Los ecosistemas nos abastecen de recursos naturales como plantas, animales, aire o petróleo, conformando una serie de bienes indispensables para nuestra vida en el planeta como agua, madera, material de construcción, energía, medicinas o recursos genéticos, entre otros.

Disponemos gratuitamente de  una serie de servicios tales como la regulación del clima, el procesado de contaminantes, la depuración de las aguas, la actuación como sumideros de carbono, la prevención contra la erosión y las inundaciones, y un largo etcétera. Sin pasar por ningún tipo de mercado, repercute en el bienestar humano, tanto si se mantienen intactos (conservados), como si son objeto de explotación. A esto se le denomina capital natural.

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El concepto de capital natural fue acuñado en los años 90 por Costanza y Daly (1992) “como todo stock que genera un flujo de bienes y servicios útiles o renta natural a lo largo del tiempo”. Pero se queda un poco corta, porque no incluye todos los procesos e interacciones de los propios ecosistemas.

El capital natural es algo finito, sobre todo teniendo en cuenta el número de habitantes que hay en la Tierra. Irá mermando de manera acelerada en los próximos años, y ya lo está haciendo en la actualidad. Su consumo masivo debido a la superpoblación, es su más grave problema, además de la falta de conservación y el degradado correspondiente.

La ecología y la economía tienen su nexo de unión en el capital natural.

Se pueden distinguir 4 tipos de capital natural:

1. Renovable (especies vivas, ecosistemas)

2. No renovable (petróleo, carbón, diamantes)

3. Recuperable (atmósfera, agua potable, suelos fértiles)

4. Cultivado (áreas y sistemas de producción agropecuaria y silvoculturales)

La Restauración del Capital Natural (RCN) es necesaria para garantizar y mejorar la generación y el abastecimiento de los bienes y servicios naturales de los cuales dependemos para nuestra propia supervivencia y bienestar.