Día Meteorológico Mundial 2026: lecciones tras el paso de “Therese” por Canarias
Cada 23 de marzo, el Día Meteorológico Mundial invita a mirar al cielo con una perspectiva distinta: no solo como fenómeno natural, sino como un sistema que condiciona la seguridad, la planificación territorial y la gestión de emergencias. Este año, ese recordatorio llega con especial fuerza tras el paso de la borrasca “Therese” por Canarias, un episodio que ha puesto de relieve hasta qué punto las precipitaciones intensas pueden desencadenar procesos complejos y peligrosos.

El relieve canario y sus condiciones
La lluvia, en sí misma, no es el problema. Lo es su intensidad, su persistencia y, sobre todo, el contexto en el que cae. Cuando en pocas horas se superan umbrales críticos, el agua deja de infiltrarse en el suelo y comienza a escurrir de forma descontrolada, ocupando cauces naturales que durante años permanecen secos. Es en ese momento cuando los barrancos, característicos del relieve canario, recuperan su función hidráulica de forma abrupta, generando avenidas súbitas que arrastran sedimentos, rocas y cualquier elemento a su paso.
Eso es exactamente lo que ha ocurrido con “Therese”. La borrasca, alimentada por aire húmedo subtropical y reforzada por el relieve montañoso del archipiélago, ha descargado cantidades excepcionales de lluvia. En las islas de mayor altitud, como Gran Canaria o Tenerife, se han alcanzado registros superiores a 200 litros por metro cuadrado en múltiples puntos, con picos de más de 400 l/m² en zonas de cumbre. En La Palma se han superado los 250 l/m², mientras que El Hierro ha acumulado más de 175 l/m² y La Gomera ha superado los 125 l/m² . En contraste, las islas orientales como Lanzarote y Fuerteventura han registrado valores mucho más bajos, en torno a 25–35 l/m², aunque con episodios puntuales intensos .
Este reparto desigual responde a un factor clave: la orografía. En Canarias, las masas de aire húmedo ascienden bruscamente al chocar con montañas de más de 2.000 metros, provocando lluvias torrenciales en vertientes concretas . Esa misma dinámica explica por qué los mayores daños se concentran en las islas occidentales y en zonas de medianías.

Efectos de «Therese» en las Islas Canarias
Los efectos han sido múltiples. Se han producido inundaciones pluviales, desbordamientos de barrancos, desprendimientos y cortes de carreteras, con zonas aisladas y centenares de incidencias registradas, especialmente en Tenerife . En La Gomera, incluso una presa llegó a desbordarse, algo poco habitual, y varias personas quedaron incomunicadas temporalmente . La intensidad del episodio llevó a activar alertas por riesgo hidrológico en varias islas y a cancelar vuelos y actividades . En paralelo, el mar y el viento agravaron la situación, dificultando la respuesta operativa .
Este tipo de eventos plantea una pregunta inevitable: ¿se pueden prevenir? La respuesta, desde la gestión del riesgo, es matizada. No se pueden evitar las lluvias intensas, pero sí se puede reducir su impacto.
Prevenir, antes de que llegue
La prevención comienza mucho antes de que caiga la primera gota. Implica una planificación territorial rigurosa que respete los cauces naturales, evitando la ocupación de zonas inundables. En territorios como Canarias, donde los barrancos permanecen secos gran parte del año, existe una falsa percepción de seguridad que favorece la urbanización en áreas de riesgo. Sin embargo, estos espacios son vías naturales de evacuación del agua, y su alteración multiplica los daños cuando llegan episodios extremos.
A esto se suma la necesidad de mantener infraestructuras hidráulicas en condiciones óptimas: limpieza de cauces, conservación de drenajes urbanos, revisión de presas y sistemas de retención. Son medidas poco visibles, pero determinantes. Cuando fallan, el agua encuentra obstáculos y aumenta su capacidad destructiva.
Anticipación meteorológica
Hoy, los sistemas de predicción permiten emitir avisos con varios días de antelación, como ocurrió con “Therese”, donde ya se advertía del riesgo de acumulados superiores a 300 litros por metro cuadrado y de posibles inundaciones y desprendimientos . Sin embargo, la eficacia de estos avisos depende de su interpretación y de la respuesta tanto institucional como ciudadana.
En este punto, la comunicación del riesgo juega un papel decisivo. No basta con emitir alertas; es necesario traducirlas en mensajes claros y accionables. Evitar desplazamientos innecesarios, no estacionar en cauces, alejarse de zonas costeras o no cruzar áreas inundadas son recomendaciones básicas que, sin embargo, siguen sin cumplirse en muchos casos.
Respuestas necesarias, pero insuficientes
Ahora bien, incluso con todas estas medidas, cabe preguntarse si son suficientes ante episodios cada vez más extremos. La respuesta es que son necesarias, pero no siempre suficientes. Cuando se concentran cientos de litros en pocas horas, el sistema —natural y humano— entra en estrés. Las infraestructuras pueden verse superadas y los protocolos, tensionados. Por eso, la gestión moderna del riesgo no se basa solo en prevenir, sino también en adaptarse.
Adaptarse significa diseñar ciudades más resilientes, incorporar soluciones basadas en la naturaleza —como zonas de inundación controlada— y asumir que ciertos eventos, aunque poco frecuentes, forman parte del sistema climático.
Significa también educar a la población para convivir con el riesgo, entendiendo que la autoprotección es una pieza clave del engranaje.

El paso de “Therese” por Canarias deja una lección clara en este Día Meteorológico Mundial: la lluvia no es únicamente un fenómeno atmosférico, sino un proceso que conecta la atmósfera con el territorio y la sociedad. Cuando ese equilibrio se rompe, aparecen las inundaciones, los corrimientos de tierra y las emergencias. Y es precisamente en ese punto donde la meteorología deja de ser una ciencia descriptiva para convertirse en una herramienta de gestión y, en última instancia, de protección de vidas.
