El 80% de los cultivos transgénicos de Europa están en España, y nuestro país es el único de la UE que cultiva a gran escala: en 2011 se sembraron cerca de 100.000 hectáreas.

Además importamos maíz y soja transgénicas, que entran en la cadena alimentaria principalmente como pienso para el ganado, aunque también se utilizan en la fabricación de productos alimentarios.

España también puede presumir de dar cobijo al 42% de todos los cultivos experimentales que se llevan a cabo en Europa.

Los gobiernos de España se han doblegado a la política comercial de EEUU y han aceptado no solo inundar nuestros campos de cultivos transgénicos, sino que han permitido que los lobbies tengan a sus representantes en nuestras instituciones.

El organismo supuestamente científico que evalúa la seguridad de los cultivos transgénicos en España es la Comisión Nacional de Bioseguridad (CNB). Está formada básicamente por representantes de la administración, y de los pocos científicos incluidos (7 de 49 miembros), la mayor parte vienen del mundo de la biotecnología, estando algunos bastante cercanos a la industria. Pese a la reciente inclusión de un experto en Ecología, la composición es tan sesgada que el resultado de sus deliberaciones es bastante obvio.

?Cristina Garmendia, anterior Ministra de Investigación y Ciencia, era antes de asumir este cargo la presidenta de ASEBIO, la Asociación Española de Bioempresas, que cuenta entre sus miembros con Monsanto y Syngenta y que actúa como uno de los lobbies más potentes a favor de los cultivos transgénicos.

Muchos países de nuestro entorno, como Francia, Alemania, Italia, Polonia, Grecia, Bulgaria, Luxemburgo, Suiza, Irlanda, Hungría o Austria han prohibido el cultivo en su territorio del maíz transgénico MON810, el único autorizado en Europa.

Además, muchas regiones se han declarado “libres de transgénicos”, una figura que aún no tiene respaldo legal, pero que demuestra el fuerte y creciente movimiento antitransgénico en toda Europa.

Los Gobiernos deben poder limitar o prohibir los cultivos transgénicos para proteger su medio ambiente, su agricultura, a los consumidores o defender en general su modelo agrario.

Tal y como acordó el Parlamento Europeo en junio de 2011, se deben regular adecuadamente los motivos (ambientales, sanitarios, económicos, etc.,) por los que un Estado pueda prohibir el cultivo dentro de sus fronteras.

Pocos países cultivan OMG a gran escala. Los más importantes son EE.UU., Canadá, Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay, China, India y Sudáfrica.

Su modelo de agricultura transgénica es en general muy intensivo, orientado a la exportación, primando la cantidad sobre la calidad.

El cultivo y la importación de transgénicos se realizan con una falta de transparencia absoluta en España. Y aunque tendríamos que contar con los mismos derechos que nuestros vecinos europeos, nuestros Gobiernos han decidido ocultar información a la ciudadanía a pesar de incumplir las leyes europeas.

La falta de transparencia e información, cuando somos el país que cultiva más transgénicos en Europa, supone un engaño para la sociedad, y un trato de favor extremo a las empresas biotecnológicas que tienen a España y a sus habitantes como conejillos de indias.

La sociedad civil está en su derecho legal de conocer la ubicación de los campos transgénicos en España, una información que está siendo denegada.

Los cultivos y alimentos transgénicos actualmente en el mercado incorporan básicamente genes de bacterias, pero las posibilidades son muy amplias. Se investiga con genes de ratones en cerdos, genes de pescado en tomates, genes humanos en arroz y un largo etcétera.

Los cultivos tolerantes a los herbicidas son los más extendidos. Representan más del 80% de los cultivos transgénicos del mundo. Permiten aplicar grandes cantidades de glifosato, un herbicida cuya toxicidad está ampliamente demostrada, comercializado por una de las grandes multinacionales biotecnológicas, Monsanto. Pero además, el uso de estos agroquímicos está desencadenando la adaptación de plagas y malas hierbas, que van haciéndose resistentes a los agroquímicos.

Los cultivos transgénicos son básicamente: soja, maíz, algodón y colza, que suponen prácticamente el 100% de la superficie cultivada con OMG a nivel mundial.

Tras más de década y media de cultivo comercial, la industria transgénica no ha podido demostrar ni un solo beneficio de los transgénicos, ni en aspectos económicos, ni ambientales, ni para la salud.

Se ha demostrado que no tienen un mayor rendimiento, que los impactos ambientales son graves (debido principalmente al incremento en el uso de agrotóxicos) y que los costes socioeconómicos son elevados (debido a la imposible coexistencia con el sector ecológico y la falta de responsabilidad ante la contaminación).

Fuente: La Teletienda de los Transgénicos