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Día Internacional de los Derechos de los Animales 2025: el sufrimiento animal oculto tras algunas celebraciones españolas

Mañana, 10 de diciembre, se conmemora el Día Internacional de los Derechos de los Animales, una fecha que coincide con el aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos para recordarnos que la empatía no debe limitarse a nuestra propia especie. Este día nació para visibilizar que los animales son seres sintientes capaces de sufrir, disfrutar y formar vínculos, y que por ello merecen protección y consideración moral.

Más que una celebración, es una llamada a reflexionar sobre cómo nuestras costumbres, decisiones de consumo y tradiciones culturales pueden afectar su bienestar, y una invitación a construir un mundo donde la vida de cualquier ser vulnerable importe.

Tradiciones aberrantes en España

A lo largo de España perviven tradiciones festivas que, pese a su arraigo cultural, implican el sufrimiento, la persecución o la muerte de animales. Hablar de ellas no es un ataque a una región ni a una identidad; es una necesidad ética para quienes creen que ninguna celebración justifica el dolor. Este artículo se dirige a esas personas que desean entender qué ocurre, dónde ocurre y por qué, con la esperanza de que la información impulse un cambio.

Los toros, objetivo reiterado

Una de las prácticas más conocidas es el Toro de la Vega, celebrado en Tordesillas, Valladolid. Durante décadas, el festejo consistió en que varios participantes —vecinos del municipio y visitantes— perseguían a un toro en campo abierto armados con lanzas. El animal, acorralado y exhausto, acababa siendo alanceado hasta la muerte como parte del rito. Aunque desde 2016 la muerte pública del toro fue prohibida, el festejo mantiene una dinámica de persecución, y el debate continúa porque la esencia del acto original sigue planeando sobre la celebración.

También bajo los focos se sitúa el Toro Embolado, típico de diversas localidades de la Comunidad Valenciana y del sur de Cataluña. En esta tradición se sujeta al animal en un cajón o estructura, se le inmoviliza y se le colocan bolas de fuego en los cuernos. Una vez suelto, corre desorientado mientras las llamas chisporrotean a centímetros de su cara. La imagen es tan potente como dolorosa: estrés extremo, quemaduras y un pánico que se prolonga durante minutos interminables. La ejecución corre a cargo de peñas y comisiones festeras locales, que ven en ello un símbolo de identidad, mientras el animal vive la experiencia desde el miedo más primario.

Otro ejemplo es el Toro Jubilo de Medinaceli, en Soria. En la plaza del pueblo, el toro es atado y se le fija un armazón metálico en la cornamenta con bolas de brea encendidas. La mezcla del fuego, el humo y los bramidos del animal dibuja una escena que muchos describen como ritual ancestral y otros, como un momento de crueldad innecesaria. El toro suele terminar con lesiones en los ojos, quemaduras en la piel o, en algunos casos, sacrificado después del festejo debido al sufrimiento causado.

Existen tradiciones menos conocidas internacionalmente pero igualmente polémicas, como las corridas de toros y los festejos populares con toros o vaquillas en plazas de pueblos de toda España. En las corridas, el ritual está profundamente codificado: el torero realiza su faena mientras el animal es debilitado con banderillas y finalmente matado con una estocada. Aunque algunos defienden que se trata de un arte, el desenlace para el toro es siempre el mismo: muerte lenta, sangrado progresivo y una agonía convertida en espectáculo público.

Toro
Corrida de toros. Imagen de Miguel Cuenca en Pexels.

Aves, también entran en escena

Una de las tradiciones más controvertidas con aves es la suelta de palomas en fiestas patronales, especialmente en zonas del sur de España. En algunos municipios todavía se usan palomas pintadas con colores artificiales o impregnadas en sustancias que dificultan su vuelo. La liberación, presentada como un símbolo de alegría, termina para muchas de ellas en colisiones, caídas o depredación porque su capacidad para orientarse se ve alterada. Participan peñas locales o cofradías, y el animal suele acabar herido o desorientado, con pocas probabilidades de sobrevivir.

Otra práctica, hoy prohibida pero aún presente en la memoria cultural de varias localidades, es la trilla de gansos o “cuelga del ganso”, que persistió en ciertos pueblos del País Vasco y Galicia. Consistía en suspender a un ganso —vivo en su origen, después sustituido por uno muerto en algunos lugares— de una cuerda sobre un río o una plaza. Los participantes, generalmente jóvenes del pueblo, pasaban a caballo o en barca intentando arrancarle la cabeza de un tirón. Para el animal, cuando era vivo, el sufrimiento era extremo; cuando la tradición se “suavizó” usando un ganso muerto, continuó normalizando la violencia simbólica hacia los animales.

Ganso
Los gansos, son otros animales que han sufrido numerosos tormentos en fiestas tradicionales. Imagen de Darkshade Photos en Pexels.

Cabras y corderos, se suman a los actos

Tampoco pueden olvidarse ciertos festejos con corderos, cabras o aves de corral en celebraciones rurales. En antiguas romerías de zonas montañosas, por ejemplo, se arrojaban cabras desde campanarios o riscos, práctica que estuvo documentada en Manganeses de la Polvorosa hasta finales del siglo XX. Aunque el ayuntamiento asegura que ya no se hace, su historia permanece como ejemplo de cómo la diversión colectiva podía apoyarse en el sufrimiento de un animal, que solía morir o quedar gravemente lesionado tras la caída.

En algunas localidades interiores se han mantenido competiciones con gallos o pollos donde se los colgaba como dianas de golpeo. Aunque muchas de estas prácticas están oficialmente prohibidas, siguen resurgiendo esporádicamente en fiestas menores o celebraciones privadas. Su desenlace para el animal siempre ha sido de estrés, lesiones o muerte.

Fiestas sin sufrimiento animal

Todas estas tradiciones comparten un patrón: la comunidad las vive como parte de su identidad, mientras que el animal, convertido en objeto festivo, pierde su condición de ser sintiente. La tensión entre lo cultural y lo ético se hace evidente cuando observamos que estas prácticas no son inevitables ni esenciales para la celebración.

Son costumbres heredadas que pueden evolucionar, y la historia demuestra que muchas ya han desaparecido o se han transformado cuando la sociedad ha decidido que la crueldad no es compatible con la fiesta.

Para quienes defienden los derechos de los animales, ampliar la mirada más allá de los toros permite comprender que todavía existen espacios donde el bienestar animal queda relegado a un segundo plano. Cambiar estas prácticas no implica borrar tradiciones, sino repensarlas desde la empatía y la coherencia con los valores actuales.

Porque una fiesta que necesita del sufrimiento de un ser vivo para celebrarse no sólo daña al animal, sino también a la idea de comunidad que queremos construir.

Estos festejos no son homogéneos; cada uno responde a una tradición local y a un relato que mezcla historia, identidad y costumbre. Sin embargo, para quienes defendemos los derechos de los animales, hay un punto de convergencia claro: el sufrimiento del animal es real, tangible y evitable. El miedo, el agotamiento, las heridas y en muchos casos la muerte, son soportados por seres vivos que no han elegido estar ahí.

Cuestionar estas prácticas no es negar la cultura. Es preguntarse si la cultura puede evolucionar hacia formas de celebración donde la vida y la dignidad de un animal no sean el precio de la fiesta. Es reconocer que las sociedades cambian y que el respeto hacia otros seres sintientes también forma parte de nuestra identidad colectiva.

España está llena de tradiciones hermosas que no implican dolor para nadie. Las que sí lo hacen, merecen ser revisadas con valentía y compasión. Porque entender lo que ocurre es el primer paso para transformarlo.

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