Las vacaciones estivales son uno de los momentos que con más anhelo esperamos la mayoría de nosotros. El mundo da marcha atrás, y podemos hacer actividades que en ningún otro momento del año tenemos posibilidad de hacer, e incluso no hacer nada (una fantástica herramienta para que nuestra mente desconecte y se aclare sobre qué es lo realmente importante en la vida), la mejor inversión para que nuestro cuerpo se recupere de las horas de estrés acumuladas.

Pero además de tener acciones muy positivas para todos nosotros como seres humanos, el mundo animal y vegetal no deben de tener esa opinión sobre nuestros hábitos veraniegos. Solo hay que echar un leve vistazo a nuestras costas, especialmente a las playas, y a nuestros bosques. Parece que ha habido una oleada de bárbaros, pero en este caso somos nosotros mismos los que provocamos con nuestras actividades esa masacre.

Turismo en la Costa Brava: vacaciones truncadas por contaminación

Como cada verano me duele terriblemente ver esas consecuencias de gente desalmada y sin escrúpulos, que arrasa allá por donde va, y va dejando un rastro de contaminación difícil de manejar, y sobre todo, de eliminar; sin tener en cuenta que ese es el hogar de cientos o miles de seres vivos. Seguro que sus casas están limpias “como los chorros del oro”, diría mi madre, o impolutas, como digo yo; más no deben de tener en cuenta el famoso dicho “no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”. En sus casas no habrá envases de plástico esparcidos por doquier, da igual el hueco, cualquier sitio es susceptible de almacenar plásticos. En la propia Naturaleza aparecen en donde menos te lo esperas, árboles o matorrales (incluso en reservas) son las papeleras de nuestra civilización esa que se denomina culta o instruida.

Da igual la nacionalidad del condenado/a que los soltó deliberadamente, o no sé si son las altas temperaturas las que nublan la razón, pero el caso es que cuánta más humanidad, peores son las consecuencias en el entorno natural. En la jornada que menos he llegado a contabilizar divisé 300 envases en mi lugar turístico de vacaciones, la Costa Brava. Por supuesto, no pude resistirme a recoger la mayoría de ellos, pero otros no los pude alcanzar, ya sea porque peligraba mi físico (y no era cuestión de terminar en el hospital); o porque para otros se necesitaban instrumentos más propios de Misión imposible. Una salvajada en toda regla, se mire por donde se mire.

Con el tema del mar, no sé ni por donde empezar a describir lo que mis propios ojos vieron, y mi piel sintió. Bañarse en un agua tan transparente como es la de la zona es una delicia digna de los dioses del Olimpo, viendo ese increíble paisaje mediterráneo que se asoma hasta el mar, pero ese “momentazo” se vio truncado todos los días por bolsas de plástico que se adherían a brazos, cintura y piernas como si la furia de la Medusa acechase contra mí. Triste y asqueroso a partes iguales. El buceo dejó de ser sorprendente y extraordinario, cuando solo encontraba las sempiternas bolsas de plástico en el fondo del mar, al lado de especies animales y vegetales que ya convivían inexorablemente con esas formas fantasmagóricas, que se habían ido degradando con el paso del tiempo.

baño en lloret de mar

Desde aquí hago un llamamiento a las autoridades de la zona, para que paren esta indefensión que sufren esos paisajes terrestres y marinos, y los “vecinos” que los habitan. De todos es sabido que son ayuntamientos ricos por la cantidad de turistas que los visitan cada año. La huella dejada por imborrables artistas es patente y notable, como nuestro querido Salvador Dalí, entre otras figuras omnipresentes. Por favor, que se note y aprecie en todos los rincones. Campañas de sensibilización, educación y conciencia ambiental creo que son más que necesarias, visto lo visto; además de destinar determinadas partidas para limpiar esas zonas. A no ser que el recuerdo que se quieran llevar toda la gente que les visita es el de “Contaminación made in Spain”.