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Día Mundial de la Lucha Campesina 2026: Cuando la tierra se convierte en lujo. La lucha campesina en tiempos de especulación

La lucha campesina no es un episodio aislado de la historia, sino una herida abierta que atraviesa siglos. Nace allí donde alguien trabaja la tierra sin poseerla, donde el esfuerzo de muchos sostiene la riqueza de unos pocos. Los orígenes del Día Mundial de la Lucha Campesina (17 de abril) se remontan, en buena medida, a los procesos de conquista, colonización y consolidación de grandes propiedades agrarias, cuando comunidades enteras fueron despojadas de sus territorios y obligadas a trabajar para terratenientes o élites rurales. Desde entonces, el campesinado ha resistido de múltiples formas: desde motines y ocupaciones de tierras hasta la organización sindical y política.

Lucha campesina
Infografía: Principales Reivindicaciones de la Lucha Campesina.

Historia de la lucha campesina

A lo largo del siglo XX, esta lucha adquirió una fuerza especial en América Latina. Países como México, con la huella de la revolución agraria; Perú, donde organizaciones como la Confederación Campesina del Perú articularon a miles de trabajadores rurales; Colombia, Ecuador o Brasil, donde las tensiones por la tierra han sido constantes, se convirtieron en escenarios centrales de esta historia. En todos estos lugares, el problema era el mismo: enormes extensiones de tierra concentradas en pocas manos frente a millones de campesinos sin acceso a ellas.

Pero la lucha campesina no pertenece solo a América Latina. También se manifestó en Europa, Asia y África, adoptando distintas formas según el contexto. Hoy, su expresión más global es la red internacional La Vía Campesina, que agrupa a más de 200 millones de campesinos en decenas de países y ha convertido la soberanía alimentaria en una bandera mundial.

Esta historia también tiene rostros. Figuras como Hugo Blanco en Perú, símbolo de las tomas de tierras; César Chávez en Estados Unidos, impulsor de los derechos de los trabajadores agrícolas; o líderes actuales como Lourdes Huanca, que incorpora la lucha feminista al movimiento rural, muestran que el campesinado no es una masa silenciosa, sino un sujeto político consciente. Incluso hoy surgen nuevas voces, como Eliécer Morales, que pelean por el reconocimiento legal y social del campesinado.

Cuáles son sus reivindicaciones

Las reivindicaciones han sido, en esencia, siempre las mismas, aunque se expresen con nuevas palabras. El derecho a la tierra es el núcleo de todo: sin tierra no hay vida campesina posible. A ello se suman la defensa del agua, de las semillas, de condiciones de trabajo dignas y, más recientemente, la exigencia de soberanía alimentaria, es decir, el derecho de los pueblos a decidir qué producir y cómo hacerlo. Estas demandas no son ideológicas en abstracto: son la respuesta directa a una realidad donde quienes producen la mayor parte de los alimentos del mundo siguen siendo, paradójicamente, los más pobres.

Hoy, el conflicto no ha desaparecido; simplemente ha cambiado de forma. La tierra ya no está solo en manos de terratenientes tradicionales, sino cada vez más concentrada en grandes corporaciones agroindustriales, fondos de inversión y actores financieros globales.

Este proceso, conocido como acaparamiento de tierras, reduce el espacio disponible para la pequeña agricultura y empuja a millones de campesinos a la migración o a la precariedad. En muchos lugares, los pequeños propietarios sobreviven en parcelas cada vez más reducidas, compitiendo en condiciones desiguales con un modelo agrícola industrializado.

Las noticias recientes muestran que esta tensión sigue viva. En Bolivia, por ejemplo, reformas legales han despertado el temor de que las pequeñas propiedades pierdan protección y terminen absorbidas por intereses mayores, lo que podría acelerar la concentración de la tierra y el desplazamiento rural. Al mismo tiempo, organizaciones campesinas continúan resistiendo, organizándose y proponiendo alternativas basadas en la cooperación, la sostenibilidad y el arraigo al territorio.

Lucha campesina en España

La lucha campesina no es un relato lejano ni una reliquia de otros siglos: es una historia viva que hoy vuelve a escribirse, también en España. Nace, como siempre ha nacido, de una misma herida: la desigualdad en el acceso a la tierra. Desde las antiguas estructuras feudales hasta procesos como la Desamortización española, la tierra ha tendido a concentrarse en manos de quienes tenían capital, dejando fuera a quienes la trabajaban. Ese patrón no desapareció; simplemente cambió de forma.

Y es aquí donde el caso español se vuelve especialmente revelador. Porque lo que muchos campesinos denuncian hoy no es una percepción aislada, sino una tendencia documentada. En España, el campo ocupa más del 80 % del territorio, pero apenas alberga a una pequeña parte de la población, lo que ya revela un desequilibrio profundo entre espacio y poder. Sin embargo, ese territorio no está distribuido de manera equitativa.

Se estima que el 1 % de los propietarios controla más del 50 % de la tierra agraria, mientras que la inmensa mayoría de explotaciones apenas accede a una pequeña parte.

Esto no es solo una cuestión de cifras: es una realidad que se siente en el día a día. Los pequeños agricultores, que constituyen la mayoría de las explotaciones, controlan menos de una cuarta parte de la tierra cultivable. Y mientras tanto, el número de explotaciones no deja de caer: en apenas una década, España ha perdido más de 180.000 explotaciones agrarias, al tiempo que las fincas que sobreviven son cada vez más grandes . Es decir, menos manos, más tierra. Más concentración.

A esta dinámica se suma un fenómeno reciente que muchos campesinos viven con frustración: el encarecimiento del suelo rústico. La tierra ya no se compra solo para producir alimentos. Se compra como inversión, como refugio de capital o como espacio de ocio. El resultado es devastador para quien quiere vivir del campo. Las fincas se encarecen, se fragmentan o cambian de uso, y cada vez resulta más difícil acceder a ellas para trabajar.

Lucha campesina
No hay relevo generacional para cultivar la tierra. Imagen de IA.

Lo que cuesta producir

Mientras tanto, el campo español atraviesa una crisis silenciosa pero profunda. Los costes de producción —en especial, el combustible— se disparan, mientras los precios que reciben los agricultores no siempre compensan ese esfuerzo. La rentabilidad cae, la incertidumbre aumenta y el relevo generacional se rompe. Muchos jóvenes no pueden entrar, no porque no quieran, sino porque no pueden permitirse la tierra.

En este contexto, la pregunta es inevitable: ¿en manos de quién está el campo? La respuesta es incómoda. Una parte significativa sigue en manos de grandes propietarios históricos, pero crece la presencia de grandes empresas, inversores y modelos intensivos que priorizan la rentabilidad sobre el arraigo. Frente a ellos, los pequeños propietarios resisten en parcelas cada vez más pequeñas, muchas veces endeudados, compitiendo en un mercado que no juega a su favor.

Y sin embargo, siguen ahí. Porque la lucha campesina no es solo una cuestión económica, sino profundamente humana. Es la defensa de una forma de vida, de una relación con la tierra que no se mide solo en beneficios. Es la convicción de que quien trabaja la tierra debería poder vivir dignamente de ella.

En España, como en tantos otros lugares, esa lucha vuelve a cobrar sentido. No como una consigna ideológica, sino como una necesidad urgente. Porque cuando la tierra se concentra, no solo desaparecen agricultores: desaparecen pueblos, culturas y formas de entender el mundo. Y cuando eso ocurre, lo que está en juego no es solo el futuro del campo, sino el equilibrio mismo de la sociedad.

Defender al campesinado hoy es, en el fondo, defender algo más amplio: el derecho a una vida digna, el derecho a producir alimentos sin ser expulsado del territorio, el derecho a que la tierra deje de ser privilegio de unos pocos y vuelva a ser sustento de muchos.

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