Día Mundial de la Vida Silvestre 2025: la restauración ecológica como herramienta de prevención de incendios
La región mediterránea se caracteriza por una biodiversidad excepcional y ecosistemas forestales de alto valor ecológico. No obstante, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), es también una de las áreas más vulnerables de Europa frente a factores de degradación ambiental. Por eso, en el Día Mundial de la Vida Silvestre 2025, no podemos dejar de invertir en nuestros bosques como herramienta para proteger nuestra diversidad y nuestro territorio frente a incendios.
España tiene una situación vulnerable frente a los incendios
España ocupa la segunda posición en superficie forestal del continente, con más de 28 millones de hectáreas (55 % del territorio), de las cuales aproximadamente 18 millones corresponden a bosques.
Desde mediados del siglo XX, esta superficie ha experimentado un crecimiento sostenido superior al 1 % anual, acompañado de un aumento en la densidad forestal. Sin embargo, este proceso no ha garantizado ecosistemas más resilientes ni funcionales, ya que la acumulación de biomasa, junto con la falta de gestión, ha intensificado su vulnerabilidad.

La degradación resultante, acentuada por incendios de alta intensidad, eventos de sequía extrema, desertificación y proliferación de plagas y enfermedades, ha llevado a los bosques ibéricos a un estado de colapso ecológico, alejándolos de su óptimo funcional.
La restauración ecológica, según la Society for Ecological Restoration, es el proceso de facilitar la recuperación de ecosistemas degradados, dañados o destruidos, con el objetivo de restablecer su estructura, dinámica y provisión de servicios ecosistémicos.
Armonización del territorio
Más allá de la expansión de la cobertura forestal, la prioridad debe ser la mejora cualitativa de los bosques existentes, asegurando su estabilidad ecológica y funcionalidad. El gran desafío radica en armonizar el aprovechamiento del territorio con su conservación, promoviendo paisajes más heterogéneos y sostenibles.
En el caso de los sistemas forestales, esta restauración no debe limitarse a la reforestación tradicional, históricamente basada en la plantación monoespecífica sin criterios ecológicos. Este enfoque ha demostrado ser ineficaz para la regeneración de ecosistemas resilientes ante incendios de alta intensidad y con cambios en la climatología. En consecuencia, la prioridad debe desplazarse hacia la mejora cualitativa de los bosques existentes mediante estrategias que promuevan la heterogeneidad estructural, la diversidad específica y la funcionalidad ecosistémica.
Los objetivos clave de una restauración efectiva incluyen:
- La generación de paisajes multifuncionales, sostenibles y resilientes ante perturbaciones futuras.
- La recuperación de los procesos ecosistémicos esenciales, incluyendo la regulación hídrica, la estabilización del suelo, la provisión de hábitats y la mitigación de los cambios en la climatología.
- La mejora de la calidad ecológica del territorio mediante el fomento de bosques autóctonos con estructuras etarias diversas, promoviendo la biodiversidad y la conectividad ecológica.
- La diversificación de los usos del suelo y de los aprovechamientos forestales como estrategia para fomentar la bioeconomía y la sostenibilidad de las zonas rurales.
Restauración para la prevención de incendios
Las estrategias de restauración deben integrarse en una planificación territorial basada en la reducción de la inflamabilidad del paisaje, priorizando la gestión de los bosques existentes en lugar de la mera expansión de la superficie forestal. La implementación de estos enfoques requiere combinar políticas de ordenación territorial a gran escala con acciones de restauración localizadas.

Entre los criterios clave para definir áreas prioritarias de intervención se incluyen las Zonas de Alto Riesgo de Incendio (ZARI), donde la recurrencia y severidad de los incendios superan la capacidad de extinción operativa. Asimismo, la planificación debe incorporar criterios socioeconómicos, como la revitalización de áreas rurales con alta vulnerabilidad socioeconómica, garantizando así una gestión sostenible e inclusiva del territorio.
En España, aunque aún existen desafíos pendientes, desde 2022 la inversión en prevención ha superado a la destinada a extinción, con una consecuente reducción de la frecuencia e intensidad de los incendios.
Formaciones forestales monoespecíficas
En nuestro país, existen millones de hectáreas de formaciones forestales monoespecíficas, caracterizadas por una baja naturalidad, un alto grado de degradación y densidades excesivas. Estas masas, a menudo sometidas a múltiples incendios recurrentes, presentan una elevada carga de combustible y una estructura propensa a la propagación del fuego, incrementando el riesgo de incendios futuros.
Predominan las especies autóctonas de pino, como Pinus pinaster y Pinus halepensis, aunque también se han introducido especies alóctonas, como Pinus radiata y eucaliptos (Eucalyptus spp.). Estas plantaciones son en gran parte el resultado de las políticas de repoblación forestal implementadas a mediados del siglo XX, cuyo principal objetivo era el control de la erosión más que la producción forestal. Sin embargo, la ausencia de una gestión forestal posterior ha conducido a su homogeneización estructural y funcional, limitando su resiliencia ecológica.
Dado el contexto actual de cambios en la climatología y aumento de grandes incendios, resulta prioritario implementar estrategias de restauración ecológica dirigidas a incrementar la complejidad estructural y funcional de estos bosques. Para ello, es esencial fomentar la diversificación específica, aumentar la heterogeneidad horizontal y vertical, e introducir una mayor variabilidad en las edades de los individuos, con el fin de promover ecosistemas más resilientes y con una mayor integridad ecológica.
Los principales factores que condicionan la evolución e intensidad de un incendio forestal son tres: la topografía, las condiciones meteorológicas y el paisaje (tipo de combustible, su disponibilidad y continuidad).
España lidera la inversión en extinción de incendios por hectárea a nivel mundial y cuenta con un sistema de respuesta altamente desarrollado. Sin embargo, los datos evidencian que destinar recursos exclusivamente a la supresión del fuego no se traduce en una mejor gestión de los incendios extremos. Por el contrario, esta estrategia reactiva ha contribuido a una mayor acumulación de combustible vegetal, aumentando la inflamabilidad del territorio y favoreciendo episodios de alta intensidad, en un fenómeno conocido como la “paradoja del fuego”.
