Día Internacional de la Contaminación Electromagnética 2025: 5G y colapso ecológico. Lo que la ciencia ya sabe, pero ignoramos
Hay suficiente evidencia para indicar que podríamos estar dañando especies no humanas a nivel de ecosistema y biosfera en todos los taxones debido al aumento de los niveles de fondo de campos electromagnéticos no ionizantes (CEM) antropogénicos de 0 Hz a 300 GHz.
Mañana, 24 de junio, se conmemora el Día Internacional de la Contaminación Electromagnética 2025, por lo que este documento científico de perspectiva, se centra en la fisiología única de las especies no humanas, su extraordinaria sensibilidad a los CEM tanto naturales como antropogénicos, y la probabilidad de que los CEM artificiales en los rangos estáticos, de frecuencia extremadamente baja (FEB) y de radiofrecuencia (RF) del espectro electromagnético no ionizante, sean capaces, a intensidades muy bajas, de afectar negativamente tanto a la fauna como a la flora de todas las especies estudiadas.
Los estándares de exposición existentes son solo para humanos, y ya se sabe que la regulación es incompleta por que muchas personas se están viendo afectadas. Pero la vida silvestre tampoco está protegida, incluso dentro de los márgenes de seguridad de las directrices existentes, que son inapropiadas para las sensibilidades transespecies y la diferente fisiología no humana.
Cómo afectan los campos electromagnéticos a las especies animales y vegetales
Aunque se suele pensar que se sabe poco sobre cómo afectan los campos electromagnéticos (CEM) no ionizantes a la fauna y flora, desde los años 30 se han realizado muchas investigaciones con modelos animales y vegetales. Se han documentado efectos biológicos en una amplia variedad de especies y taxones ante exposiciones a diferentes frecuencias e intensidades, desde campos estáticos hasta radiofrecuencias (RF), como las utilizadas en la tecnología moderna.
Sin embargo, extrapolar estos efectos al entorno natural es complejo por factores como la variabilidad genética, ambiental y conductual de las especies.
Aun así, hay evidencia creciente de impactos negativos, como disminución o desaparición de especies cerca de infraestructuras de telecomunicaciones.
Entre 2003 y 2021 se han publicado numerosas revisiones científicas sobre los CEM y sus efectos sobre la fauna silvestre. Investigaciones recientes incluso sugieren impactos a nivel de ecosistemas, vinculando niveles ambientales crecientes de CEM con efectos a muy baja intensidad, y proponiendo cambios en políticas públicas.
Nuevas frecuencias con la llegada del 5G
La llegada del 5G ha aumentado la preocupación debido a sus frecuencias más altas y nuevas características de señal que podrían afectar especialmente a los insectos y al equilibrio del bioma.
Existen ideas erróneas persistentes, como que las exposiciones actuales son demasiado bajas para causar daño, o que las normas humanas protegen también a las especies no humanas. Ninguna es correcta.
Actualmente, las directrices oficiales (como las de la ICNIRP, IEEE o FCC) solo consideran efectos térmicos a corto plazo en humanos, ignorando los impactos crónicos y no térmicos en otras especies. No existe normativa específica que proteja directamente a la fauna o flora frente a la exposición a CEM.
Tampoco incluyen características de señalización importantes, como la modulación con efectos biológicos significativos propios de diferentes características de transmisión. Muchos países europeos, así como Canadá y Australia, han adoptado tradicionalmente las directrices de la ICNIRP (a veces con ligeras variaciones), mientras que otros, como Suiza, han adoptado niveles más estrictos.
Diferenciar entre emisiones y exposiciones
Una de las principales dificultades para redactar directrices de seguridad sobre campos electromagnéticos (CEM), especialmente para la fauna silvestre, radica en la diferencia entre emisiones (lo que transmite la fuente) y exposiciones (lo que absorben los organismos). Aunque estas emisiones terminan generando exposiciones, su impacto varía mucho según el entorno y la especie. Factores como la humedad, el tipo de suelo y los obstáculos físicos influyen en la exposición real. Aun así, esta complejidad no debe ser excusa para no actuar.
Actualmente, la mayoría de las normativas (ICNIRP, IEEE, FCC) están enfocadas únicamente en la protección humana y no consideran a otras especies. Un ejemplo de intento de cambio es el de la agencia australiana ARPANSA, que está recopilando estudios sobre fauna silvestre. Sin embargo, su metodología de revisión podría excluir mucha investigación relevante, especialmente aquella que muestra efectos a niveles de exposición bajos, comunes hoy en el entorno.
Cómo afecta a los insectos
El problema se agrava porque diferentes especies reaccionan de forma distinta a distintas frecuencias. Por ejemplo, los insectos son muy sensibles a las frecuencias más altas como las del 5G, lo cual puede afectar su reproducción o incluso causarles la muerte. Las directrices actuales, centradas en prevenir efectos térmicos en humanos, no protegen a otras especies más vulnerables como insectos, anfibios o reptiles, que no pueden disipar el calor de la misma forma.
Actualmente, la fauna silvestre está expuesta de forma constante a campos electromagnéticos artificiales, y muchas especies, especialmente las voladoras como aves, murciélagos e insectos, se acercan mucho más a las fuentes de transmisión que los humanos.

Imagen de Leyo.
Zonas con alta densidad de radiación, como las cercanas a antenas, suelen ubicarse lejos de zonas habitadas bajo la idea de que la fauna se alejará si se ve afectada. Sin embargo, debido a fenómenos como la magnetorrecepción en aves, estas infraestructuras podrían incluso atraerlas.
Los daños a la fauna pueden pasar desapercibidos, ya sea por efectos térmicos de campo cercano o por efectos no térmicos de campo lejano.
Muchas especies no humanas son altamente vulnerables a los campos electromagnéticos (CEM) artificiales debido a su fisiología especializada. Estas especies utilizan los campos magnéticos naturales de la Tierra para funciones vitales como la migración, orientación, reproducción, búsqueda de alimento y regulación de ritmos biológicos.
Poseen sistemas sensoriales muy sensibles, como células electrorreceptoras y magnetorreceptoras, que les permiten detectar campos magnéticos de corriente continua (DC), algo muy superior a la capacidad humana.
Campos magnéticos no ionizantes artificiales
A diferencia de los campos naturales, los CEM artificiales (producidos por la tecnología humana) son polarizados, más intensos, prolongados y presentan características de señal (como modulación y pulsación) que no existen en la naturaleza. Estas propiedades pueden alterar procesos celulares básicos, como el equilibrio electroquímico y la activación de canales iónicos, afectando gravemente la salud y comportamiento de los organismos expuestos.
Existen tres mecanismos principales de magnetorrecepción:
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Inducción electromagnética, observado en especies acuáticas como tiburones y rayas, que detectan campos magnéticos mediante órganos especiales como las ampollas de Lorenzini.
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Magnetomecánico, basado en cristales de magnetita que interactúan con los campos magnéticos.
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Fotoquímico, mediante pares radicales en células especializadas, en investigación activa actualmente.
Ejemplos de animales con capacidades electromagnéticas avanzadas incluyen aves migratorias, abejas, peces eléctricos, mamíferos como el ornitorrinco, y hasta bacterias.
Estas adaptaciones, aunque altamente eficientes, los hacen especialmente susceptibles a la alteración por CEM antropogénicos, que interfieren con sus funciones naturales críticas.
Existen tres principales mecanismos mediante los cuales las especies no humanas perciben los campos magnéticos: el modelo magnetomecánico, el modelo basado en pares radicales (criptocromos) y el de inducción eléctrica. El modelo magnetomecánico se basa en la magnetita, un mineral altamente sensible a los campos magnéticos, presente en muchas especies como las abejas, que pueden detectar variaciones extremadamente pequeñas en el campo geomagnético.
El modelo de pares radicales involucra proteínas llamadas criptocromos, halladas en los ojos de aves migratorias y otros animales, que permiten una orientación basada en la luz y en el campo magnético de la Tierra. Estos criptocromos también están implicados en ritmos circadianos y se encuentran en plantas, lo que podría explicar su sensibilidad a campos electromagnéticos artificiales.
Aves migratorias, salmones y tortugas marinas sensibles a la contaminación electromagnética
Se ha demostrado que los campos electromagnéticos generados por el ser humano, en especial la radiación de radiofrecuencia (RFR), interfieren con los mecanismos naturales de orientación de muchas especies. Por ejemplo, aves migratorias pueden perder su capacidad de orientación bajo la influencia de frecuencias específicas, y animales como las tortugas marinas o el salmón pueden ver afectado su instinto de retorno natal debido a la alteración de las señales geomagnéticas que usan para regresar a su lugar de nacimiento.

Algunas especies, como las aves, combinan mecanismos distintos para procesar información magnética y posicional, lo que las hace especialmente sensibles a señales artificiales. En conclusión, estos hallazgos subrayan la necesidad de proteger hábitats sensibles de la exposición a fuentes de CEM antropogénicos, ya que estos pueden interferir significativamente con funciones vitales en muchas especies.
Cómo afecta a las hormigas y abejas
Existen efectos negativos de la radiación de radiofrecuencia (RFR) sobre insectos, en particular hormigas y abejas. En hormigas (Myrmica sabuleti), la exposición a señales GSM-900 MHz incluso a baja intensidad alteró su memoria y habilidades de asociación, produciendo efectos acumulativos y deterioro del estado general de la colonia, similar al colapso observado en abejas melíferas.
En abejas, que dependen del campo magnético terrestre para su orientación y son esenciales para la polinización, se han observado múltiples efectos negativos por exposición a RFR y frecuencias extremadamente bajas (FEB), como pérdida de memoria, cambios en el comportamiento, reducción en la reproducción y alteraciones fisiológicas. Estos efectos han sido observados incluso con exposiciones no térmicas y no lineales, siendo más graves en algunos casos con intensidades más bajas.
La radiación proveniente de tecnologías como WiFi, teléfonos celulares y sistemas DECT ha sido asociada con el trastorno de colapso de colonias, afectando aspectos vitales como la actividad motora, el sonido de alarma, el desarrollo de pupas, la producción de huevos y la química corporal.

La introducción de redes 5G, con frecuencias que alcanzan hasta 120 GHz, agrava el problema, ya que las longitudes de onda más cortas coinciden con el tamaño de muchos insectos, aumentando su absorción de RFR. Estudios de modelado computacional y mediciones reales, como los de Thielens et al., han demostrado que con frecuencias superiores a 3-6 GHz, la absorción de RFR en insectos como las abejas puede incrementarse hasta en un 570 %.
Estos resultados advierten sobre posibles consecuencias graves para los insectos y, por extensión, para los ecosistemas y cadenas alimenticias que dependen de ellos.
Factores estresantes ambientales
Los campos electromagnéticos (CEM), incluidos los de baja frecuencia (ELF) y radiofrecuencia (RFR), actúan como estresores ambientales para las especies no humanas, provocando efectos biológicos incluso a niveles bajos presentes en el entorno actual. Estos efectos podrían estar alterando ecosistemas delicados, incluida la biosfera.
A pesar de ello, los organismos reguladores han prestado poca atención al impacto ambiental de los CEM, salvo en situaciones puntuales. Sin embargo, la expansión de tecnologías como el 5G y el incremento crónico de la exposición electromagnética exigen una revisión urgente.
Desde los años 70, se sabe que muchas especies animales son sensibles a los CEM a través de mecanismos como la magnetita o los pares criptocromo/radical, que permiten detectar variaciones en estos campos a niveles muy bajos, mucho más allá de la capacidad humana.
Esta alta sensibilidad, producto de millones de años de evolución, podría estar siendo sobrecargada por las emisiones artificiales actuales, para las cuales no hay posibilidad de adaptación evolutiva.
Por ello, la RFR debe considerarse una forma de contaminación atmosférica energética, similar a los disruptores endocrinos, ya que puede provocar efectos sistémicos impredecibles sin un agente químico definido.
Se hace un llamado urgente a establecer normativas de exposición crónica para la fauna, aplicar medidas de mitigación, realizar evaluaciones ambientales antes de desplegar nuevas tecnologías como el 5G y aplicar estrictamente las leyes ambientales. Se advierte que ignorar estas advertencias podría llevar a la extinción de especies, y que ya existe evidencia suficiente para justificar una acción inmediata.

Puedes leerla aquí: https://contenedoresdereciclaje.com/
Gracias por este artículo tan necesario, ojalá más medios lo abordaran con esta profundidad.