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Alas en ruta: los viajes más largos del mundo animal

Hablar de aves migratorias es adentrarse en una narrativa de resistencia y precisión que se repite cada año sobre nuestras cabezas. Para quienes disfrutan de la observación, saber que ese pequeño punto en el cielo puede estar recorriendo medio planeta añade una dimensión casi épica a cada avistamiento. Y si bien el charrán ártico sigue siendo el gran protagonista de las migraciones extremas, no está solo en este selecto grupo de viajeras incansables.

Cada segundo sábado del mes de mayo se celebra el Día Internacional de las Aves Migratorias, una manera de tener presente a estos viajeros que nos muestran que la migración no tiene una única forma, pero sí un rasgo común: la capacidad de conectar puntos del planeta separados por miles de kilómetros con una precisión asombrosa. 

Charrán ártico

El charrán ártico (Sterna paradisaea) continúa siendo el referente absoluto. Sus viajes anuales entre el Ártico y la Antártida pueden alcanzar hasta 90.000 kilómetros, y suelen completarse en unos tres o cuatro meses por trayecto, dependiendo de las rutas y condiciones del viento. Lo extraordinario es que no vuela en línea recta: traza una especie de “S” sobre los océanos Atlántico y Austral, aprovechando corrientes favorables. Durante ese tiempo apenas se detiene; se alimenta en vuelo capturando peces y pequeños crustáceos, lo que le permite mantener un desplazamiento casi continuo.

Un estudio científico reciente nos muestra un dato curioso del comportamiento de estas aves: la tasa de retorno anual de estas aves nidificantes fue del 90 % durante el período de estudio de 10 años. La fidelidad al sitio de anidación fue alta, ya que la mayoría de las aves regresaron al mismo cuadrado de 2 × 2 m en años posteriores, en particular a sitios de anidación adyacentes a muros y expuestos a un alto nivel de actividad humana a corta distancia. Esto indica que la actividad humana no fue un impedimento para la anidación de los charranes árticos.

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Charrán ártico. Imagen © Jason Headley.

A pesar de esta proeza, su situación no es homogénea: a nivel global no se considera una especie en peligro inmediato, pero en regiones como el Reino Unido ha sido incluida en listas rojas de conservación por descensos recientes en sus poblaciones. Esto refleja una realidad frecuente: incluso las grandes viajeras no están a salvo de los cambios ambientales.

Aguja colipinta

Otra especie que desafía los límites es la aguja colipinta (Limosa lapponica). Este limícola realiza uno de los vuelos sin escalas más largos registrados: desde Alaska hasta Nueva Zelanda, recorriendo unos 11.000–12.500 kilómetros en aproximadamente 8 a 10 días sin detenerse. Antes de partir, duplica prácticamente su peso, acumulando reservas de grasa que serán su único combustible durante el viaje. Es un ejemplo extremo de eficiencia fisiológica.

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Aguja colipinta. Imagen © Arnstein Rønning.

Su estado de conservación global está catalogado como casi amenazada, debido sobre todo a la pérdida de humedales costeros clave para sus escalas migratorias. Es un recordatorio claro de que estas rutas no dependen solo del punto de partida y llegada, sino de una cadena de lugares intermedios.

Albatros errante

En un registro diferente, pero igualmente impresionante, encontramos al albatros errante (Diomedea exulans). Aunque no realiza una migración lineal entre dos puntos concretos como otras especies, este ave puede recorrer decenas de miles de kilómetros en pocos meses circunnavegando el océano Austral. Gracias a su enorme envergadura —que puede superar los tres metros— es capaz de viajar durante días sin batir las alas, aprovechando los vientos. Sus desplazamientos no tienen un “inicio y final” definidos en semanas concretas, pero en cuestión de meses puede cubrir distancias comparables a las de una migración completa.

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Albatros errante. Imagen © johneichler.

 

Sus principales amenazas provienen de la pesca industrial —especialmente el enmallamiento accidental— y de depredadores introducidos en sus zonas de cría. Su lenta reproducción agrava el problema: tarda años en madurar y suele criar un solo polluelo.

Chorlito dorado del Pacífico

El chorlito dorado del Pacífico (Pluvialis fulva) también destaca por sus largos trayectos. Migra desde Alaska hasta islas del Pacífico como Hawái o incluso más al sur, recorriendo unos 4.000 a 7.000 kilómetros en vuelos que pueden durar entre tres y cinco días sin descanso. Su orientación es tan precisa que muchas veces llega a pequeñas islas en medio del océano sin referencias visuales aparentes.

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Chorlito dorado del Pacífico. Imagen ©  James M. Maley.

En cuanto a su estado de conservación, el chorlito dorado del Pacífico está catalogado globalmente como de preocupación menor. Sus poblaciones se consideran relativamente estables a gran escala, lo que no significa que esté libre de riesgos. La degradación de hábitats costeros, la presión humana en zonas de invernada y los cambios en la climatología del Ártico podrían afectar a largo plazo a sus rutas y éxito reproductivo.

Vencejo común

Otro viajero notable es el vencejo común (Apus apus), muy familiar en ciudades europeas. Aunque no cruza océanos como otras especies, su migración entre Europa y África subsahariana puede superar los 10.000 kilómetros anuales.

Lo más sorprendente es que puede pasar hasta diez meses sin posarse, durmiendo y alimentándose en el aire. Su viaje suele dividirse en varias etapas y puede prolongarse durante varias semanas.

https://youtu.be/d87tN0JunL8?si=GZnszsOH769qb4c5

A nivel global está catalogado como de preocupación menor, con poblaciones relativamente estables, aunque localmente puede verse afectado por la pérdida de lugares de nidificación en entornos urbanos.

Correlimos canelo

El correlimos canelo (Calidris subruficollis), conecta el Ártico con el sur de América, África o Australia en migraciones que pueden superar los 15.000 kilómetros. A diferencia de la aguja colipinta, este sí realiza escalas clave, como en bahías ricas en alimento, donde se detiene durante días o semanas para recuperar energía. El viaje completo puede extenderse durante uno o dos meses, dependiendo de las paradas.

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Correlimos canelo. Imagen © Jing-Yi Lu.

Su estado global es casi amenazado, reflejando descensos poblacionales vinculados a la degradación de zonas costeras donde se alimenta.

Golondrina común

En el hemisferio occidental, la golondrina común (Hirundo rustica) protagoniza una de las migraciones más conocidas. Viaja desde Europa hasta África subsahariana recorriendo entre 8.000 y 10.000 kilómetros. Este trayecto de estas aves suele completarse en unas cinco a ocho semanas, con múltiples escalas donde se alimenta de insectos en vuelo.

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Golondrina común. Imagen © Malene Thyssen.

Su estado global es de preocupación menor debido a su enorme distribución y población, aunque en algunas regiones muestra tendencias negativas. En ciertas evaluaciones regionales incluso aparece como casi amenazada, lo que evidencia diferencias geográficas en su situación.

Pardela cenicienta

Más discreta pero igualmente fascinante es la pardela cenicienta (Calonectris diomedea), habitual en el Mediterráneo. Tras reproducirse en islas, cruza el Atlántico hasta las costas de América del Sur, recorriendo más de 20.000 kilómetros en un ciclo migratorio completo que puede durar varios meses. Como otras aves marinas, pasa gran parte del tiempo en el océano abierto, alimentándose en ruta.

Su estado global es de preocupación menor según la UICN, con poblaciones relativamente estables, aunque tiene algunas amenazas como la pesca, la depredación en colonias y la disminución de recursos marinos.

Cómo llegan a sus destinos

Todas estas especies comparten una capacidad extraordinaria de orientación. Utilizan una combinación de señales: la posición del Sol durante el día, las estrellas por la noche, el campo magnético terrestre e incluso olores y corrientes oceánicas. Este sistema les permite repetir rutas con una precisión asombrosa año tras año.

Costumbres de las aves migratorias

En cuanto a sus costumbres, muchas son fieles tanto a sus lugares de cría como a sus rutas migratorias. La reproducción suele coincidir con estaciones de abundancia, lo que garantiza alimento suficiente para las crías. Sin embargo, las estrategias varían: algunas, como los albatros, invierten años en formar pareja y criar un solo polluelo, mientras que otras, como las golondrinas, pueden tener varias nidadas por temporada.

Alimentación variada

La alimentación también refleja su adaptación al viaje. Desde peces y cefalópodos en mar abierto hasta insectos capturados al vuelo o pequeños invertebrados en zonas intermareales, cada especie ha desarrollado técnicas específicas que le permiten alimentarse sin interrumpir demasiado su migración.

Para el observador de aves, conocer estas historias transforma cada encuentro. Esa ave que cruza el cielo no solo está de paso: está escribiendo, en ese mismo instante, una de las travesías más extraordinarias del planeta.

Diana

Fundadora de concienciaeco.com | Directora y Redactora experta en contenidos patrocinados | Sostenibilidad, ecología, salud natural y estilo de vida verde

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