han vuelto más vulnerables a la erosión provocada por el viento.

Sin embargo, el Sahel también demuestra que la recuperación es posible. En varios países se han restaurado millones de hectáreas mediante técnicas sencillas como la regeneración natural asistida, que protege los brotes de árboles que nacen espontáneamente. Allí donde los agricultores han conservado árboles en sus parcelas, los suelos retienen mejor la humedad y los cultivos resisten más las sequías. Para quienes viven en estas regiones, proteger la vegetación existente, reducir la tala indiscriminada y diversificar los cultivos son acciones que pueden marcar una diferencia tangible en pocos años.

Cuerno de África

Más al este, el Cuerno de África, especialmente en Etiopía, Somalia y Kenia, enfrenta una crisis que combina sequías extremas con una creciente presión sobre las tierras agrícolas.

La expansión de cultivos en zonas marginales y el agotamiento de acuíferos han reducido la capacidad de los ecosistemas para soportar largos periodos sin lluvias.

En muchas áreas, la desaparición de la cobertura vegetal ha provocado que las lluvias intensas, cuando llegan, arrastren el suelo fértil en lugar de infiltrarse y recargar las reservas de agua.

La recuperación pasa por restaurar cuencas hidrográficas, construir infraestructuras de captación de agua de lluvia y recuperar especies vegetales autóctonas adaptadas a las condiciones áridas. Las comunidades que participan en programas de conservación del suelo y del agua están comprobando que incluso pequeñas intervenciones pueden devolver productividad a terrenos considerados perdidos.

Cuenca mediterránea

La cuenca mediterránea constituye otro de los grandes focos mundiales de riesgo. España, Portugal, Italia, Grecia y algunas zonas del norte de África se encuentran entre las regiones europeas más vulnerables.

En España, especialmente en el sureste peninsular, Un conjunto de factores como la agricultura intensiva o la urbanización acelerada han incrementado el riesgo de desertificación. Pero los acuíferos existentes están infra empleados, sabiendo que tienen un caudal quince veces superior al flujo fluvial, según lo confirmó el hidrogeólogo Francisco Turrión en su día, después de trabajar 38 años en la Confederación Hidrográfica del río Segura.

La agricultura regenerativa, la recuperación de terrazas tradicionales, la reforestación con especies adaptadas al clima local y una gestión más eficiente del agua pueden devolver resiliencia al territorio. Los habitantes de estas zonas tienen un papel fundamental al apoyar modelos agrícolas sostenibles, reducir el desperdicio de agua y participar en proyectos de restauración ecológica.

Oriente Medio

En Oriente Medio, países como Irak, Siria, Jordania e Irán sufren una combinación especialmente compleja de desertificación, escasez hídrica y presión humana.

La construcción de presas, la extracción excesiva de agua subterránea y la degradación de ecosistemas fluviales han reducido significativamente la disponibilidad de recursos hídricos.

Las tormentas de polvo, cada vez más frecuentes, son una consecuencia directa de la pérdida de cobertura vegetal y de la degradación de extensas superficies de suelo.

La solución requiere una gestión coordinada del agua a escala regional, pero también medidas locales. La recuperación de humedales, la plantación de barreras vegetales contra el viento y la modernización de los sistemas de riego pueden contribuir a reducir el deterioro. Allí donde las comunidades participan activamente en la protección de sus recursos hídricos, los resultados suelen ser más duraderos.

China

China representa uno de los ejemplos más significativos de lucha contra la desertificación. Las regiones del norte y noroeste del país experimentaron durante décadas una rápida expansión de áreas degradadas debido a la deforestación, el sobrepastoreo y prácticas agrícolas inadecuadas. Algunas ciudades llegaron a sufrir tormentas de arena de gran intensidad.

Ante esta situación, se pusieron en marcha enormes programas de restauración ecológica. La conocida como «Gran Muralla Verde» china ha impulsado la plantación de millones de árboles y la recuperación de ecosistemas degradados. Aunque algunos proyectos han sido más exitosos que otros, el país demuestra que la restauración a gran escala puede reducir significativamente la erosión y mejorar las condiciones ambientales.

Gran Chaco

En América Latina, la región del Gran Chaco, compartida por Argentina, Paraguay, Bolivia y Brasil, vive una de las tasas de deforestación más altas del planeta. La expansión agrícola y ganadera ha transformado vastas extensiones de bosque en terrenos cada vez más vulnerables a la erosión y a las sequías prolongadas. La eliminación de la vegetación natural altera el ciclo del agua y reduce la capacidad de los ecosistemas para amortiguar fenómenos extremos.

La conservación de los bosques remanentes y la promoción de sistemas agroforestales aparecen como algunas de las estrategias más eficaces. Integrar árboles en las explotaciones agrícolas permite proteger los suelos, mejorar la biodiversidad y aumentar la resiliencia frente a la sequía.

Australia

Australia también figura entre los territorios más expuestos. Las largas sequías, combinadas con una agricultura intensiva y fenómenos climáticos extremos, han provocado la degradación de amplias superficies. Durante años, la eliminación de vegetación nativa y el manejo inadecuado del suelo favorecieron procesos de erosión y salinización.

Muchas comunidades rurales australianas están apostando por técnicas regenerativas que buscan restaurar la salud del suelo mediante el aumento de la materia orgánica, la reducción del laboreo y una gestión más sostenible del ganado. Los resultados muestran que los suelos sanos pueden almacenar más agua y resistir mejor las condiciones extremas.

La desertificación no es un fenómeno inevitable ni una condena irreversible. Allí donde los suelos se recuperan, la vegetación vuelve. Allí donde regresa la vegetación, aumenta la infiltración de agua. Allí donde mejora la disponibilidad de agua, las comunidades recuperan oportunidades económicas y sociales. El ciclo de degradación puede convertirse en un ciclo de regeneración.

Mapa
Infografía: Vivir donde el agua desaparece: cómo pueden actuar las regiones amenazadas por la desertificación y la sequía.

Para quienes viven en territorios amenazados, el cambio comienza a menudo con acciones aparentemente pequeñas: proteger un árbol en lugar de talarlo, evitar la erosión de una parcela, recuperar variedades locales adaptadas al clima, ahorrar agua, participar en proyectos comunitarios de restauración o exigir políticas que prioricen la sostenibilidad frente a la explotación a corto plazo. Ninguna de estas medidas resolverá por sí sola un problema global, pero juntas pueden transformar paisajes enteros.

El Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía no es únicamente una fecha para reflexionar sobre la degradación de la tierra. Es una invitación a actuar. La historia demuestra que los ecosistemas poseen una extraordinaria capacidad de recuperación cuando se les ofrece la oportunidad. La pregunta ya no es si podemos revertir el daño, sino si estamos dispuestos a hacerlo antes de que la degradación avance más rápido que nuestra capacidad de respuesta.

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